LUIS VENTOSO-EL DEBATE
  • La presidencia de un partido independentista arqueológico de ideología marxista no traería un solo beneficio a los gallegos y supondría una calamidad para España

Permitan que me ponga un poco lírico. Si cuando cae la noche dejo abiertas las cortinas del dormitorio de nuestro piso de La Coruña, un haz de luz pálida e intermitente rasga la oscuridad y refulge en el espejo del fondo de la estancia. Es el reflejo del faro romano más antiguo del mundo todavía en funcionamiento, la Torre de Hércules, que se yergue sobre un montículo al otro lado de la bahía y sigue guiando a los barcos. Los viejos romanos ya valoraban Galicia, el fin de todos los mundos, por su oro, su vino blanco, su verdor y su esquiva magia.

El gran siglo de Galicia fue el XVIII. Los ilustrados de entonces la presentaban como un ejemplo de éxito económico, con una agricultura de subsistencia aceptable, que agradeció la llegada del maíz americano; con sus industrias del lino, las salazones y la minería; con el comercio de sus puertos. El primer censo en serio de España, el de Floridablanca de 1787, recoge que la próspera Galicia de entonces cuenta con 1,3 millones de habitantes, frente a 802.000 de Cataluña.
Pero el XIX resulta demoledor para la región. Las reformas liberales le sientan muy mal a Galicia. También la sustitución del algodón por el lino (y más cuando el Gobierno prima a Cataluña con el monopolio del nuevo tejido en alza, arancel que hará posible su despegue industrial). El resultado es un éxodo colosal de gallegos. Entre finales del XVIII y los años setenta del siglo pasado se calcula que emigraron millón y medio. De hecho, Buenos Aires será durante muchas décadas la mayor de las ciudades gallegas.
El mazazo de la destrucción de su modo de vida tradicional, unido a un éxodo que se llevó lejos a muchos de los más valiosos –y valerosos–, dejó a Galicia mal armada para afrontar el siglo XX. La reconversión industrial de Felipe González, que protegió al Sur frente al Norte, cercenó su tejido fabril. El aislamiento tampoco ayudó. Las autovías que unen la región con Madrid se completaron en un tardío 2001. El AVE llegó a finales de 2021, casi treinta años más tarde que a Andalucía (y la historia no hacía más que repetirse, pues Galicia había contado con su primera línea ferroviaria en 1848, 37 años después de la pionera de España, la Barcelona-Mataró).
Con ese panorama, Galicia llega a la segunda mitad del siglo XX enquistada en el furgón de cola de las regiones españoles. Pero contra todo pronóstico la liberalización económica finisecular le sienta bien. Comienza a desperezarse. Crea nuevas empresas, con el mascarón de proa de la mayor multinacional de moda del mundo, fruto de la visión de un mozo de tienda coruñés hijo de un ferroviario leonés. Galicia dispone además de energía eólica e hidráulica, una planta de gas y una refinería, una gran factoría de coches en Vigo (Citröen) e incluso una firma gallega de vehículos militares (Urovesa). Hay buenos puertos, astilleros, un potente sector lácteo y conservero, un turismo aceptable y se han desarrollado tecnológicas punteras, como Altia y Televés. Hasta la cerveza gallega, la Estrella, ha acabado conquistando los bares españoles y los alimentos de Galicia equivalen a calidad en todo el país.
De propina, Galicia cae bien. A pesar de que conserva una fuerte idiosincrasia, probablemente la más marcada junto a la andaluza, la comunión con España es firme y leal. Los gallegos, con su ironía zumbona como armadura, su carácter modesto y su diplomacia sinuosa, no quieren líos, van un poco a lo suyo y les gusta velar por los intereses de su bolsillo. Las reivindicaciones nacionalistas de matriz xenófoba y lanzadas desde una atalaya de soberbia están en las antípodas de lo que ha sido hasta ahora el talante gallego.
En la etapa autonómica, Galicia ha contado con dos largas presidencias, las de Fraga y Feijóo. El segundo no tuvo la creatividad del primero. Pero resultó un gestor ordenado, preservó las cuentas públicas y no dio la lata estatalista a los empresarios deseosos de crecer. Además, su mandato, desde 2009 a 2022, cerró el paso al poder al nacionalismo. Galicia había vivido entre 2005 y 2009 la mala experiencia un Gobierno del PSOE con un vicepresidente del BNG y salió escaldada. La lengua se convirtió enseguida en un problema. La cultura se utilizó como un ariete para golpear a los demasiado españoles. El intervencionismo creció y la gestión se volvió más torpe y amateur. Por supuesto se comenzó a lanzar presto un programa de ingeniería social para inculcar el distanciamiento y la aversión hacia España. En solo cuatro años con el Bloque nacionalista en el poder ya les dio tiempo a inventarse un Papa Noel autóctono y supuestamente ancestral, O Apalpador (que por supuesto desapareció raudo en cuanto perdieron el poder, porque el nacionalismo se fomenta desde el Gobierno).
Los gallegos deberán acudir este domingo a las urnas con mucho tiento y aplicando su habitual y cauto sentido común. El PSOE no pinta nada, se ha convertido en el utillero de un rancio partido comunista y separatista, el BNG, que se disfraza con la piel de cordero de una profesional de la política, Pontón, que a sus 46 años jamás ha trabajado fuera de ella. Con su levita blanca y su corte de pelo bob es en realidad tan radical como los viejos coroneles de la UPG marxista leninista que mueven los hilos del vetusto Bloque.
Galicia puede elegir entre una administración razonable y sin conflictos, dejando que su sociedad civil siga progresando libremente a su aire, que es la oferta de Rueda. O puede sumergirse en un modelo de estatismo intrusivo, monserga dogmática separatista, machaque lingüístico, trabas socialistas a las empresas y división de los gallegos en dos categorías: los buenos (los nacionalistas) y los malos (la inmensa mayoría que nos sentimos españoles y gallegos).
En una entrevista de cámara ayer en TVE, Ana Pontón explicaba como una de sus recetas «reindustrializar Galiza y atraer más inversión». Se me escapaba escuchándola una sonrisa sardónica. Sí, Ana, sí… habrá tortas entre las empresas de fuera por venir a invertir a una Galicia presidida por un partido que predica el asco a España, la persecución del español y el odio al capitalismo.
Corremos un serio un peligro este domingo: el riesgo de abrir un tercer frente en el proceso de rasgar España que estamos sufriendo por cortesía del Partido Socialista Obrero (ex) Español. El PSOE se ha quedado en la muleta del separatismo comunista. Y así le va.