Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- Leire Díez habla, aunque vale más por lo que calla
Leire Díez irrumpió hace un año en nuestras vidas como fontanera del PSOE. A los pocos días, ella misma matizó en una rueda de prensa: «No soy fontanera, soy periodista de investigación». A los pocos meses, le preguntaron en el Senado si había publicado alguna investigación y la periodista de cincuenta años respondió lo obvio: «No». Ahora Leire ha hablado con un periodista de los que sí publican y le ha revelado que ella, Leire, es una llave inglesa. No me gustaría precipitarme, pero recuerdo bien el libro de los oficios de mi infancia y las llaves inglesas las llevan los fontaneros. Los periodistas llevan gabardina, una libreta y una botella de whisky. La llave que encarna Leire Díez no es un modelo ajustable o de trinquete, pese al trinque (presuntamente), sino uno «para llegar al presidente».
El presidente, por cierto, tiene mal carácter. Esto lo revela Leire Díez, pero no porque se haya visto con él, sino por lo que le cuentan. Tiene mal carácter y gente que no se atreve a decirle las cosas como son. Yo no descartaría que esa gente, a fuerza de consumir su propia propaganda, tampoco sepa ya cómo son las cosas. Zapatero, por ejemplo. ¿Es un Dreyfus sentenciado por la fachosfera o es el Oppas enjoyado del progresismo? El caso es que el entorno está haciendo que Sánchez se equivoque. ¿En qué? No se sabe porque Leire coloca palabras reconocibles en un orden aparentemente sintáctico pero apenas consigue decir nada que signifique algo. Lo hace intercalando frases que sí se entienden y son, por lo general, de José María García. «Valgo más por lo que callo que por lo que digo», dice, por ejemplo. Y, efectivamente, tras decirlo no parece valer mucho. Lo que no quita para que, a través de su partido, haya tenido acceso a los altos sueldos y a las altas esferas, también, presuntamente, a los bajísimos fondos.
Respecto a sus libretas, Leire Díez asegura que no tienen importancia. Ella apunta sin más lo que llama su atención. Como David Attenborough en sus cuadernos de campo, solo que en su caso documentando la vida salvaje en la ciénaga nacional. A Leire ese mundo le ha decepcionado. Su perfil debía de ser el del periodista que investiga para confirmar que todo se hace bien. Cuenta que incluso le ha llamado un fiscal de derechas para decirle que en España la verdad fáctica no importa. Ahí tienen una anécdota fáctica. «Lo llaman democracia y no lo es», concluye Leire Díez, lo que recuerda automáticamente al 15-M y da ganas de viajar en el tiempo para contarles a los indignados de las plazas lo estupendamente que va todo quince años después.
G-7: Rey de la fiesta
Los líderes del G-7 esperan en los Alpes franceses a Donald Trump, que cumplió ayer ochenta años y quiso celebrarlo del modo habitual: un poco de tarta, algunos amigos y un combate de artes marciales mixtas patrocinado por casas de apuestas en el jardín de la Casa Blanca. Art Buchwald también celebró sus ochenta con una gran fiesta en Washington, aunque sin sangre, y aprovechó para compartir con sus invitados cómo se sentía. «Cumplir ochenta años es cuestión de vida o muerte», dijo el legendario columnista. «Yo he elegido la vida. Es una posición mejor en la que estar, y además es más cómodo para la espalda». Trump ha dicho que no le gusta la década que inaugura, lo que hace probable que no llegue al G-7 de buen humor, algo que sin duda tranquilizará al pobre Zelenski. A la espera de si el acuerdo de paz con Irán llega a firmarse al fin, Macron le ha preparado al estadounidense una cena en Versalles, a sabiendas de que en esta incierta hora mundial tiene la cabeza puesta en la construcción y decoración del Salón de Baile más recargado y hortera del mundo. Art Buchwald también compartió lo que ocupaba su mente al cumplir los ochenta. Era más modesto, apenas dos preguntas. ¿Qué haces aquí? ¿Adónde vas? Ya puestos, las contestó. «La primera respuesta es narcisista. Fui puesto en la Tierra para hacer reír a la gente» Su segunda respuesta, en cambio, sí puede aplicarse a Donald Trump: «No tengo ni idea de adónde voy, y tampoco hay nadie más que lo sepa. Y si alguien afirma que lo sabe, no tiene la menor idea de lo que está diciendo».