Jon Juaristi-ABC
- ¿El Guernica a Gernika (y dolores a Madrid)? Por mí…
En diciembre de 1979, un grupo de artistas autóctonos instó al presidente del Consejo General Vasco, Carlos Garaikoetxea, a presentar la reclamación perentoria del Guernica de Picasso –todavía en Londres– para la inminente Comunidad Autónoma Vasca. No era entonces un clamor popular, sino una ocurrencia de los plásticos (con Ibarrola y Oteiza a la cabeza). Dos años después, tras la llegada del Guernica a España, se inauguró en Bilbao una exposición de Agustín Ibarrola bajo un título, ‘Guernica Gernikara’ (‘El Guernica a Gernika’), que se convirtió de inmediato en un mantra político comprensible incluso por los donostiarras, y así ha seguido hasta hoy, aunque guardado en el frigo. Pradales lo ha descongelado porque algo tocaba exigir a Sánchez, ahora que entramos en lo más parecido a lo que en México llaman el Año de Hidalgo, o sea, el último de cada legislatura («Año de Hidalgo, pendejo el que no robe algo»).
Se insinuó en su día que el eslogan eusquérico plagiaba el «Dolores a Madrid» que los comunistas habían acuñado para el regreso de la Pasionaria, pero, en realidad, remedaba el título de una zarzuela protonacionalista de 1895, ‘Vizcaytik Bizkaira’ (‘De Vizcaya a Bizkaia’), del presbítero Resurrección María de Azkue. Lo curioso es que hasta la Transición, los artistas vascos –salvo Ibarrola, comunista como Picasso– habían sido hostiles al ‘Guernica’. Empezando por Ucelay, a quien su autor, en 1937 y ante el lienzo todavía inacabado, confesó que se había inspirado, para las manos de las figuras, en los penes múltiples de los bichos irlandeses del ‘Libro de Kells’, lo que a Ucelay no le hizo ninguna gracia. Oteiza deploró que el gobierno de la República no hubiera encargado el cuadro a un pintor vasco-vasco.
Vuelven ahora a emerger las viejas polémicas sobre el significado real del resultado. Lo de llamarlo ‘Guernica’ se le ocurrió a Picasso cuando ya estaba muy avanzado el estado de gestación. Pudo partir en su origen de un proyecto de homenaje póstumo a Sánchez Mejías, pero la iconografía es obvia: se trata de la voladura del Portal de Belén, el tema más frecuente en la pintura cristiana desde su canonización por San Francisco de Asís. Picasso lo convirtió en un adefesio antes de hacerlo saltar en pedazos. Se valió para ello de penes teratomorfos de Kells, de escotomas jaquecosos centelleantes (ya descritos y dibujados por Charcot) o de las figuras con quinqués que irrumpen por las ventanas en los nacimientos judíos de Chagall. Ahora bien, si lo que pretendía era sustituir por reproducciones horteras de semejante mamarracho los cuadritos cristianos –el Misterio, la Última Cena– de los hogares españoles, sobre todo en Pintxolandia, hay que reconocer que lo consiguió. Que se lo lleven a Gernika. O mejor, a Amoroto, que pilla más lejos.