Carlos Souto-Vozpópuli

  • El PP puede beneficiarse del desgaste del Gobierno, pero no tiene garantizado el monopolio del descontento

A Pedro Sánchez le ha ocurrido algo peor que perder una encuesta: los españoles descubrieron que podían cambiar de canal. El lunes se sentó en televisión a explicar España mientras más españoles preferían escuchar al presidente de Ceuta explicar Ceuta. Juan Jesús Vivas reunió 2,094 millones de espectadores y Sánchez 1,469 millones. No es el doble, pero tampoco hace falta. Hay derrotas electorales que duelen en las urnas y otras que duelen en el ego, como dejar de ser el uno.

A Sánchez, además, los veranos solían sentarle bastante bien. Agosto baja las persianas de los juzgados, vacía el Congreso, adelgaza los periódicos y permite que algunos problemas lleguen a septiembre ligeramente tostados. Este verano ocurrió exactamente lo contrario. Ceuta fue la cereza del postre de un menú ya bastante cargado. Problemas judiciales, dificultades parlamentarias, fricciones internas, polémicas acumuladas y, cuando el comensal parecía dispuesto a pedir la cuenta, llegó Ceuta. Mes y medio después, la crisis continúa condicionando la agenda.

No sé si la sociedad española está definitivamente harta del banquete -eso lo decidirá cuando toque votar-, pero empieza a dar señales de haber tragado lo suficiente. Incluso el CIS, que posee una proverbial capacidad para encontrar agua socialista en mitad de cualquier desierto demoscópico, registró en septiembre una caída de dos puntos del PSOE. Y el dato más interesante es otro: Vox subió 1,3 puntos mientras el PP apenas avanzó cuatro décimas.

Una oposición previsible

Ahí empieza el nuevo problema de Alberto Núñez Feijóo. Durante mucho tiempo tuvo uno bastante sencillo de identificar. Se levantaba, miraba qué había hecho Sánchez y organizaba el día alrededor de ello. Sánchez tocaba la música sin querer queriendo y Feijóo aparecía detrás con el triángulo. Era una oposición previsible, a veces eficaz y otras tan emocionante como leer las instrucciones de una lavadora.

Algo parece estar cambiando. No necesariamente Feijóo. Quizá cambió el paisaje. Su monotonía continúa intacta, su velocidad política tampoco se ha disparado y nadie podría acusarlo de haberse convertido en Mick Jagger. Pero una característica que durante años pareció una limitación empieza a producir otro efecto: mientras Sánchez corre de incendio en incendio, Feijóo permanece más o menos en el mismo sitio. Y por primera vez el mismo sitio no parece un mal lugar.

El PP intenta además colocar sobre la mesa asuntos que no dependen exclusivamente de los problemas del Gobierno: vivienda, educación, financiación autonómica, jóvenes. Este martes Feijóo volvió a presentar propuestas sobre vivienda mientras el PP seguía explotando Ceuta. Eso no significa que haya dejado de atacar a Sánchez. Sería pedir demasiado. Feijóo celebró la audiencia de Vivas diciendo que había “arrasado al presidente del Gobierno”. Pero la cuestión empieza a ser otra: Sánchez ya no parece suficiente como programa político.

Y ahí aparece Santiago Abascal. Porque el problema de Feijóo ya no consiste solamente en que Sánchez pierda apoyo. Consiste en qué ocurre con ese apoyo. Los datos del propio CIS muestran que, tras Ceuta, quien más avanzó fue Vox. El PP puede beneficiarse del desgaste del Gobierno, pero no tiene garantizado el monopolio del descontento. Esa diferencia lo cambia todo.

Para hacer oposición basta muchas veces con esperar el error ajeno. Para disputar un espacio electoral hay que definir el propio. Feijóo sabe desde hace tiempo que tiene una frontera a su derecha; lo que cambia ahora es que ya no puede seguir mirándola de reojo mientras concentra la atención en la que tiene delante. El martes ofreció una imagen gráfica de esa dificultad. Mientras hablaba de vivienda y jóvenes, propuso modificar la legislación para retirar la nacionalidad adquirida en determinados supuestos de delitos graves, entrando en un terreno que Vox viene explotando. Es casi una fotografía del nuevo PP: una mano buscando ampliar el centro y la otra vigilando que no se escape la derecha.

Por eso empieza a interesarme menos el viejo duelo Sánchez-Feijóo y bastante más el triángulo Sánchez-Feijóo-Abascal. Sánchez dijo hace pocos días en el Congreso: “Seré un perro, pero no tengo amo”. A Sánchez siempre le gustaron las resurrecciones y sería imprudente organizarle el funeral antes de comprobar que piensa asistir. Lo han dado por muerto demasiadas veces.

Hacer poco ruido

Pero este verano fue distinto. No consiguió que agosto enfriara sus problemas. Ceuta sobrevivió al calor, atravesó septiembre y terminó convirtiéndose en ese último plato que nadie había pedido pero que igualmente llegó a la mesa. Feijóo, mientras tanto, hizo lo que mejor sabe hacer: poco ruido. Durante años su lentitud fue un problema porque la política española circulaba a ciento ochenta kilómetros por hora. Feijóo parecía conducir aquella carretera con el freno de mano.

Ahora quizá sea la carretera la que ha reducido la velocidad. Pero, precisamente cuando la silla parece más cerca, Feijóo ya no puede limitarse a esperar sentado. Cuanto peor le vaya a Sánchez, menos le servirá hablar solamente de Sánchez. Tendrá que explicar qué pretende hacer, qué espacio quiere ocupar y hasta dónde acercarse a Vox sin que Vox termine acercándose demasiado a él.

La música sigue sonando y la silla parece, por primera vez, realmente disponible. El problema para Feijóo es que ahora tendrá que moverse alrededor de ella. Y hacerlo cada vez más rápido, sin quitarle un ojo de encima a Abascal.