La andaluza y el etarra arrepentido

EL MUNDO – 10/05/15

· ‘ ELLA, SIN ODIOS NI ENEMIGOS, ME CAMBIO ‘

· Ésta es la historia de amor entre un preso arrepentido de ETA condenado por tres asesinatos con coche bomba y una trabajadora social gaditana que desmontó su odio al “enemigo español”. Un alcalde del PP los casó entre rejas. Ahora regentan un bar en un pueblo navarro y tienen un hijo. Rekarte: “Pequé contra el quinto mandamiento y me resulta muy difícil perdonarme”

En un pequeño pueblo plagado de caseríos entre montes verdes y nublados, en el norte de Navarra, Iñaki Rekarte regenta una antigua herriko taberna que ha reformado. Tras 21 años en la cárcel y el último año y medio en libertad, donde antes lucían heroicas caras de terroristas como la suya él prepara pintxos sin consignas políticas. Los sirve su mujer, Mónica García de Paredes, una gaditana de ojos vivos y sonrisa clara que le llama «chiquillo» y «maitia (cariño)», y que se desenvuelve con desparpajo en un lugar donde todo suena como suena el euskera. Es el amor prohibido que comparten un vasco fornido y una andaluza menuda y de larga y lisa cabellera morena tras la barra del Ekaitza (tormenta) de Santesteban (Doneztebe). Se amaron entre rejas y allí los casó un concejal del PP. A él, miembro de ETA que mató a tres personas en nombre de Euskal Herria, condenado a 203 años, hoy arrepentido, y a ella, trabajadora social expulsada de las prisiones por su relación con el peligroso recluso.

El tabernero franco de pasado negro —«siempre» acompañado por los fantasmas de sus muertos— cuenta su historia en un libro, Lo difícil es perdonarse a uno mismo. Matar en nombre de ETA y arrepentirse por amor (Península, 2015), fruto de largas conversaciones con el periodista Mikel Urretavizcaya. Su relato parece propio de una película, como la del señorito andaluz y la abertzale de Ocho apellidos vascos, en una suerte de Argoitia euskaldun. Pero es una vida real, marcada por la violencia y por el amor como salvación. «Quiero contarlo todo, todo», dice a Crónica. «Creo que es necesario».

Todo empezó una mañana de septiembre de 2003, cuando el etarra llevaba más de una década en la cárcel. «De repente apareció ella». Una mujer «sin odios, sin enemigos» que «lo cambió todo». Rekarte Ibarra Korta —y así sigue la «lista completa» de apellidos vascos— estaba a punto de cumplir los 32 años. Había entrado en la cárcel a los 20 y se había hecho un hombre entre rejas, rodeado de reclusos que, como él, se llamaban «presos políticos vascos». Cumplía condena por el asesinato a sangre fría de tres personas en Santander, aunque podían haber sido muchas más en su corta pero mortífera trayectoria en ETA. En Puerto I, Cádiz, era un FIES (Ficheros de Internos de Especial Seguimiento) que compartía cárcel con yihadistas. Ella, una joven que había entrado de prácticas al centro para dar cursos a los reclusos.

LAS DROGAS Y ETA

Él, nacido en 1971 en Irún, la frontera entre Guipúzcoa y Francia, en una familia en la que no se hablaba de política —aunque su padre era simpatizante de la izquierda abertzale; su madre, una devota catequista—, mantenía incólume «la lista completa de apellidos vascos». Había sido un adolescente de clase media, un hijo «casi modélico», con ganas de aventura, y en la plaza principal de Irún, donde la droga fluía fácil, lo había probado todo: LSD, tripis, heroína inyectada. Su amigo Juanra, Juan Ramón Rojo González, fue quien lo delató ante su padre, por lo que Iñaki Rekarte acabó «conviviendo con drogadictos» en el Proyecto Hombre. Ese mismo amigo que le salvó de las drogas fue quien le introdujo en ETA.

¿Por qué ETA? «Tenía un empleo seguro y bien remunerado (más de 100.000 pesetas de la época) en Laminaciones de Lesaka, una empresa al norte de Navarra, dinero, novia, y hasta me había comprado un coche». Su amigo Juanra le puso la miel en los labios y él tomó la decisión «insensata y absurda» de no decirle que no. Querían pensar que había «un motivo elevado» para aquello; hoy dice que, en realidad, lo que les atrajo fue la «fascinación» por las armas. A ello se sumaba una «rebeldía» interiorizada: cuando tenía 14 años, su aita pasó cinco meses en la cárcel acusado de haber ayudado a la famosa fuga de Joseba Sarrionandia e Iñaki Pikabea de la cárcel de Martutene (San Sebastián) ocultos en los bafles del cantante Imanol. El padre fue «torturado» y él por primera vez subió con su madre a uno de esos autobuses de familiares de presos rumbo a la prisión de Herrera de la Mancha. «Fue como una incursión en territorio enemigo».

