Mario Garcés-El Español

El autor denuncia el uso que el PSOE está haciendo del concepto de ‘nación’ en sus negociaciones con ERC y los peligros que entraña esa estrategia.

 

El nominalismo avanza con pretensiones devastadoras al mismo ritmo que lo está haciendo el nacionalismo en España. Y no es un mero juego retórico sino un proceso de destrucción de las ideas cimentado en la vacuidad y en la transformación del sentido último de las palabras. Pero es que también el socialismo constituyente de 1978, armado de posibilismo y de inteligencia funcional, ha dado paso a un socialismo nominal de verbo distendido y polisémico, desprovisto de cultura en el sentido más amplio del término, y ahogado en un griterío insubstancial informe y cobarde.

La adulteración de las palabras, el uso casi infantil de los términos «diálogo» y «consenso» alejan al nuevo socialismo de la corriente de la modernidad para alojarlo en el rincón de la vacuidad y de la banalidad. Por mera curiosidad ontológica, queda saber si este comportamiento obedece a la depauperación intelectual de algunos responsables políticos, que no debe convertirse en una cuestión tabú, al relativismo consciente o, sin más, a la frivolización espectacular de algunas cuestiones claves del pensamiento político.

Cuando Iceta, en un ejercicio de incontinencia que se reproduce reiteradamente, identifica varias naciones en España, o bien demuestra una meridiana ignorancia de nuestro pacto inaugural como Estado, o lisa y llanamente se sitúa, con una simpleza torpe, extramuros de la propia Constitución.

Por un momento, pensé que Iceta era aficionado a ese maravilloso deporte que es el rugby y que disfrutaba de las mêlées del Torneo de las Seis Naciones, donde ocho delanteros disputan un balón contra los ocho contrarios mientras el medio-mêlée introduce el balón en la línea imaginaria que demarca la mitad, de modo que cada grupo empuja con la intención de avanzar, hasta que el balón sale por uno de sus extremos.

Los socialistas saben que hay juego mientras ese balón que lleva el nombre de «nación» se mueva

De un tiempo a esta parte, Iceta se ha convertido en el medio-mêlée del Partido Socialista Obrero Español cuya función es, en plena negociación del Gobierno de España, introducir el balón mientras los negociadores socialistas y los de ERC se afanan por avanzar, a la espera de que el balón salga despedido. Porque los socialistas saben que hay juego mientras ese balón que lleva el nombre de «nación» se mueva dentro de esa masa de negociadores que últimamente solo buscan tiempo y coartadas para legitimar su posición.

Aunque pueda resultar baladí el intento de explicación para quienes piensan que es una cuestión menor, el concepto de nación, que reserva nuestra Constitución a la única nación posible que es la española, responde a un concepto politológico e historiográfico en función del cual existe un pacto entre españoles con la pretensión de crear una comunidad política en defensa de un orden de derechos y libertades, una nación política que adquiere su dimensión jurídica plena mediante la configuración de un Estado.

Por consiguiente, hay una idea de nación-política ligada a la realización de un orden político liberal democrático, y, de otra parte, una idea de nacionalidad o «nación cultural» que no tiene base soberanista y que presta su significado a los hechos diferenciales de carácter cultural que existen en nuestro país. En términos de Herrero de Miñón, «un principio de autoidentificación de aquellos hechos diferenciales con conciencia de su propia, infungible e irreductible personalidad».

La Constitución vino a utilizar el término «nacionalidad», en un debate parlamentario intenso en el que llegó a participar Julián Marías, para dar respuesta a la complejidad cultural territorial y dotar a nuestro sistema de organización política de un modelo descentralizado tan fuerte como en el de Alemania o Canadá.

El equilibrio sistémico entre nación y nacionalidad forma parte crítica de la esencia de España como Estado moderno

El pacto territorial constituyente se sustentó en un marco de lealtades compartidas en torno a los conceptos de autonomía, tolerancia política y solidaridad. Por eso, el equilibrio sistémico entre nación y nacionalidad forma parte crítica de la esencia de España como Estado moderno, por lo que el arbitrismo o el ánimo reinterpretativo son errores colosales de la izquierda española. Y qué decir tiene, por otro lado, que abrir un debate de este género, de modo unilateral, sin contar con más de la mitad de los españoles, es un entretenimiento suicida y frentista, más allá de una grave irresponsabilidad histórica.

Para los culteranos del nuevo nominalismo y para los que se aburren pensando que todo esto es inocuo, España se configuró y se sigue configurando como una nación única donde conviven nacionalidades y regiones. Nunca naciones, porque el mismo reconocimiento de la condición de nación de algunos territorios, por mucho que se siguiera manteniendo la indivisibilidad de España en la Constitución, llevaría a que se conviertiera en un factor legitimador del soberanismo territorial más allá de nuestras fronteras.
Cuando el ciudadano agotado clama ante la insustancialidad de este problema, no llega a entender que se le está negando a sí mismo, y por añadidura, se está gestando una crisis política que se llevaría por delante el orden establecido y la estabilidad económica y social de los últimos cuarenta años. Al menos Iceta ya ha respondido porque el resto de líderes políticos del PSOE callan. Presidente Sánchez, por enésima vez, ¿cuántas naciones hay en España?
*** Mario Garcés es diputado del PP por Huesca, portavoz adjunto del Grupo Parlamentario Popular y coordinador del Área Económica.