Pablo Martínez Zarracina-El Correo

  • Las quejas contra el juez Peinado llegan al CGPJ

El juez Peinado abre juicio oral contra Begoña Gómez por tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida y malversación. Su auto ha causado un gran revuelo y una reunión urgente del Consejo General del Poder Judicial. Sorprende que la Academia de la Lengua no haya reaccionado con la misma rapidez. Leyendo la resolución, yo no sé si el juez se ensaña con la mujer del presidente del Gobierno, pero lo que le hace a la sintaxis es injustificable y muy cruel. Las frases de Peinado son kilométricas, abstrusas y refractarias a toda concordancia. Aparecen además asaeteadas por una lluvia de comas que resultan al tiempo omnipresentes, erróneas y humanamente incomprensibles. El efecto es lisérgico. Hay un momento, atención a las comas, en el que el juez parece amenazar a unos mimos, imagino que del PSOE: «Si apriorísticamente no se puede descartar ni una sentencia absolutoria, caso de enjuiciarse esos delitos, ni, en caso de condena, una pena mínima, de cada uno de los mimos, lo que equivaldría a una sentencia de dos años, de prisión, no cabe duda de que, ese sería el escenario…»

Lo de los mimos es una errata. Creo. Lo que no es una errata es que el auto imponga la retirada cautelar del pasaporte a Begoña Gómez valorando, entre otros argumentos, la posibilidad de que sus escoltas puedan facilitarle la fuga como si fuese, qué sé yo, Puigdemont. A los sindicatos policiales les ha indignado el razonamiento. Y el ministro de Interior ha elevado una queja al Poder Judicial. De Urtasun y la RAE no se sabe nada. No parece sin embargo el CGPJ que sea quien debe corregir al juez Peinado, sino la Audiencia de Madrid. Lo viene haciendo con regularidad durante una instrucción que ha sido extravagante y eterna, como si al juez le fuese la vida en no soltar la causa. Ahora al fin la suelta y el oficialismo llama oportunamente a «poner pie en pared» ante la «destrucción del Estado de Derecho». De modo que, entre todos los ciudadanos sometidos a la jurisdicción de un magistrado inquietante, debe indignarnos la suerte de quien se distingue por su indefensión y llega al juzgado en coche oficial, tiene por abogado a un exministro de Justicia y ve cómo se editorializa a favor de sus derechos en los periódicos. Salta ya automáticamente la pulsión populista de un Gobierno que no parece andar sobrado de pueblo. Ni de argumentos sencillos para explicar el prodigio: las amenazas contra la democracia ante las que intentan calentar la grada nunca involucran al ‘demos’, pero siempre afectan al líder.

Mundial: Díselo en guaraní

Sucedió el sábado en el Paraguay-Turquía. Tras una trifulca y con el juego parado, el delantero paraguayo Miguel ‘Carucha’ Almirón pasó junto al lateral turco Mert Müldur y le dijo algo tapándose la boca. Al instante, el turco salió disparado hacia el árbitro señalando a su rival, tapándose él también la boca y fingiendo un ataque de indignación. El gesto era universal, puede traducirse así: «¡Huy lo que me ha dicho!» Pero lo importante era cómo se lo había dicho: ocultando los labios. Eso infringe la nueva e incomparable ‘Ley Vinícius’ de la FIFA e implicó, tras revisión mímica en el VAR, la roja para Almirón. Es el primer jugador en la historia de los Mundiales en ser expulsado por mantener con ocultamiento lo que se considera una «conversación hostil», aunque no se sepa si lo es. El técnico de Paraguay, el argentino Gustavo ‘Lechuga’ Alfaro, contó tras el partido que Almirón se había disculpado con el equipo. «Le hubieses dicho de todo en guaraní, ¿qué te va a entender?», le contestó el profesor Alfaro, un hombre de fútbol. Y añadió: «Me cuesta jugar este deporte, este deporte nuevo, porque estamos jugando un deporte nuevo». Hoy se celebra el cuadragésimo aniversario de ‘La mano de Dios’ y cabe recordar que el 8 de julio se cumplirán treinta y seis años desde que Maradona, sin taparse la boca frente a las cámaras que emitían en directo para todo el planeta, les mentó la madre a los miles de italianos que abucheaban el himno argentino en el Estadio Olímpico de Roma. A todos a la vez y uno por uno los insultó. Final del Mundial de 1990. El deporte, en efecto, era otro.