Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  • Cualquier planteamiento que pase por esperar que los ayatolás se comporten razonablemente está condenado al fracaso

Desde las protestas masivas en la calle que se produjeron en muchas ciudades iranís poco antes del inicio de los ataques aéreos de EE. UU. e Israel contra la cúpula del régimen dictatorial de los ayatolás y sus instalaciones militares y logísticas, la máquina represiva de la República Islámica ha redoblado su actividad intensificando el ritmo de ejecuciones de disidentes y de participantes en las manifestaciones contrarias al gobierno. Actualmente hay setenta prisioneros políticos en el corredor de la muerte que subirán al patíbulo en las próximas semanas y el número de condenados a la horca no cesa de aumentar. Existe un elemento constitutivo y definitorio del sistema instaurado por Ruhollah Jomeini hace cuarenta y siete años que las democracias occidentales han de comprender si quieren tratar eficazmente con la tiranía clerical persa. De acuerdo con la concepción de su fundador y principal referente ideológico, la máxima prioridad del régimen es su propia preservación, por encima de cualquier otra consideración, incluso de los postulados religiosos islámicos como la oración, el ayuno o la peregrinación a La Meca. Las estructuras de seguridad, de la administración de justicia, de la Guardia Revolucionaria y de las fuerzas armadas han de recurrir a cualquier medida sin límite moral, institucional o humanitario alguno con tal de mantener en el poder al Líder Supremo, decisor absoluto en todos los campos de la vida pública y privada.

 Una tesis demasiado optimista

Por eso en 2025 fueron colgadas 2159 personas y en el año en curso este número será más alto aún. En las revueltas en las calles donde la gente pide el fin de esta opresión atroz, los esbirros del régimen disparan a matar y en las últimas algaradas las mismas autoridades represoras reconocen más de tres mil asesinados por disparos o palizas, si bien otras fuentes fiables independientes elevan el balance de víctimas a seis mil o incluso superiores. Esta carnicería puede tener como efecto el incremento de la indignación popular y, junto al pésimo estado de la economía, con elevada inflación, deterioro de la moneda y escasez de bienes básicos, provocar un levantamiento definitivo e imparable de la sociedad iraní como el que derribó la monarquía en 1979 o, por el contrario, generar tal terror que cualquier tentación subversiva quede anulada. Además, la propaganda oficial ha extendido muy hábilmente entre la población el temor a que una caída del totalitarismo religioso crearía el caos y desembocaría en la fragmentación del país, con lo que, entre lo malo y lo peor, por horrible que sea la situación presente, lo que vendría sería aún más dañino. La tesis israelí y norteamericana de que su intervención militar iría seguida de una marea humana irresistible que barrería la teocracia terrorista y criminal hoy imperante se ha probado demasiado optimista y los clérigos y sus secuaces continúan controlando Irán, bloqueando el estrecho de Ormuz y utilizando a sus filiales Hamas, Hizbulá, los hutís de Yemen y las milicias islamistas en Irak y otros lugares para desestabilizar la región y atacar a los estados del Golfo y a las bases estadounidenses en la zona.

Tal como era de esperar, el memorándum firmado entre Irán y EE.UU. el pasado 17 de junio que en principio debería poner fin a las hostilidades ha sido papel mojado, las agresiones mutuas han continuado y la República Islámica nunca ha tenido la intención de cumplirlo. Su único propósito era ganar tiempo sin renunciar a ninguno de sus objetivos. Por consiguiente, cualquier planteamiento que pase por esperar que los ayatolás se comporten razonablemente está condenado al fracaso. Descartada la entrada física de efectivos terrestres en territorio iraní a la luz de las experiencias de Corea, Vietnam, Somalia, Afganistán e Irak y dada la insuficiencia de las operaciones solamente desde el aire, se impone actuar sobre los flancos verdaderamente débiles del régimen, la economía y la presencia activa de las unidades clandestinas de la oposición, de las que existen miles en toda la extensión del país. En consecuencia, la estrategia válida de Washington para liquidar a la dictadura consiste en: 1) Aumentar la presión financiera y económica sobre el régimen hasta eliminar su capacidad de agresión, represión y terrorismo, así como hacerlo inviable por colapso presupuestario 2) Aislar internacionalmente al régimen rompiendo relaciones diplomáticas e instando a todas las democracias occidentales a hacer lo mismo 3) Mantener el bloqueo del estrecho de Ormuz impidiendo la circulación de petroleros y mercantes iranís a la vez que se continúa con ataques aéreos conducentes a la reducción del margen de maniobra del régimen contra el tráfico marítimo 4) Considerar las amenazas del régimen contra personal militar norteamericano como actos de terrorismo de Estado y a sus incitadores como terroristas con las consecuencias que ello implica 5) Reforzar las sanciones contra la Guardia Revolucionaria, el Ministerio de Inteligencia y las redes mafiosas contratadas para asesinar, secuestrar e intimidar a disidentes fuera de Irán y a políticos occidentales que apoyan a la oposición 6) Dar apoyo político y reconocimiento institucional expreso al Consejo Nacional de Resistencia de Irán y a su líder, Maryam Rajavi, como el único grupo opositor dotado de la experiencia, la determinación, los recursos y los efectivos dentro y fuera de Irán válidos para derribar el régimen y organizar una transición pacífica y ordenada a la democracia 7) Dejar claro que el fin último de los EE.UU. es un cambio de régimen y no un acuerdo con los ayatolás 8) Rechazar el chantaje mediante la toma de rehenes, las amenazas terroristas o el bloqueo del comercio internacional y no ceder bajo ningún concepto acordando concesiones diplomáticas.