Tonia Etxarri-El Correo

Vamos a acudir a las urnas y debería ser un motivo de estímulo ciudadano, de alegría democrática (si nos ponemos cursis) pero, más allá de las estrategias de los partidos, se está extendiendo, en buena parte de la población, una sensación de recelosa inseguridad. Hemos llegado hasta aquí a través de un camino plagado de trampas. Después de esta legislatura contra natura, han cambiado tanto los resortes de la democracia que las huelgas ya no son lo que eran. Si levantara la cabeza Nicolás Redondo Urbieta que nos llevó, junto a CC OO, a un paro general el 14-D de 1988 contra la política económica de Felipe González, se daría un buen susto. Con un presidente que convoca elecciones porque sus medidas sobre vivienda fueron rechazadas por el Parlamento, aunque se aprobarán «por la puerta de atrás» (la expresión es del socialista Emiliano García Page) en la reducida Diputación Permanente. Con unos sindicatos que han estado callados durante los ocho años en los que se han registrado 270.000 desahucios y ahora se desperezan para convocar una huelga general contra quienes no gobiernan. Lo ha reconocido la propia Maria Jesús Montero (coordinadora de la campaña del PSOE), «la huelga general es contra la oposición». Todo aclarado. El objetivo de esta convocatoria, a cuya grupa se ha subido el propio Gobierno, es embarrar todavía más el ambiente. Es una huelga, a todas luces, electoral.

La vivienda es la nueva pancarta tras la que camina ahora Pedro Sánchez, después de ocho años de inacción. Pero como necesita más combustible para movilizar a la extrema izquierda debilitada y a los exvotantes socialistas, ha empezado ya a ampliar el mensaje del miedo a los recortes, si gana la derecha. De bajada de impuestos no dice nada porque durante su mandato ha subido 141 veces las cargas fiscales. Se trata de agitar para eclipsar el guion del PP de Feijóo sobre la corrupción judicializada del PSOE, las joyas de Zapatero o las consecuencias de la avalancha de Ceuta

¿Lo suyo es habilidad o falta de escrúpulos? Un presidente, en democracia, no puede descalificar al Parlamento elegido en las urnas. Pero él lo está haciendo. Con sus palabras descalificatorias y con hechos al aprobar disposiciones legislativas que fueron rechazadas en el pleno del Congreso.

El PNV presume de coherente. Y votará a favor del primer decreto de vivienda, como hizo en el pleno, para reconocer, a renglón seguido, que se trata de un «parche». No se entiende bien la coherencia de votar por un parche pero más incomprensible resulta que los jeltzales no se hayan cuestionado la treta de Sánchez de recurrir a la Diputación Permanente para colar la normativa que se rechazó en el hemiciclo. «No es bonito», dijo ayer Aitor Esteban, tan pendiente de Bildu en las urnas. Y hasta ahí pudo leer.

Pero así ha empezado la campaña. Con Pedro Sánchez renegando de sus propias palabras sobre la amnistía, aunque él crea que las dijeron otros. La gente tiene memoria. Y ha visto ya muchas trampas desde aquella urna escondida en el caótico comité federal del PSOE en 2016. Y la introducción de algunos votos fraudulentos en las primarias de 2017. Y se disparan los recelos con la transparencia del sistema y la política en general. Pero no hay mejor antídoto contra la desconfianza que la información.