Editorial-El Correo
- Después de otra farsa electoral, el autócrata ruso redoblará los ataques que mantienen en alerta a Europa para que el miedo debilite la ayuda a Ucrania
Tres jornadas de elecciones con la oposición laminada servirán a Vladímir Putin para mostrarse al mundo y ante sus propias élites como un dirigente respaldado por un abrumador apoyo popular. Los 112 millones de rusos llamados a las urnas seguirán después atenazados por la guerra contra Ucrania, el deterioro de la economía y las restricciones en internet. Preocupaciones todas ellas derivadas de la decisión de su presidente de apoderarse del país vecino, y del fracaso en doblegar la apuesta de los ucranianos por integrarse en Europa.
Para decenas de miles de rusos, es probable que a la farsa electoral siga la movilización militar. Ya está ocurriendo con miembros de Yabloko, el partido opuesto a la invasión y vetado en los comicios. Solo Donald Trump atribuye al autócrata del Kremlin una supuesta voluntad de terminar con la guerra, desmentida por las ofensivas cotidianas contra las ciudades ucranianas. A medida que se acerca otro invierno, el esfuerzo del invasor se concentrará en destruir la infraestructura energética y las cadenas logísticas para tratar de rendir a los civiles por frío y hambre. De forma simultánea, Rusia se servirá de sus acciones terroristas contra el conjunto de Europa para intentar desatar una paranoia colectiva. El objetivo final de las incursiones de drones, los sabotajes o las interferencias en decisivos procesos electorales como los que vive Alemania o llegarán a Francia en primavera es propiciar, a derecha a izquierda del espectro político del continente, un sentimiento de ‘esta no es nuestra guerra’. Y debilitar el apoyo activo a Ucrania cuando es más necesario que nunca.
Los países de la UE y la OTAN deben fortalecer su unidad y preparación frente a la ambición de Putin. Y, en un momento de ‘shock’ en el suministro energético y precios desbocados de los combustibles, esforzarse en paliar la afección a empresas y ciudadanos. A afrontar una situación tan delicada no ayuda que el gran artífice del caos global, el presidente de EE UU, baraje retirar de Europa hasta la mitad de su contingente militar y, a la vez, premie al presidente ultra de Polonia con una nueva base operativa. Alertas como las lanzadas desde París o Varsovia bordean una innecesaria estridencia. Y el primer ministro de Eslovaquia ya debería saber que el peligro no viene del Artículo 5 de defensa mutua de la Alianza Atlántica, sino de la creciente amenaza de su amigo de Moscú.