Luis Ventoso-El Debate
  • Desde «el lado correcto de la historia» denunciamos enérgicamente que la catarata de mentiras, abusos y robos de dinero público no se pueden consentir

Este Trump es terrible. Lo peor. Se mire por donde se mire no hay por donde cogerlo. Llegó al poder sin ganar las elecciones, muy lejos de la mayoría absoluta. ¿Y cómo lo logró? Pues fue tremendo, una trampa impensable, que rompió todas las tradiciones de la democracia americana.

En octubre de 2017 se produjo un golpe separatista en Texas para proclamarla república independiente y Trump y su partido ayudaron a frenarlo. Pero solo ocho meses después, Trump negoció en secreto con esos golpistas, prometiéndoles indultarlos, y se sirvió para llegar al poder de sus votos y de los de otro partido todavía peor, fundado por una banda terrorista que había matado a una docena de políticos republicanos. Mentiroso compulsivo, había prometido además varias veces ante las cámaras, incluso enojado por la duda, que jamás pactaría con ellos.

Trump manipula el Tribunal Constitucional a su antojo, con un fámulo servil al que ha puesto como presidente, y ha perdonado un histórico caso de corrupción de su partido, que supuso el mayor robo de dinero público de la historia de Estados Unidos (para más señas a costa de los parados). Además, ha amnistiado a los golpistas que querían romper Estados Unidos, por la simple razón de que necesitaba sus votos.

El fiscal general de Trump, al que presentó en una entrevista como un mero vasallo suyo, ha sido condenado y apartado por el Supremo por un caso de guerra sucia política contra una adversaria odiada por el presidente. Todo huele a que la maniobra fue instigada por el propio mandatario.

Trump enchufó de manera burda a Melania en una gran universidad pública, dándole una cátedra extraordinaria cuando carecía de un título universitario reconocido en Estados Unidos. Por si eso fuese poco, Melania no tuvo peor idea que ponerse a pasar la boina pidiendo dinero a grandes multinacionales para un software para la entidad pública, que luego registró a su nombre particular. Está ya en el banquillo por esas golfadas y el juez la acusa de cuatro delitos. Pero Trump es tan chungo y matón que se dedica a querellarse contra el magistrado valiéndose del aparato del Estado y ordena a sus ministros que lo acosen poniéndolo a parir.

Hay más. Trump también enchufó a su hermano, un músico un poco friki y fracasado, colocándolo en una administración controlada por su partido. El tío era un tarambana que ni se molestaba en presentarse a trabajar. Aseguraba que era residente fiscal en Canadá, para pagar menos impuestos, mientras en realidad vivía en EE. UU. Durante una temporada, Trump llegó a tenerlo alojado a cuerpo de rey en la Casa Blanca, a cargo del erario público, ocultando así a un defraudador fiscal. El extravagante músico está ahora pendiente de sentencia.

Tomen asiento, que no estamos más que en el principio de todas las tropelías de Trump, este odioso fascista que se pone las leyes por Montera.

Resulta que su secretario de Obras Públicas, que era además su mano derecha, se dedicó a robar del material sanitario durante la pandemia y era un adicto al sexo de talonario, que colocaba a sus amantes en empresas públicas para que disfrutasen de una nómina sin hacer nada. El tipo está ya ingresado en el Centro Correccional Metropolitano de Nueva York, donde se pasará un largo tiempo, pues le acaba de caer una condena de 24 años por corrupto. Trump, que le echa una jeta impresionante, asegura ahora que «en lo personal no lo conocía de nada».

Trump, que en los últimos tres años ha sido incapaz de aprobar unos presupuestos, que no atiende jamás preguntas de la prensa crítica y que ya no puede pisar una calle sin que le insulten, pasa ahora sus días grabando vídeos chorras para TikTok e insultando a la oposición y la prensa libre.

Últimamente las cosas se le han complicado todavía más, porque ha incurrido en un caso de guerra sucia que convierte el Watergate de Nixon en unos juegos florales. Cuando algunos jueces, policías y periodistas empezaron a investigar la corrupción de su familia y su partido, Trump se pilló tal berriche que ordenó a su partido que organizase una célula de guerra sucia para frenar a esos investigadores. Al frente se situó el jefe de la maquinaria del Partido Republicano, ayudado por una militante que para lanzar la campaña de las cloacas se reunió con la jefa del FBI, con un ayudante del fiscal general, con la presidenta del Partido Republicano y con un jefe del gabinete de Donald en la Casa Blanca.

La fontanera un poco chapucera y sus papeles, que ahora obran en manos de la justicia, han dejado un rastro señalando al instigador de toda la trama, identificándolo con las iniciales D.T. y el sobrenombre de The One. Así que muchos politólogos de Washington vaticinan que se acabará demostrando que fue el propio Trump quien instigó la cloaca y que el caso acabará en un proceso de impeachment.

En resumen, con todo lo expuesto –y hay más– entenderán que desde «el lado correcto de la historia», desde los valores del «progresismo», concluyamos que Trump es un personaje execrable que no puede seguir ahí un minuto más. Y estoy seguro de que Ruiz, Intxaurrondo, Fortes, Cintora, Wyoming y Broncano estarán totalmente de acuerdo conmigo. Solo faltaría.