JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA-EL MUNDO

COMO Pablo Iglesias dejó claro el jueves en la tribuna del Congreso de los Diputados con su estrafalaria lectura del supuesto mensaje de una persona relevante del PSOE sobre cómo utilizar las políticas activas de empleo para desencallar las negociaciones de investidura, lo que allí estuvo a punto de alumbrarse no iba a ser un Gobierno de cooperación ni de coalición, sino un Gobierno de escorpiones. Como en la fábula de la rana y el escorpión, a pesar de la más completa desconfianza entre ambas partes, el PSOE estuvo a punto de subir a Podemos a su lomo para cruzar el río de la investidura. Y si estaba dispuesto a hacerlo no parecía debido a la (nula) credibilidad de las promesas de Podemos sobre su (supuesta) transformación en un partido amante del régimen del 78, la democracia liberal y la unidad territorial, defensor de la independencia del Tribunal Supremo y la separación de poderes y contrario a la existencia de presos políticos en España, no, sino porque pensaba que Podemos, por propio interés, accedería a no picar al PSOE en la espalda para así acceder al Gobierno y, una vez allí, aprendería los modos institucionales y de gobierno de los que carece.

Cada uno es libre de calificar estas fallidas negociaciones de investidura: unos dirán que merecía la pena probar, aunque fuera para dejar claro ante los votantes que se había intentado; otros que hacerlo era una temeridad porque incluso aunque saliera bien, el PSOE se ataría a unos socios que harían naufragar el Gobierno a la primera de cambio. Unos dirán que el problema está en las demandas de Podemos, desmesuradas, como todo en ellos. Y otros afirmarán que el problema estaba en la oferta del PSOE, que ignoraba la naturaleza de Podemos, ya manifestada en el primer bloqueo a la investidura de Sánchez en marzo de 2016. Sea como fuere, lo que es difícil de sostener es que merece la pena volver a intentarlo partiendo de donde se dejó, como si todo realmente hubiera encallado en un pequeño escollo que los negociadores pueden sortear en cualquier momento a la vuelta del verano para llevarnos a una investidura feliz.

Estas negociaciones pueden verse como un fracaso, pero también como lo que los británicos llaman un eye-opener, algo que te abre los ojos ante una realidad que no podías o querías conocer. Carmen Calvo ha justificado la ruptura de las negociaciones en el hecho de que no se puede tener un Gobierno dentro del Gobierno. Y tiene razón: mientras Podemos no cambie, da igual qué competencias o carteras se discutan; siempre será otro Gobierno dentro del Gobierno. Está en su naturaleza.