DAVID GISTAU-ABC

La vigencia del imperativo sentimental se nota en que oímos hablar de las familias que dejan atrás y desatienden los fugados y los encarcelados

MARTA Rovira dice que se fuga a Suiza para poder ser la madre de su hija, algo que la cárcel le impediría. Quién no lo comprendería. Sin embargo, podría alegarse que ella misma puso en peligro la posibilidad de ejercer la maternidad cuando subordinó su hija a la causa y tomó la decisión consciente de cometer –presuntamente– unos delitos tipificados como graves. Pero lo más probable es que no fuera así. Lo más probable es que, al sospechar la postración y la indefensión del Estado en plena crisis general, Marta Rovira creyera en su impunidad y en el funcionamiento de las coartadas política y sentimental. Exactamente como los otros cómplices de aventura que están igual de atónitos al comprobar los estragos imprevistos que el Estado ha causado en su libertad, en su patrimonio, en sus familias. En pleno sálvese quien pueda, entre fugas, renuncias a los escaños y traiciones al credo como quien hace penitencia ante los magistrados, sigo pensando que el momento exacto en que los independentistas parecieron por fin conscientes de las consecuencias fue el día de la proclamación de la independencia en el Parlamento, cuando cantaron el himno de los segadores con un semblante lívido y atemorizado, como si escucharan ya las pisadas del Estado. Al día siguiente, supuesto hito fundacional de la República, cruzaron ya la frontera los primeros prófugos de la dispersión.

La vigencia del imperativo sentimental se nota en que oímos hablar constantemente de las familias que dejan atrás y desatienden los fugados y los encarcelados. Conocemos las cartas de despedida, las mentiras piadosas a los hijos, las soledades. Se trata de un chantaje emocional concebido para ablandar a la opinión pública que invita a la compasión por primera vez desde que España comenzó a purgarse a base de redadas, manos en el cogote y juicios sacados adelante en una atmósfera social jacobina. Sus delitos no tienen coartada política ni salvoconductos progresistas pero, aun así, quién le habría dicho a Urdangarín, mientras le pedían guillotina por las calles, que de él a nadie le importaría qué dirá a sus hijos cuando tenga que ingresar en prisión, que a él nadie le reconocerá el vínculo improfanable con una familia a pesar de ser ésta tan numerosa y tan rubia. O a Álvaro Pérez. O a cualquier otro condenado de la corrupción. Todos ellos son y tienen familia, todos ellos ocupan un espacio en una urdimbre sentimental. Y no por ello les alivió nadie de la responsabilidad penal contraída ni se les consintió que abusaran del melodrama para escudarse en un sentimentalismo al borde del llanto donde termina de delatarse el infantilismo inconsciente de todo el motín indepe.

Haber descubierto la dimensión humana y sentimental de esta cuerda de presos pero no de la anterior sólo revela que la implacable dureza ante la corrupción se vuelve negociable ante delitos beneficiados por el eterno eximente de la motivación política que operó hasta con los etarras.