Pablo Martínez Zarracina-El Correo

  • Aitor Esteban recuerda a Bildu las diferencias entre Aguirre y ‘Txapote

Temiendo tal vez que los jóvenes de Ernai comiencen a tatuarse en una pierna el rostro de José Antonio Aguirre, Aitor Esteban salió ayer a interponerse entre la izquierda abertzale y la figura del primer lehendakari. El presidente del PNV lo hizo explicando el movimiento apropiatorio de Bildu en términos históricos y reconociendo que el legado de ‘Gadafi’, ‘Txapote’ o ‘Josu Ternera’ «no es muy vistoso». Sabemos, sin embargo, cómo funciona ya entre nosotros ese argumento: referirse a ETA es absurdo porque ETA ya no existe. Lo que existe es el Alzamiento de 1936 y eso explica que Bildu llame a replicar el Gobierno de concentración de Aguirre, al estar el País Vasco rodeado de fascistas y haciendo lo que cualquiera en una situación así: pensar si necesitamos una o dos sedes en el próximo Mundial de fútbol.

Aitor Esteban le señaló ayer con cierto desdén a Bildu lo absurdo de todos esos «eslóganes vacíos» que aluden a la Guerra Civil y al fascismo. Tiene más razón que un santo. Pero su propio partido lleva años manejándolos a conveniencia y sumándose a la idea de los «fascismos de ayer y de hoy» en la que todo se mezcla alegremente. Además de resultar idiotizante, el disparate está teniendo efectos legitimadores y ahora la izquierda abertzale se permite convocar a la unión antifascista a PNV y PSE, dos partidos a los que ha estado señalando como fascistas, sin descanso, durante décadas. En realidad, la izquierda abertzale se ha pasado décadas acusando de ser fascista a todo el espectro político vasco, comunistas incluidos. Que ahora superen la idea del frente amplio sudamericano con el viaje en el tiempo hacia el Gobierno de Aguirre en el Carlton hace pensar en que nuestra política se adentra en la era alucinógena. Eso explicaría que Arnaldo Otegi haya cambiado a Angela Davis por José Antonio Aguirre en una evolución personalísima en la que ni puede adivinarse cuál será el próximo referente. Otra cosa asombrosa que está haciendo el líder de Bildu es romper a hablar del Cinturón de Hierro. En plan simbólico, emotivo, casi lírico. Y trazando unos paralelismos difíciles de ajustar en términos herméticos con el levantamiento de «un muro antifascista, republicano, abertzale, feminista y socialista». Otegi lo hace como avance de la temporada de manifestaciones otoño-invierno, que se intuye prometedora, al llegar en primavera las elecciones municipales y forales. Porque no es 1936, sino 2027, lo que está detrás de todo esto.

SEVILLA

Exposición itinerante

El año pasado conocimos el caso de una señora de Granada que se encontró un paquete en el descansillo y lo metió en su casa pensando que sería un envío para algún vecino ausente y que podían robarlo. Así que lo guardó. Y luego se le olvidó. Pero el paquete resultó no ser de Amazon, sino de Picasso. Un cuadro que un vecino cedía para una exposición y se había despistado en el traslado. Se trata, por supuesto, de uno de esos episodios irrepetibles. Por eso lo que el pasado fin de semana se encontró en una calle de Sevilla un vecino de Murcia no fue un Picasso, sino un Sorolla. Una marina de Sorolla. «Lo cogí porque me gustó mucho el marco», ha explicado el hombre, al que la rotunda y legible firma de Sorolla no le hizo sospechar nada. Hasta que se enteró de que en Sevilla había desaparecido un cuadro del maestro valenciano. A su favor, hay que decir que él iba por la calle y se encontró el cuadro apoyado en una pared. La explicación es que la familia propietaria de la obra se la dejó allí olvidada mientras cargaba el coche para irse a la casa donde pasan el verano. Ya se sabe lo que son esos desplazamientos. Hay un montón de cosas que meter en el coche y no es raro que algún miembro de la familia esté enfadado porque los bultos son muchos o porque salen tarde, como siempre, y van a coger caravana. Habrá quien piense que es extraño andar moviendo cuadros entre la residencia habitual y la segunda residencia, más aún si esos cuadros son de Sorolla, pero la lógica de llevarse una marina a la casa de la playa a mí me parece irreprochable.