“Y AL FIN MATAMOS”

Con 19 años, su amigo y él entraron en ETA a través de Josetxo Etxeberria, miembro de un comando legal (no fichado por la Policía). Primero formaron grupo con José Ramón Goñi Ruiz, hijo del gobernador civil de Guipúzcoa, el socialista José Ramón Goñi Tirapu. La «aventura» les resultó atractiva: intentaban colgarse galones ante ETA cumpliendo sus objetivos: «policías, guardias civiles y traficantes de droga», mientras dormían en la casa paterna y continuaban con sus juergas. Lo primero fue una bomba lapa, frustrada. Después, el robo a mano armada de un subfusil Z-70 y un fusil de asalto CETME en el acuartelamiento militar de Araca, cerca de Vitoria, donde Juanra había hecho la mili.

Se cansaron de las bombas lapa, querían el cuerpo a cuerpo, y fueron a buscar a dos hermanos camellos. Según su relato, fue su amigo quien tiroteó y mató a Francisco Gil Mendoza en medio de la plaza donde Rekarte se había metido de todo. El otro hermano, Alfredo, al que había conocido Rekarte dos años atrás en Proyecto Hombre, sobrevivió. Eran los años en los que ETA reivindicaba la lucha contra la droga para defender la «pureza» de los jóvenes vascos porque supuestamente la Policía estaba alentando su consumo para mermar la cantera de ETA; lo sostiene hoy Juan Carlos Monedero. Aunque Rekarte opina lo que otros muchos: que, curiosamente, la banda nunca atacó a los peces gordos. «Los eliminados fueron siempre figuras de bajo perfil, a veces drogodependientes que ya estaban heridos de muerte por la propia droga». Aquella noche durmió en su cama; le despertó su madre:

—Iñaki, han matado a uno en la plaza de Urdanibia.

Y él se puso contento. Años después tendría contacto con la hermana de los dos traficantes. Se lamentaba de que fueran consideradas víctimas «de segunda categoría». A raíz de aquel atentado, ETA les envió un mensaje: «Ya no más traficantes; a partir de ahora, policías y guardias civiles».

Los dos terroristas novatos no mataron al empresario Víctor Manuel Navascués, propietario de un taller de automóviles en Irún y señalado como ultraderechista, porque «cambió de bar habitual». ETA, dice, mataba así: «Alguien, un simpatizante que hacía vida normal en su pueblo, pasaba un papel con información sobre diversos objetivos a otro vecino, quien posteriormente la hacía llegar al comando operativo» y éste decidía contra quién actuar «en función de las circunstancias y de las posibilidades de éxito». En su acelerada carrera criminal por mostrar su «buen hacer» a los mayores de la banda, colocaron una bomba en el bar Nuevo de Irún, propiedad de un militar. La Policía acabó pisándoles los talones y su contacto en ETA les recomendó esconderse «en casa de alguno de Herri Batasuna» que conocieran. Acabaron Juanra y él cruzando a pie la frontera con Francia. Y conocieron las entrañas de ETA.

FRANCIA, PARAÍSO TERRORISTA

Tras recalar en una familia amiga de la banda, los jóvenes terroristas fueron alojados en el refugio para etarras que tenía montado en Espelette un cura llamado Pantxoa Garat, que acabó en la cárcel por ello. Irónico. Era un hombre «bondadoso que declaraba de forma rotunda su oposición a la violencia y los asesinatos» mientras acogía a los asesinos o asesinos potenciales huidos. En aquella casa se encontró con muchos de ETA cuyas vidas se cruzarían en la cárcel años después. «Tipos duros dispuestos a formar parte de un comando y cumplir los objetivos sin rechistar», tipos que se agarraban, cuenta, «unas borracheras tremendas». Enfrente de la casa había una gendarmería. «Según nos explicaron, los agentes franceses sabían perfectamente quiénes éramos y qué hacíamos en ese lugar», dice. Después estaría oculto en varias casas, como la de un cartero y una enfermera con dos hijos.

