Pedro García Cuartango-ABC
- Es un partido muy difícil, pero España cuenta con el talento y el oficio para imponerse. Dentro de pocas horas, sabremos el desenlace
Dice José Luis Garci que la vida es lo que pasa entre Mundial y Mundial. Al día siguiente de terminar la competición, los aficionados empezamos ya a contar lo que falta para la siguiente cita. La próxima será en España y en Portugal. No quiero dejar pasar la ocasión de señalar que sería una vergüenza y una arbitrariedad que la final se jugara en Marruecos y no en el Bernabéu, catedral del fútbol. Todo indica que así será por la desidia de Pedro Sánchez, que ha permitido que nuestros vecinos se adueñen de un torneo en el que eran invitados.
Hoy es el día que esperábamos desde que se hizo público el sorteo de esta edición: la semifinal entre nuestra selección y Francia, que, a mi juicio, ha sido el mejor equipo de este Mundial. Es un partido muy difícil, pero España cuenta con el talento y el oficio para imponerse. Dentro de pocas horas, sabremos el desenlace.
Soy de los que piensan como Valdano que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes. Desde que tengo uso de razón, he sido jugador y luego espectador de un deporte en el que no siempre ganan los mejores. España era el mejor equipo del Mundial de 1934, pero cayó por la mala suerte, el arbitraje y la violencia de los jugadores italianos, que jugaban en casa. Como la memoria es frágil y ha pasado casi un siglo, hay que recordar que el conjunto de Zamora, Ciriaco, Quincoces, Lángara, Regueiro y Gorostiza fue probablemente el más brillante que hemos tenido jamás.
El primer campeonato que seguí por la radio fue el de Chile en 1962. España cayó eliminada tras perder frente a Checoslovaquia y Brasil. TVE daba los partidos en diferido al día siguiente. Cuatro años después, el torneo de Inglaterra fue televisado gracias a los satélites.
He cumplido 71 años y, si repaso los acontecimientos de mi vida, puedo encuadrarlos en relación a cada Mundial. En 1966, mi familia se acababa de trasladar a Burgos, en 1974 yo estaba trabajando en Lucerna, en 1978 estaba haciendo la mili, en 1982 asistí a los partidos que se jugaron en Barcelona, entre ellos, el de Italia contra Brasil en Sarriá. No sigo para no aburrir al lector.
Si el fútbol tiene un poder adictivo es porque resulta una parábola de la vida misma. Su imprevisibilidad, la belleza estética, el esfuerzo y el talento se combinan en un cóctel genial. Pero son las emociones las que le confieren una intensidad insuperable. Como se ha dicho, se puede cambiar de mujer o de religión, pero no de equipo.
El fútbol conecta con la más primario del ser humano: la identidad y el sentido de pertenencia. Si hoy gana España, recordaremos esta fecha durante toda la vida. Si pierde, recurriremos al consuelo del sabio Marco Aurelio: «Acuérdate de esto: que cada uno vive sólo el momento presente, un instante fugaz». Esto y no otra cosa son el fútbol y la eternidad.