Juan Carlos Girauta-El Debate
  • Miles de alcaldes, decenas de miles de concejales, centenares de diputados autonómicos y decenas de diputados nacionales –todos socialistas– descorcharían champán en la intimidad. Llorarían de alegría, como cuando Felipe volvió, pero al revés, porque Sánchez se marcha

Fontanera no es exactamente, porque ese oficio toca el mundo de la alcantarilla muy parcialmente, solo en su alcance doméstico. Ella merece quizá el título de ‘Jefa de Cloaca’. Mejor ‘Jefa de la Cloaca’, donde el artículo determinado remite al puño y la rosa. En plan poético, podría ser ‘Flor de Albañal’, una variante baudelairenne vía realismo sucio. ‘Flor del Mal’ sería demasiado directo en atribución y valoración. Pero si nos ceñimos a oficios, volvemos a ‘Jefa de la Cloaca’. Sin embargo, el título no satisface, pues la jefa tenía un jefe, que era Cerdán. ¿’Subjefa de los Albollones’? Funcionaría de no ser porque el jefe de la jefa tenía un jefe. Este sí, sin superiores: el One, el verdadero jefe de la cloaca, donde esta ya no alude a la conocida trama dedicada a extorsionar, perseguir, desprestigiar y asesinar civilmente a jueces, fiscales, uniformados y periodistas molestos, sino al conjunto del partido. La Cloaca, «cien años de honradez, pero ni un minuto más», como se decía en 1979. En ese mismo año, que fue prodigioso, Felipe González dimitió de la Secretaría General porque los suyos no querían dejar de definirse como marxistas. Con una de esas frases tan propias de aquel Felipe, que parecen preñadas de sentido y son un buñuelo de viento, el único líder que ha tenido el PSOE en democracia zanjó la polémica: «Hay que ser socialista antes de ser marxista». A saber.

El caso es que lo aclamaron, lloraron de emoción y renunciaron al marxismo, un gesto de mínima higiene que se agradece. Tú puedes ser lo que quieras en el plano interno, callándotelo, pero declararte marxista es como no usar desodorante, o como no lavarse los dientes. Traigo a colación el órdago de Felipe González para invitarles a un experimento mental que espero resulte clarificador. Mide el liderazgo. Imaginen ahora a Sánchez, el One, el verdadero jefe de toda alcantarilla, anunciando que dimite por alguna razón doctrinal. Qué sé yo: pongamos que no admite que el partido siga llamándose «español» porque ofende a sus socios, y él preferiría que la «E» del PSOE significara «estatal». El lector sabe muy bien qué pasaría.

Miles de alcaldes, decenas de miles de concejales, centenares de diputados autonómicos y decenas de diputados nacionales –todos socialistas– descorcharían champán en la intimidad. Llorarían de alegría, como cuando Felipe volvió, pero al revés, porque Sánchez se marcha. Siguiendo con nuestro experimento mental, ahora ese Sánchez dimitido suelta su frase para la historia emulando el buñuelo de viento felipista. Por ejemplo: «Hay que ser plurinacional antes de ser español». Sigue sabiendo bien, lector, que los socialistas no solo se callarían. Es que se quedarían quietos. Ninguno desearía la más mínima alteración, solo que la dimisión siguiera vigente. Siendo esto así, ¿por qué no le piden o exigen abiertamente a su secretario general que se largue? Por miedo a la ‘Adjunta al Subjefe de los Tragaderos’, que, aunque ya no mande, les ha dejado el miedo en el cuerpo.