Acabó en la región de Bretaña, donde los nacionalistas bretones no ocultaban su comunión con los terroristas vascos. Era «el paraíso de ETA». Los paisanos los tocaban como a «animales de feria», les aplaudían, se emborrachaban con ellos, eran héroes. «Hasta fuimos a comer con el alcalde». Era la «escuela de comandos» de la banda, de donde salían preparados para cruzar la frontera y matar. En una casa cercana a Burdeos, durante 10 días, le enseñaron «a montar temporizadores con relojes, a manejar armas, a montar bombas, a preparar trampas, a fabricar varios tipos de explosivos y a preparar coches bomba». Después recibiría la bendición del entonces jefe todopoderoso de ETA, Francisco Múgica Garmendia (Pakito), en una especie de consulta médica que le recordó a El Padrino.Pakito le regaló una Sig Sauer y le encomendó su misión: sería jefe del comando Santander, completado por Luis Ángel Galarza (Koldo) y la independentista catalana Dolores López Resina, Lola. Les dijeron: «Matad todo lo que podáis».

LOS DAÑOS COLATERALES

Ya en Santander, tras muchos sondeos, algunos sustos y con tres millones de pesetas traídos de Francia, eligieron su objetivo: sembrarían el terror en el barrio de La Albericia. Fue Rekarte quien, al caer la noche del 19 de febrero de 1993, apretó el botón del mando que activó la bomba al paso de una furgoneta de la Policía Nacional. Oyó voces, gritos, chillidos. «El horror». Nadie sospechó de él que, con unas falsas gafas redondas, parecía un simple estudiante. Asesinó a un matrimonio, Julia Ríos Ruiz (panadera, de 41 años) y Eutimio Gómez Gómez (calefactor del Hospital Marqués de Valdecilla, de 43), cuando iban a montarse en su coche; dejaron huérfanos a dos hijos. También murió Antonio Ricondo Somoza, de 28 años, que había terminado su carrera de Químicas y pretendía casarse poco después. «En ese momento», relata con crudeza, «no teníamos la sensación de haber matado a tres inocentes».

«No habíamos logrado los objetivos que nos habíamos marcado», los policías. Los tres asesinados eran inoportunos «daños colaterales». Al día siguiente intentaron otro atentado que no fructificó. El cuartel viejo de la Guardia Civil en la calle Alta de Santander. Tuvieron que abortarlo por el fallo del transmisor.

La Guardia Civil le detuvo en Bilbao el 18 de marzo de 1992. En el cuartel de La Salve le desnudaron por completo y le pusieron una capucha. Relata que oyó repartirse entre los guardias los dos millones de pesetas que llevaba encima y que no aparecieron reflejados en ningún documento policial. Dice que fue «un festín de patadas» de «varias horas». También que la tortura era algo con lo que contaba.

«Suena duro expresado en palabras, pero tal como yo lo veo, extraer información a golpes era el único margen que le quedaba a la Policía» en unos años en los que los cuarteles de la Benemérita eran verdaderos guetos —tenían sus propios bares dentro de las instalaciones— por el pánico a ETA, esa «palabra mágica» que aterrorizaba a todos. Después pasó a la dirección general de la Guardia Civil en la madrileña calle Guzmán el Bueno. «Cinco días» de prisión incomunicada marcados por un maltrato más «sofisticado». En un «siniestro sótano», desnudo, con una bolsa de plástico en la cabeza, era llevado casi hasta la asfixia; con una capucha en la cabeza, sacudido por descargas eléctricas; golpeado hasta en los testículos, cuenta. El forense le echaba crema en las magulladuras y el juez de la Audiencia Nacional, dice, no quiso saber nada. Tras un imborrable año en ETA, se convirtió en carne de presidio.

Al tener 20 años empezó en el área de menores de Alcalá Meco, donde los presos hacían lo que fuera por la metadona de la enfermería; uno canario llegó a rajarse un ojo. Después le trasladaron a Cáceres II, en régimen de aislamiento, donde abandonó abatido una huelga de hambre de 35 días organizada por el entonces poderoso Frente de Cárceles de ETA cuando su novia de entonces le anunció que le dejaba. Tras simular, cuenta, un intento de fuga para que le cambiaran de una prisión en la que le ahogaban los recuerdos de esa relación rota, acabó en Puerto I, Cádiz, territorio de los presos más peligrosos de España. La dureza de los funcionarios, que hacían de aquél un centro «inhumano», le llevó a encerrarse en el grupo de presos de ETA. «Me volví muy radical». «Jamás había odiado a España ni a la Guardia Civil, fue en la cárcel donde aprendí a odiar». La llegada de etarras radicales como Mitxel Sarasketa impuso en el grupo la doctrina de ETA, con reuniones semanales y folletos que entraban en la cárcel con las directrices de la banda. Les estaba prohibido asistir a cualquier curso, hasta barrer el patio; todo era «connivencia con el enemigo». Intentó fugarse, esta vez de verdad, sin éxito.

