El Correo-KEPA AULESTIA

Pedro Sánchez está desbrozando el camino hacia la tramitación de sus Presupuestos gracias a la disuasión que ejerce Vox para que sus aliados de moción de censura no dejen de apoyarle

La amplia sonrisa con la que Pedro Sánchez se hizo retratar al inicio del Consejo de Ministros de ayer lo decía todo. Su estrategia se ha ido abriendo paso mediante el logro de objetivos a corto, desde que el golpe de efecto de la moción de censura saliera triunfante casi de manera imprevista. El éxito de una iniciativa que supuso un vuelco político en el país llevó al presidente a posponer sus vagos anuncios iniciales sobre una pronta convocatoria de elecciones. La propia votación dejó de lado el propósito de que el PP purgara políticamente su corrupción. Una vez en La Moncloa, la legitimidad de la jugada generó la ilusión entre los socialistas y sus aliados de moción de censura de que había una mayoría alternativa. Los hechos posteriores ni lo confirmaron ni lo desmintieron. Así han trascurrido los meses previos a la reunión de ayer del Consejo de Ministros.

Pedro Sánchez ha conseguido transitar por siete meses de legislatura. El inicio el lunes de la tramitación parlamentaria de las Cuentas para 2019 le asegura un mes más sin sobresaltos, hasta que se enfrente a la votación de las enmiendas a la totalidad. La sonrisa de ayer reflejaba su convicción de que superará también esa prueba. La llamada de atención de Podemos, sobre las 11 cuestiones acordadas entre Sánchez e Iglesias que estarían pendientes de concreción, responde más al olvido general de la instantánea de aquella firma en La Moncloa que al propósito de poner en aprietos al Gobierno. Los momentos políticos se vuelven tan fugaces que lo que el pasado 11 de octubre parecian ser «los Presupuestos de Podemos» ya lo son solo de Sánchez, Montero y Calviño. Pero Podemos no tiene más remedio que secundarlos.

También se están viniendo abajo las resistencias del independentismo gobernante en Cataluña a dar cauce a las Cuentas de Sánchez. El propósito de éste de cumplir por primera vez con un apartado del Estatut resultante del cepillado y la sentencia del T.C. –la equiparación entre la participación catalana en el PIB español y la porción que le corresponda en los Presupuestos Generales– fuerza la tensión entre el maximalismo secesionista y el pragmatismo de poder que vive cada independentista. Pero en su mayoría saben que no tienen otra salida que garantizarse la continuidad de Sánchez en La Moncloa, prolongando en lo posible una legislatura asediada por los resultados del escrutinio andaluz del 2 de diciembre. Hasta quienes venían apostando por ‘cuanto peor mejor’ se percatan, en Cataluña y en Waterloo, de los riesgos que para la quimera de la república propia entrañaría la caída del poder exiguo que el socialismo mantiene en Madrid. Hasta las previsiones de que el juicio sobre los encausados por el 1 de octubre reactivaría la ola rupturista se han desvanecido de pronto. También porque las expectativas victimistas han sido amortizadas a base de vanos anuncios de un irredentismo que se manifiesta ya como fuente de frustración.

Así es como Pedro Sánchez ha ido desbrozando su camino. Vox se ha convertido en su providencial aliado; en el argumento que disuade a quienes facilitaron su investidura de retirarle el apoyo. El temor a la convocatoria anticipada de elecciones es tan general que hasta Pablo Casado y Albert Rivera han dejado de reclamarlas estos últimos días. Aunque es en este punto donde Sánchez se interna también en una zona de riesgo para él y para el PSOE. Porque es cierto que la tramitación final de los Presupuestos 2019 podría permitirle agotar la legislatura en 2020. Un horizonte insospechado hace siete meses. Pero el logro de tan increíble hazaña política tampoco le aseguraría la continuidad en La Moncloa tras unos comicios que, aunque los posponga a dentro de año y medio, se presentan tan inciertos como los del próximo 26 de mayo. Solo la eventualidad de que el socialismo salga al alza de esta cita permitiría validar la estrategia de Sánchez de empeñarse en un éxodo por etapas. Porque, mientras tanto, ni la inyección presupuestaria se hará visible, ni los pronunciamientos independentistas en torno al juicio en el Supremo permitirán que se valoren los buenos oficios de Sánchez.