JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA-EL MUNDO

LAS PALABRAS, ha dicho en alguna ocasión Íñigo Errejón, son las colinas desde las que se ganan las batallas. Desde algunas palabras se domina la conversación política y se sitúa a los demás en desventaja y a la defensiva. Así que donde el lunes teníamos un presidente y su principal estratega político sometidos a contestación, interna y externa, por su fallida repetición electoral y una conversación pública dominada por el pesimismo y la incertidumbre, el martes asistimos a un golpe de efecto destinado a redirigir la conversación pública hacia el horizonte ilusionante de un Gobierno «progresista» que lave todos los pecados y errores pasados.

El truco es eficaz, porque quien quiera comenzar a poner peros y matices a la idea de que un Gobierno con Podemos es un gobierno de progreso empieza en desventaja, sigue cuesta arriba y tendrá que hacer frente a un fuego intenso desde una posición superior. No obstante, quien tenga tiempo y ganas puede comenzar con un asunto básico, que es el tema de la igualdad. Porque nada desiguala más a los españoles que el conceder a unos ciudadanos el derecho a decidir sobre los límites de la nación y a otros no, especialmente cuando se concede ese derecho a algunas de las partes más ricas del territorio, ¡qué casualidad!

E incluso sin necesidad de llegar a defender el derecho de autodeterminación, el federalismo, especialmente el asimétrico, que una vez más, casualidad, solo pueden permitirse los más ricos, introduce un elemento de profunda desigualdad entre los españoles. Porque sin un Estado central con mecanismos financieros y políticas compensatorias que merezcan tal nombre los ciudadanos tendrán limitados sus derechos y oportunidades por su lugar de nacimiento y residencia, no ampliados en razón de su condición ciudadana.

La diversidad nos hace más ricos y hay que preservarla, sin duda, pero el problema que tenemos en este momento en España no es una insuficiente descentralización sino un Estado débil y centrifugado y un proyecto colectivo cada vez más invisible. Hablamos de una España vaciada, pero el problema que tenemos es el de un Estado vaciado con un Gobierno y administración central sin apenas competencias. Y un Parlamento donde se premia la fragmentación y el particularismo en lugar de la agregación de intereses colectivos. Una condición esencial para un Gobierno progresista sería reforzar lo común, hacer visible que estamos mejores juntos, defender que la igualdad requiere de un Estado igualador y un Parlamento donde, como sede de la soberanía nacional, se represente lo que tenemos en común.