LIGUES ABERTZALES

En la prisión gaditana había recibido a mujeres y mantenido relaciones sexuales con varias chicas. Todas vascas, a través de la especie de panel de contactos que el entorno de ETA colocaba en bares y fiestas populares: la fotografía del preso, con su cárcel correspondiente. A Rekarte, que para ese mundo era un héroe, un héroe joven y guapo, le llegaban cartas. Con una de esas chicas mantuvo una relación de siete años: O., una hermosa bertsolari de Gernika (Vizcaya), que era como debía ser, «guapa, vasca y euskaldun». Pero la mujer que le daría un golpe en el corazón no era ni vasca ni aún menos vascoparlante. Era «parte del enemigo».

«Al principio, incluso, me hablaba mal de los andaluces, de los gaditanos. Y yo le decía: “Pero chiquillo, ¿tú nos conoces a nosotros?” (…) Poco a poco, creo que le hice ver que al otro lado de los muros de la prisión había gente normal y corriente, que no éramos malos por no pensar como él», recuerda ella.

Mónica es la menor de nueve hermanos de una familia de «señoritos andaluces», los García de Paredes Núñez de Prado. De padre gaditano, pudiente, y madre de clase obrera de Vallecas (Madrid), nació en Barcelona, donde trabajaba el padre, hasta que con 14 años la familia se mudó a Cádiz. Aprobó la selectividad, empezó pero no acabó Pedagogía y terminó de dependienta en una tienda, desde la que todos los días veía a gente acercándose al comedor social situado tras el establecimiento. Fue cuando, con 29 años, decidió estudiar Trabajo Social y encontró su pasión. Eligió las prácticas que nadie quería, en la cárcel de Puerto I, no muy lejos de su casa. Sentía «curiosidad» por aquel mundo hostil que había conocido a través de su querido tío Susi, un hombre metido en las drogas al que vio marchitarse en la Modelo de Barcelona y en Carabanchel.

En Puerto I, a esta joven alegre y llena de vida, rodeada de una familia grande y de muchos amigos, le impactó «la enormidad de las puertas» que se abrían y cerraban a su paso, el olor a sudor, los hombres desgarbados, los tatuajes. Al año siguiente compatibilizó ese trabajo con la tienda y con un centro de acogida a mujeres a las que les habían quitado sus hijos por sus problemas con las drogas. Al siguiente pasó al módulo 4, el de Iñaki Rekarte.

Él jugaba al ajedrez cuando ella le sonrió y le saludó: «Buenos días». Quedó tocado, cuenta, por su belleza, su simpatía, su «aire de india americana» como las que aparecen en las películas del Oeste. Le embaucó «el color moreno de su piel y su pelo liso»; su manera de hablar «segura, firme, pero con aquel acento tan andaluz».

«Hacía falta mucha personalidad para enfrentarse a la cárcel, y Mónica la tenía». Y, aunque la sentía fuera de su alcance, fue a buscarla. El lugar, la sala de calderas. Los alumnos, presos en su mayoría analfabetos que aprendían con ella trámites como el de sacarse el DNI. El recluso de ETA hizo lo inimaginable, apuntarse al curso, empujado por «el poder de una sonrisa». Conectaron.

«Sentí que eras alguien especial. Fue eso, el enamoramiento, de pronto, así, sin más. Debió de ser lo del flechazo», le escribiría ella en uno de los mensajes ocultos que empezaron a pasarse cuando se cruzaban en la cárcel, en el patio. Era una chica dicharachera en medio del infierno, alguien «con poco interés por la política y nulo conocimiento» de lo que ETA pretendía, «salvo la separación de España». La familia y amigos de ella, todos gaditanos, rechazaron con vehemencia su relación con un condenado de ETA. Su padre se enteró por un amigo, El Peineta.

