Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- El líder del PP firma un contrato personal previo al programa electoral
Alberto Núñez Feijóo firmó ayer un contrato con España. ¿Con Arcadi? No, con España en general. Con los españoles, o sea. El ministro de Hacienda y los otros cincuenta millones. Ante todos ellos, Feijóo se comprometió a hacer un montón de cosas en cuanto llegue al Gobierno. Entre ellas, defender la soberanía nacional, recuperar la calidad de nuestra democracia, aumentar la oferta de vivienda, ordenar la inmigración, garantizar las pensiones, fortalecer la sanidad, subir el salario medio y combatir la inseguridad. El líder del PP situó la seriedad del compromiso por encima del programa electoral al asumirlo en términos estrictamente personales. «Empeño mi firma y mi palabra», aseguró. «Porque yo sí la tengo». Se refería a la palabra. Aunque, por supuesto, Feijóo tiene también firma. La estampó ayer en cada página del contrato -España tiene cita para firmar el 29 de noviembre- y volvimos a admirar su caligrafía, que parece albergar un combate de mayúsculas y minúsculas en el que se cuelan algunos ideogramas. El resultado es muy llamativo. Queda entre el electrocardiograma preocupante y el lineal B.
Conocíamos la escritura de Feijóo porque en 2023 ya presentó un compromiso con sesenta medidas de regeneración democrática en el que daba su palabra de hacer cosas como recuperar la independencia de las instituciones, limitar el uso del decreto ley, reordenar la Administración o despolitizar los organismos públicos. Aquel compromiso lo firmó en el Oratorio de San Felipe Neri de Cádiz. El de ayer lo firmó en el Espacio Larra de Madrid. En términos simbólicos, la deriva es inquietante: de la Constitución de Cádiz al pobre liberal que termina volándose la cabeza de un disparo. Si necesita firmar un tercer compromiso contractual con la nación, a Feijóo solo le quedará tal vez el Panteón de Hombres Ilustres de Atocha.
Lo de ayer fue un acto de campaña, aunque sin logos, destinado a subrayar la fiabilidad del candidato. Antes estas cosas los políticos las hacían ante notario -o ante la RAI si eran Berlusconi-, de modo que quedaba constancia de lo que prometían y seguían sin estar obligados de ningún modo a cumplirlo. La especialidad de Feijóo parece ser en cambio la firma de contratos sin contraparte y sin cláusula penal. Revisando la letra pequeña, llama la atención que, entre los compromisos adquiridos ayer por el líder del PP, no aparezca la reforma electoral que él mismo defendía hace apenas unos días: el ‘plus’ de diputados para el partido que obtenga más votos en las generales.
Cuba
Raúl no se toca
Un juez de Miami ha ordenado la detención de Raúl Castro. La orden está relacionada con el derribo hace treinta años de dos avionetas estadounidenses pertenecientes a una organización que rescataba balseros del mar. «Raúl Castro ordenó asesinatos», ha concluido el fiscal del caso en una rueda de prensa de alto voltaje. Hace unos días vimos a Nicolás Maduro y a su mujer compareciendo ante un juez de Nueva York acusados de torturas. En realidad, vimos los dibujos hechos por el retratista judicial, pero la idea es la misma. Tiene que ver con los Navy Seals secuestrando mandatarios de otros países para ponerlos ante jueces estadounidenses. Antes del verano, Raúl Castro reapareció en el teatro Karl Marx de La Habana y Miguel Díaz-Canel dijo que nadie le tocaría un pelo «mientras quede una cubana o un cubano dignos con vida para poner escudo donde el enemigo pretenda poner la bala». Unas semanas antes habíamos sabido que Raulito, el nieto de Raúl, para lo que tenía vida era para recibir en la Isla al jefe de la CIA y hablar con él de cooperación. Sucedió mientras el portaaviones ‘Nimitz’ se desplegaba en el Caribe y Marco Rubio les lanzaba a los cubanos mensajes televisivos que parecían el preámbulo de una invasión. Estados Unidos se ha convertido en un país imprevisible, pero ejerce sobre Cuba una presión similar a la ejercida sobre Venezuela. Que el régimen cubano responda con una mezcla de posibilismo discreto y épica encendida hace pensar en Delcy Rodríguez, y en sus adláteres, escribiendo una página de oro en la historia universal de la traición.