Italia: política y antipolítica

ANTONIO ELORZA, EL CORREO 26/04/13

· Napolitano ha exhibido el ejemplo del ‘compromiso histórico’ en los 70, propuesto por Berlinguer desde el PCI a la Democracia Cristiana. Pero Berlusconi no es Aldo Moro.

Por ahora, la reelección de Giorgio Napolitano ha frenado el descenso a los infiernos. En su discurso de investidura, el casi nonagenario presidente supo dar toda una lección de energía y de sentimiento, y la consecuencia inmediata debe consistir en el establecimiento a corto plazo de una normalidad política por él tutelada, mediante un ‘Gobierno del presidente’. Después de una interminable espera de casi dos meses a partir de las elecciones, que pone de manifiesto los graves fallos del sistema político italiano. El cual además se ve afectado con intensidad creciente por los efectos de la depresión económica y el consiguiente distanciamiento de los ciudadanos respecto de la democracia representativa.

En el principio, no obstante, y es preciso recordarlo, se encuentra una ley electoral, el llamado ‘porcellum’, la cerdada, elaborada de cara a las elecciones de 2006 por la alianza Liga-Berlusconi para hacer prácticamente imposible una victoria del Partido Democrático (PD). En la Cámara, el primer partido obtiene una desaforada prima por ser el más votado en todo el país, pero para el Senado la prima funciona por regiones según población, de manera que basta con conservar el bastión de Lombardía y alguna otra para que el nuevo Parlamento resulte ingobernable. El centro-izquierda hubiera podido tener en las elecciones de febrero una mayoría holgada en votos sin el control del Senado, imprescindible para formar gobierno. Y el resultado, salvo en el plano psicológico, sería el mismo.

Lo que pocos esperaban era el grado extremo de fragilidad del centro-izquierda después del eco favorable obtenido por las primarias para la designación de puestos representativos, primero en el vértice del partido, al confirmar al rígido Bersani frente al ansioso Renzi, luego para la oferta de cara a las elecciones. El resultado, sin embargo, ha sido nefasto cuando el partido, de siempre en tensión entre excomunistas y exdemocristianos, ha tenido que adoptar decisiones trascendentales. La cuestión es de importancia también para quienes en España venimos presionando por la democratización interna del PSOE. Para empezar, el vencido en las primarias, Matteo Renzi, desarrolló una implacable estrategia del desgaste frente a la dirección de su partido (léase Bersani) en la ardua fase poselectoral, llegando a poner vetos preventivos a los candidatos posibles, que luego serían eficaces, para la elección al presidente de la República. Lo curioso además es que el comportamiento del alcalde de Florencia pareció natural a todo el mundo. Y sobre todo, en medio del caos resultante de que ningún desleal se haya autoidentificado cuando faltaron cien votos del PD sobre cuatrocientos para la elección de Romano Prodi como presidente de la República, la sensación es que cada cual, con la legitimidad que pensaba poseer por la victoria en sus primarias, actuó por sí y ante sí despreciando la exigible lealtad a la democracia interna. Antes del voto secreto sobre Prodi, los electores del PD lo habían aceptado por unanimidad. Por el pluralismo incontrolado, el partido dejó de existir.

La aludida rigidez del líder democrático, Pier Luigi Bersani, contó también lo suyo. Una cosa era la urgencia de las decisiones a tomar, otra que diera virajes de 180 grados sin explicación. Fue en todo caso razonable su aspiración de presentarse ante las cámaras, aun a riesgo de una derrota, con el programa de reformas sustanciales, de la ley electoral, de la lucha anticorrupción, contra la compatibilidad de intereses económicos y políticos (Berlusconi). Aquí la cautela del presidente Napolitano, como a lo largo de 2012, sosteniendo el Gobierno Monti sin dejar paso a unas elecciones que hubieran dado el poder al PD, jugó a fondo contra su propio partido, y tal vez contra la normalización democrática. Napolitano ha exhibido el ejemplo del ‘compromiso histórico’ en los 70, con el amplio entendimiento, ‘le larghe intese’, propuesto por Berlinguer desde el PCI a la Democracia Cristiana. Pero es que Berlusconi no es Aldo Moro, y no era odio irracional, sino exigencia de superar veinte años de malgobierno y de degradación moral provocados por el Cavaliere, lo que hacía aconsejable un relevo en profundidad. Fue el espíritu dominante en la mentalidad PD durante la crisis, pero Bersani topó con el reiterado llamamiento al gobierno de coalición del presidente, quien olvidó en sus críticas el asalto de los diputados del PdL (Berlusconi) al Palacio de Justicia de Milán, o la calificación de golpe de Estado lanzada contra él, solo hace quince días, por el nombramiento de los diez sabios. Al final la coalición resulta inevitable para evitar el desastre, pero el pasado no es en blanco y negro.

Berlusconi ha realizado durante la crisis una obra maestra de arte política, jugando las dos bazas de la subversión –a la calle contra una presidencia Prodi- y de la responsabilidad en línea con Napolitano. Profecía: Il Caimano será presidente de la República. Tuvo a su favor la estrategia de desgaste de la democracia y de destrucción del PD llevada a cabo por Beppe Grillo con su 5 Estrellas. La simpatía lograda en medios del PD por sus propuestas de saneamiento radical fue instrumentalizada por el cómico brutal y hábilmente. Supo lograr que Bersani se estrellara una y otra vez, empujado por su base. Pero esto mismo sirve para comprobar que su democracia líquida, eficaz para captar descontentos, es en realidad un nuevo artefacto político dirigido implacablemente por el líder, sin el menor resquicio para el debate abierto y la oposición. Su antipolítica no genera una alternativa a la democracia representativa, sino una movilización estrictamente controlada desde arriba, con un alto potencial de violencia, Grillo dice que no es un nuevo Hitler. No le hace falta ir tan lejos para buscar antecedentes demagógicos y autoritarios.

ANTONIO ELORZA, EL CORREO 26/04/13