—Mónica está ennoviada con un etarra.

— ¿Cómo, ennoviada?

—Que sí, que está enamorada, o lo que sea, de un tal Rekarte, un preso peligroso de la ETA, un tipo que se cargó a tres personas en un atentado en Santander con un coche bomba y que cumple condena por una porrada de años. Vamos, un tipo fino.

MÓNICA Y SU ADIÓS A CÁDIZ

Sus jefes le pusieron malas caras primero y luego le dijeron: «Si no cortas con Rekarte, se acabó tu carrera de trabajadora social en las cárceles». Hablaban en el locutorio, separados por un cristal; él le mandaba flores a través de un familiar de Irún. Los funcionarios que habían sido sus compañeros la miraron con desprecio la primera vez que ella, asumido el sacrificio y expulsada de su empleo, cruzó las puertas de Puerto I para un vis a vis que discurrió en una sala sólo provista de una cama y una silla. Hicieron el amor en el suelo, sobre una manta limpia que había llevado el preso.

El resto de los encuentros serían parecidos, siempre con micrófonos en las paredes. Él intentaba restarle importancia («¿Qué, os ha gustado el de hoy? ¿Sufriendo ahí dentro con lo que oís, no?»); ella, intentando tapar los micrófonos con toallas. Sus padres y sus hermanos le decían que estaba loca.

A ella la vigiló la Policía durante un tiempo; Rekarte está convencido de que fueron ellos quienes le robaron una vez el bolso. Pero lo que encontraron no fue política ni planes de fuga; sólo cartas de amor. A él las dudas por haber «matado por la patria» ya le habían comenzado a asaltar; la «supervivencia» atada al grupo y a sus ideales le había empezado a fallar; pero ella lo acabó de confirmar. Un día él le escribió su historia «sin medias verdades» en una carta que, sospecha Rekarte, leyó alguien importante de Instituciones Penitenciarias. En ella le decía que quería romper con ETA. Lo trasladaron a Salamanca, quizá para romper su relación, y ella le siguió. Allí, a miles de kilómetros de Cádiz, le visitaba cada 15 días, y allí se casaron.

BODA POR UN ALCALDE DEL PP

Ofició la ceremonia un «tío muy majo», Juan Manuel Fulgencio Martín, alcalde de Topas, del PP, que, aun consciente de su historial, les prometió: «Procuraré que sea el día más feliz de vuestras vidas». Diez familiares entraron en la cárcel. Los de él cantaron versos en euskera; el padre de la novia leyó un texto del evangelio de San Lucas. Lo celebraron fuera, todos menos el preso.

La ruptura de la tregua pactada por el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero con la bomba de la T-4 en Barajas fue «la gota que colmó el vaso» para Rekarte. Aunque en su decisión de separarse ya «completa y definitivamente» de ETA parece que pesó más el nacimiento de su hijo Iñaki, en tierras gaditanas. El terrorista que había dejado a dos niños sin padres se dijo que haría lo posible por no ser un padre ausente. Empezó el viaje al enfrentamiento con la organización que había sido su «clave».

Envió a la Iglesia un texto en el que repudiaba la violencia. Y de Salamanca, la dirección de Instituciones Penitenciarias liderada por Mercedes Gallizo le trasladó a Villabona (Asturias) y más tarde a Nanclares (Álava), puntas de lanza del laboratorio de reinserción que se conocería después como vía Nanclares. Allí compartió largas conversaciones con presos también disidentes como Valentín Lasarte, asesino de Gregorio Ordóñez.

«No existe razón alguna que justifique las barbaridades que en nombre de ETA muchos ciudadanos hemos cometido durante décadas. Pido perdón a las víctimas que causé, entiendo lo duro y casi imposible que tiene que resultar convivir con ello y perdonar a quien te ha destrozado la vida para siempre. Jamás volveré a utilizar la violencia contra otro ser humano. Tampoco la justificaré ni callaré frente a quien persista en ella, mi otro gran error en la vida», escribió entonces. Rekarte, que con su trabajo en la cárcel empezó a pagar las indemnizaciones a sus víctimas, cree que muchos otros iban a seguir sus pasos pero se echaron atrás por «pánico».

«Se vieron volviendo a sus pueblos como traidores a la lucha».

