José Alejandro Vara-Vozpópuli

  • Cuerpo y Aagesen se abrasan en una sesión desoladora con los diputados socialistas en fuga en un ambiente de devastación

La UCO entraba en Ferraz y los bomberos en el Congreso. Mal día para dejar de fumar en el PSOE. Mal día para montar un simulacro en el Hemiciclo, madame Armengol. No era el incendio del Reichstag pero en el rostro de los diputados socialistas se advertía el reflejo del espanto. La metáfora de un fin de era. Sólo cuatro ministros volvieron al banco azul tras el fuego fatuo, tras el inoportuno baile de las mangueras. La viva estampa de la desolación. Los estertores del régimen. Sánchez estaba en Roma, huido como siempre, al amparo esta vez del Santo Padre. Abascal no compareció, como es norma cuando no pregunta. Y Feijóo, sin turno, aprovechó el pasilleo para decir las verdades de la jornada: “¿Cuántas redadas más, cuántas mordidas más, cuántas joyas, cuantos sumarios…? Una situación agónica. Irrespirable. Un gobierno que apesta. Un gobierno indecente. No podemos más. Hay que darle la palabra a los españoles Si quiere acercarse al Papa debería recordar el séptimo mandamiento, no robarás, y el octavo, no mentirás». Amén.

En ausencia del número uno, Patxi López se presentó descorbatado y con una camisa demasiado fit para su talla. Enrique Santiago, el comunista amigo de las FARC, el leninista de la mirada letal, difundía intrigas sobre andanzas del PP en la embajada de los Estados Unidos. El turbio socialista Zaragoza fue el único que osó afrontar los micrófonos. Era una mañana de carreras, de escapadas, de susurros por los rincones, de actitudes desconfiadas, recelos y hasta delaciones. Vocecillas socialistas renegando a hurtadillas de Zapatero, su gurú de la moral, estandarte del progreso, apóstol de la concordia y el talante. «Esto no hay quien lo pare, estamos jodidos, jodidos», como en la película de los cerdos y diamantes, valga la redundancia

El réquiem de Frankenstein

Despavoridos se ocultaban los diputados del Gobierno ante la visión de un periodista. Rufián , conpungido,  entonaba un miserere cansino y hasta la ridícula Yolanda parecía tan desolada como Silvia Pinal en la última escena de Viridiana. Enjaretó dos exabruptos desubicados para denunciar la corrupción urbi et orbi. Con todo, ni siquiera un ambiente tan pesaroso justificaba el terrible outfit de la ministra de Vivienda, anuncio vivo del juicio final. Esto no puede acabar bien.

Cuerpo y Aagesen, los miembros más técnicos de un Gabinete descuajeringado, intentaron salir vivos del papelón que les cayó en suerte. Dar la cara en esa jornada odiosa, en esa función del pánico. El vicepresidente primero, que se maneja mal en la trifulca, abunda en un tono modulado y frailuno, de una aburrida serenidad y una quietud impostada, resultó previsible y torpón. Inhábil en la ironía, incapaz para el sarcasmo, se defendió con las estériles armas de los anodinos datos macro, tan eficaces en esa mañana como gritarle ¡sape! al león que te devora.  Todo se resquebraja y el tipo este recitando la lista de la compra o la alineación del Rayo. “Mejorar la vida de los hogares y los ciudadanos”, mascullaba el pobrecito orador, el monaguillo que fuera de Calviño, quien aparece fieramente salpicada en el koldismo apandador. “El hombre acorralado se vuelve elocuente”, apuntó Catón. No es el caso.

La vice ecologista Sara, hierática como una actriz de Bergman, lo intentó. Acogotada contra las cuerdas, incluso recurrió a mentar a la ultraderecha. No es su estilo, casi se le descompone el peinado pero qué iba a hacer. En especial cuando Pedro Muñoz, un anónimo del PP, le recordó que ella formaba parte del Consejo Gestor de la Sepi y del Fondo de Solvencia que recomendó y apoyó el rescate de Plus Ultra. “Tengo hambre de seguir”, fue su frase más mediática. El panorama era tan negro que hasta su gélida expresión empezó a derretirse, como aquellos helados de corte que se deshacían inevitablemente en la pechera.

La UCO rastrea las cloacas

Ni siquiera el cinismo vomitivo de Marlaska logró acaparar la atención de un Congreso despoblado, demediado, liquidado por Sánchez como un escenario que se le ha tornado hostil, un ámbito en el que ya solo recibe bofetadas. Es la democracia, estúpido. La atención estaba en otra parte. En Ferraz, donde la Guardia Civil escarbaba las cloacas de Leire, la fontanera prodigiosa, por orden del juez Pedraz, que imputaba al tiempo a Cerdán, Zarrías, a la gerente y otros cabecillas de la banda.

Mañana, el hermanísimo David concurre en la Audiencia de Badajoz, si es que la encuentra. El día 9, Begoña ante el juez Peinado con advertencia de que, de no comparecer, le envía a la pareja. Y el 17 y 18 Zapatero en la Audiencia Nacional, el Bambi que resultó un rinoceronte desalmado. Sánchez, en el Vaticano, predicaba sobre la dignidad humana y la pazzzz, su último refugio ante la atronadora tempestad. Nervioso y tenso, sudoroso y ceñudo, con el rictus avinagrado, receloso como siempre, desbordado de reproches y falsedades, sin intentar la sonrisa y empeñado en transmitir una serenidad imposible, se aferró al sillón y a la muletilla de “estas investigaciones ya veremos dónde acaban”. Incluso intentó convencer a los periodistas allí presentes (tres preguntitas y gracias) de que su continuidad es buena para España. Más que una burla, una insolente afrenta en el día de todos los incendios.