JOSÉ IGNACIO CALLEJA-EL CORREO

  • No hay compromiso cierto si no atiende a remediar la injusticia contra los débiles

La historia es ahora una sucesión de hechos tan concretos y determinantes en la vida de la gente que causa vértigo elegir cuestiones de perfil más teórico. Detrás de la estrategia militar de ‘la’ guerra o de los ataques padecidos por una cercana central nuclear está la pura fuerza bruta y, no menos, un cálculo político obsceno. Y en ese cálculo, esta es la cuestión, poco peso tiene qué está bien y qué está mal. La respuesta política es que nada está bien o mal sin más y por sí mismo, sino bien o mal para qué, en orden a qué logros, con qué pretensión o efectos. Algo así escuchamos y leemos, con la normalidad de quien es instruido en la evidencia, y eso mismo es el comienzo del malestar de no pocos de nosotros. Y no porque seamos selectos en cuanto al olfato moral de qué esta bien y qué está mal, sino por miedo a una epidemia cultural que torna evidente cualquier afirmación que concluye: quienes hablan de ‘malo’ y ‘bueno’ en cualquier cuestión, en realidad, ofrecen sermones inservibles; el tiempo de lo que está bien y lo que está mal ya está superado; hay que hablar de lo cierto y lo falso, y de esto lógicamente con razonamientos técnicos y pretensiones estratégicas. No.

¿Cuántas veces tenemos que volver los humanos a esta cuestión ética y cuántas podemos saber que lo hacemos con ventaja moral para la vida de la gente? El lugar más común es decir que en Occidente falta una verdad absoluta y compartida y, por lo mismo, que todos andamos perdidos sin remedio; esa verdad, se añade, estuvo muy bien representada por Dios en nuestra cultura hasta ayer mismo; y, todavía más, tal es la ventaja hasta el presente en las culturas de Oriente o de lo pueblos ancestrales. Sería, por tanto, cuestión de asumirla y quedaríamos libres de tanto desvarío.

No hay propuesta más clara, la verdad, pero no es así de fácil. No se puede decir que ‘esto o lo otro es absoluta e incondicionalmente bueno, porque, si no, pasan tales o cuales desgracias sociales’. Es una razón muy interesante pero es, a la vez, puro pragmatismo. Requiere un poco más de fundamento y libertad.

En cuanto a lo primero, eso de que hablamos mucho del bien y es hora de hablar de lo cierto, propongo pensar así: se trata de la misma acción. El bien y lo cierto son un trenzado inseparable que constituye un único camino en el personalismo social; en el mundo cristiano desde el que pienso y escribo, es imprescindible; más allá del personalismo solitario e individualista, el personalismo solidario y compasivo es el comienzo de cualquier palabra y obra legítima en la vida humana cotidiana pero, sobre todo, ante los conflictos insuperables que nos amenazan.

Por tanto, decir que hablar de bueno y malo es un discurso moralista, que los especialistas en ciencias y gestión social se pueden evitar, es falso. El que no sabe justificar razonablemente qué está bien y mal, y por qué -de manera que los demás le entiendan, y acepten, maticen o contradigan, pero que le entiendan- y asegure no abandonar el procedimiento dialógico, ese no puede presentar nada como cierto salvo la fuerza bruta; lo hago porque puedo más que vosotros, y lo exijo porque soy potencia hegemónica o lo quiero ser, y punto.

Y en cuanto a que carecemos de una verdad absoluta y compartida, yo diría que esa verdad ética esta ahí, pero con sus condiciones; es una verdad absoluta, cuya percepción siempre es a la medida humana. No somos dioses; si alguno, muchos y muchas, la presentamos como verdad divina, estamos anunciando la fe, y en cuanto a la verdad moral que exigimos, estamos obligados a dar la doble razón de su porqué, y añadirle el cómo de una práctica justa y compasiva. Dios y la dignidad humana son dos experiencias de sentido y valor absolutos, que no compiten en buena teología y filosofía, sino en sus degeneraciones ideológicas.

O de otro modo, no hay palabra buena sin compromiso cierto, la verdad practicada, y no hay compromiso cierto con la verdad sin atender al problema de cómo remediar la injusticia social de los fuertes contra los débiles. Esto es vital. Yo lo veo por doquier en la descripción de los males que nos aquejan, sea la emergencia climática, la bélica, la sanitaria, la del hambre o la del agua. Siempre reaparece esta clave que suena trasnochada, pero no es así. La crítica que se le haga es digna de escucha y acertada en parte, pero nunca puede callar qué hay detrás de las generalizaciones pragmáticas en los problemas sociales. Decir ‘todos estamos comprometidos en esta causa justa’, la que sea, es demasiado genérico y equívoco como juicio. Pienso en la emergencia climática o la crisis ecológica global, pienso en la guerra de Ucrania, pienso en todas las guerras, y si decimos que es un compromiso y sacrificio de todos con todos, no es así; no es del todo así. En frase feliz, se puede decir que todas las colaboraciones son necesarias, muchas de ellas son muy necesarias, algunas son imprescindibles. Muchos creen poder salvarse solos, que es cuestión de contar con medios de pago para abonarse a una salida… piensan estratégicamente, no en el bien.