LA SEGUNDA VIDA

Mientras tanto, Mónica se había instalado en Irún con el niño. Lo pasó mal: echaba de menos Cádiz, su casa, sus raíces, a sus amigos. «Sentí una soledad muy grande, que todavía siento», dice ella. La cosa mejoró cuando su marido preso logró el segundo grado penitenciario y empezó a recibir permisos. El primero, 72 horas en las navidades de 2009, empezó con su asombrada visita a un hipermercado, por primera vez en 17 años. Llegarían después fines de semana, un trabajo como jardinero a través de un amigo… Salía pronto a trabajar y por la noche volvía a la cárcel de Martutene. La libertad definitiva se la dio la anulación por parte del Tribunal Europeo de Derechos Humanos del carácter retroactivo de la doctrina Parot, en noviembre de 2013, tras 21 años entre rejas. Un alquiler barato los llevó a la tierra de su familia materna, al norte de Navarra. E hicieron el camino inverso al habitual: primero la boda, después la convivencia.

En el bar Ekaitza la familia ha recibido la visita de una víctima de ETA, la viuda del gobernador socialista de Guipúzcoa, Juan María Jáuregui. El arrepentido también se ha reunido, por iniciativa del director de Nanclares, Juan Antonio Pérez Zárate, hombre clave en el paso atrás de varios etarras, con la viuda de otro asesinado, en el marco de una serie de reuniones «informales» entre miembros de ETA y víctimas que el Gobierno «no autorizó pero sí permitió». Rekarte, muy nervioso, llegó tarde y se quedó en blanco. «Ella era una mujer buena, que hablaba sin odio. (…) Había estado enamorada de su marido. Soñaban con envejecer juntos. (…) A sus hijas no les había dicho que venía a hablar conmigo. Creyó que no lo entenderían».

Cuando fue excarcelado leyó en un periódico las declaraciones del padre de Antonio Ricondo, el chico de 28 años al que mató en Santander, antes de que se casara. Decía: «Ninguno de ETA se merece perdón cuando hay víctimas de por medio». Rekarte querría contarle que siente «enormemente» lo que hizo, pero entiende su rechazo absoluto. «Si el asesinado hubiera sido mi padre», se pregunta, «¿qué haría? ¿Aceptaría la petición de perdón del asesino?».

En el hermoso valle de Santesteban donde vive la segunda vida que sus víctimas no han podido, habla a su hijo mayor y a la pequeña en euskera, porque será euskaldun hasta la muerte, afirma, «igual que un ruso es ruso y un holandés, holandés». Pero ahora defiende que la lengua, tan manchada por ETA, no es motivo para asesinar ni amenazar. Ha dicho cosas que nadie con su pasado reciente ha dicho. Hace un año causó un terremoto en la izquierda abertzale con unas frases difíciles de olvidar: «Otegi no es ni mucho menos un hombre de paz, es un cobarde. (…) ¿Si estoy arrepentido? No sabes cuánto. No me arrepentiré lo suficiente el resto de mi vida». Indolente a las críticas del que fue su mundo, quiere que su historia sirva «para algo».

Ha visitado dos veces los carnavales de Cádiz y su Semana Santa, donde ha aprendido a amar aquello por lo que mató. Adonde no ha ido aún es a Santander, al barrio obrero de La Albericia, donde murieron tres de las más de 800 víctimas de ETA. «Imposible olvidar el horror generado y sus terribles consecuencias —tres muertos, una veintena de heridos y una ciudad en estado de shock— cuando la responsabilidad de todo aquello recaía en el dedo con el que apreté el mando a distancia que hizo estallar el coche bomba».

«Hay dos caminos cuando eres preso de ETA: o terminas verdaderamente mal, sobre todo si tienes conciencia de haber hecho el mal (…), o tratas de taparlo escondiéndolo bajo el manto de la política, de la represión en Euskadi, de la situación de los presos, de lo que sea».

«Al principio tratas de olvidarlo todo, de enterrarlo en algún lugar lejano de tu memoria, pero siempre vuelve, y lo hace para quedarse contigo, no puedes quitártelo de la cabeza, continuamente va a tu lado. (…) Vuelven a ti los muertos que causaste», escribe Rekarte. «Con el paso de los años nadie se acordará de ti, salvo los familiares de las víctimas, que te maldecirán».

A sus hijos un día les explicará: «Maté a tres personas y es algo que pesa sobre mi conciencia. (…) Pequé contra el quinto mandamiento y me resulta muy difícil perdonarme. Porque lo más difícil es perdonarse a uno mismo». @Leyre_Iglesias

EL MUNDO – 10/05/15