Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- Todas las cifras ofrecidas en esta columna son aproximadas o de ficción
Ceuta es un polvorín, pero tampoco hay prisa. Ayer, cincuenta días después del asalto a la frontera, la Policía trasladó a 1.700 inmigrantes a las nuevas instalaciones del puerto. Advertencia: todas las cifras de esta columna son aproximadas o puede que ficticias. Cualquier forma de precisión será pura coincidencia. En el traslado hubo tensión, estampidas y disparos al aire. «No ha habido violencia ni altercados, sino un civismo absoluto», evaluaron en Moncloa. «El PP vive en una realidad paralela», añadieron. Como las imágenes del traslado se vieron en directo, usted puede elegir entre el civismo y la realidad paralela. Si me preguntan, ayer en Ceuta no terminó pasando gran cosa para lo que por momentos se vio que pudo pasar. Y lo que pudo pasar es más probable que termine pasando a medida que el cansancio y la desesperación aumenten. Por eso Ceuta es un polvorín, pero sin metáforas. No es como lo de que Cádiz es una tacita de plata. El dispositivo de ayer sacó a 1.700 personas de la playas y, cuando terminó, aún quedaban miles de personas en las playas.
Entonces, ¿cuántos inmigrantes irregulares permanecen en la ciudad? Ni idea. A comienzos de agosto, Pedro Sánchez dijo que 2.000. Marlaska habló de 5.000 el 13 de agosto y la cifra se mantuvo hasta que un mes después Sánchez habló de preparar 10.000 plazas de acogida, aunque aseguró que cada día 200 inmigrantes regresan voluntariamente a Marruecos. Ayer el Gobierno estimó que en Ceuta hay 10.000 irregulares, de los cuales 6.000 estarían ya alojados en los recursos disponibles. El Gobierno de la ciudad autónoma eleva el número a 13.000. Curiosamente, la cifra que el Gobierno sí calculó exacta e instantánea fue la inicial. Se insiste en que entre el 30 y el 31 de julio entraron 72.000 personas y se volvieron 70.000. Imagino que haces la resta y obtienes las 10.000 personas que aún siguen en Ceuta. Existe también la aritmética paralela y hemos desarrollado ante ella una enorme tolerancia. Como si se pudiese responder a una emergencia cuya dimensión desconoces cincuenta días después. Cierto que esta idea de conocer lo que sucede para actuar en consecuencia ha quedado obsoleta. La pandemia perfeccionó el mecanismo distractivo: abraza la confusión y confía tu suerte a la moralización polarizadora. «Lo de Ceuta es el agujero negro de Gargantúa en el planeta Miller», comenzaba Iván Redondo uno de sus análisis a finales de agosto. ¿Se ha dicho ya que Ceuta es un polvorín? Los que llegaron ayer a la ciudad autónoma fueron Florentino, Butragueño y Pirri.
País Vasco
Diagnóstico y tratamiento
Del Pleno de Política General celebrado el jueves en Vitoria se extrae una conclusión urgente: los alumnos vascos deben alejarse de las pantallas; entre otras razones, porque el lehendakari Aguirre no las utilizaba. Puede que no lo entendiese bien del todo, pero la idea de fondo seguro que es esa, y ni siquiera es nueva. Hace tiempo que nos acucia la urgencia de sacar las pantallas del aula. Concretamente, desde después de llenar las aulas de pantallas. Se hizo con pretensiones de modernidad escandinava y muy publicitadas subvenciones de la Administración. Se hizo también ante la estupefacción de muchas familias. Es que el chiquillo estaba en Primaria y aparecía un día con una tablet. Los padres pensaban automáticamente dos cosas: que aquello era como darle un revólver a un chimpancé y que menudo negocio el de quien les llevase el ‘leasing’ a los colegios. Ahora hay que frenar. Pantallas fuera. El lehendakari incluso hizo un llamamiento a los adultos para que revisemos el ejemplo que damos a los chiquillos. Él mismo reconoció que a veces no lo hace bien. Y evitó señalar a Pello Otxandiano, que interviene siempre en el Parlamento con una tablet. Los jóvenes le estarán viendo y luego sacan los resultados que sacan en el informe PISA. El caso es que comienza a ser una costumbre ver a un gobernante que reflexiona gravemente sobre la educación y señala a las pantallas. Como lo de reflexionar es contagioso, yo creo que el ciudadano agarra y reflexiona también. Y, si es necesario limitar las pantallas en el aula, ¿por qué no se limitan?