Miquel Escudero-El Correo

Ceuta y Melilla son dos ciudades que están en África y son españolas, nunca fueron marroquíes y pertenecen a la Unión Europea. Por tanto, sus habitantes gozan de los derechos y deberes propios de un ciudadano, la máxima expresión de respeto y libertad acorde con su condición personal. Si los ceutíes cayeran en manos de Marruecos, pasarían a ser vasallos o súbditos del sultán; sometidos, según su etimología. Se entiende que muchos no europeos quieran ser acogidos en la UE. Pero no se puede entrar a las bravas sin instalar el caos para todos.

Ceuta es hoy una ciudad ocupada y reventada, está siendo violada en sus derechos y libertades; una ‘inseguridad subjetiva’, dice Marlaska. Por ella vagan miles de sus recientes invasores. No quieren irse y tampoco los repatrían. Pero la invasión exige una devolución con medidas excepcionales. Este flujo humano está siendo utilizado para sobrecargar las capacidades de un Estado de la UE, desestabilizarlo y anular sus sistemas de acogida y retorno. El 15 de agosto, anunciada otra oleada de asaltantes, Marruecos demostró que mandan ellos y que, si quieren, no pasa nadie.

Sánchez ha afirmado estar «24/7 pendiente» de todo lo que pasa en España, alerta las 24 horas del día y toda la semana, al estilo del de la «lucecita del Pardo»; el caudillaje gusta de aparentar ejemplaridad y se infla de datos triunfalistas, a menudo engañosos. «Ceuta va a salir reforzada de esta situación tan compleja», dice el timonel. A la pregunta de qué ganan las mafias acusadas de organizar el lío, solo supo responder con otra pregunta: «¿Y qué gana Marruecos con este tipo de tácticas?».

¿A dónde nos lleva este Gobierno?