Miquel Escudero -Catalunya Press

Esta época de incipiente penetración de la Inteligencia Artificial no deja de desplegar insensateces, bobadas e interpretaciones sesgadas. Por ejemplo, el hecho de que Lamine Yamal ondeara una bandera de Palestina en la rúa del Barça ha implicado que el ministro de Defensa israelí lo criticara (no tiene otra cosa que hacer) por «incitar contra Israel y fomentar el odio». Asimismo, el robótico y cuántico Pedro Sánchez (dice una cosa y la contraria a la vez, con la velocidad de la luz) no ha podido dejar de meter cucharada (no tiene otra cosa que hacer) y ha dicho que ese gesto es «otro motivo para estar orgulloso de él». El valor de este gran futbolista español reside en sus botas, en la elegancia y efectividad de su juego, en su enorme talento. No en sus creencias y aficiones, no en que contrate a unos artistas enanos para una fiesta particular, no en que observe el Ramadán, o no lo siga, durante los treinta días del noveno mes del año lunar de los musulmanes.

Voy a recordar que la bandera palestina data de 1916, cuando se produjo la Rebelión Árabe contra el Imperio Otomano. En 1964, la Organización por la Liberación de Palestina (OLP), fundada por el carismático Yasir Arafat, la adoptó como enseña. Cada uno entenderá lo que quiera entender, pero la bandera de la organización islamista, totalitaria y sanginaria Hamás es otra: tiene un estandarte verde con la leyenda «No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta» (y esta bandera no la desplegó Lamine Yamal).

Hamás se fundó en 1988 y en su documento ‘Carta de Alá’ ofrecía este lema: «Alá es su meta; el Profeta es su Guía; el Corán es su Constitución; la yihad es su metodología; la muerte al servicio de Alá, su más codiciado anhelo». Esto lo leo en el libro Hamás (Capitán Swing), de Tareq Baconi. Mucha gente no sabe o no quiere distinguir entre judíos y sionistas. Tampoco entre musulmanes e islamistas; los primeros se definen, estrictamente, por su creencia religiosa y los otros por querer instalarla a toda costa en el poder político.

Con sus diferentes variantes, el islamismo viene a significar el ‘nacionalmusulmanismo’ (para decirlo en términos lamentablemente familiares para nosotros); el nacionalcatolicismo en el poder unió la suerte del Estado franquista con la de la Iglesia católica, y viceversa. El fundamentalismo islámico persigue un Estado teocrático, desde donde se entiende que «el islam es la solución y la alternativa» a todo problema y conflicto; por ejemplo, a la hora de combatir el sistema de apartheid israelí contra los más de dos millones de palestinos en la Franja de Gaza. Son personas que están sometidas a un castigo colectivo brutal e inhumano. Pero no es un genocidio, se diga lo que se diga. Si se restringieran las condiciones para considerarlo así, encontraríamos otros ‘genocidios’ de los que muchos no querrían aceptar con notoria hipocresía.

Con enorme astucia, Hamás ha desplazado a Fatah (el principal componente de la OLP) y ha rebasado su marco nacionalista laico. Fatah es el acrónimo inverso, en árabe, de Movimiento de Liberación Nacional Palestino; y también significa ‘apertura y victoria’. Por su parte, Hamás es el acrónimo árabe de Movimiento de Resistencia Islámica; y significa ‘entusiasmo y fervor’. Hamás siempre ha acusado de corrupción a Fatah. Y éstos han acusado a Hamás de ejercer violencia contra los palestinos y de utilizar a la población de Gaza como «rehenes de su política regional y de sus intentos de construir un movimiento global de los Hermanos Musulmanes».

En cualquier caso, estamos ante un gravísimo problema que se va alejando cada vez más de la mejor solución posible y se adentra en una bárbara y larga pesadilla. Cuantísima irresponsabilidad. Se suceden distintas olas de destrucción y se repiten los mismos patrones: hablar de objetivos legítimos para justificar la violencia como la única forma de conseguir una liberación ‘incondicional’. Este modo de hacer y de vivir no es sostenible, este afán por la crueldad de llegar a romper los huesos de seres humanos nos deja abrumados. Es el dolor de la impotencia ante atroces salvajadas.