Ignacia De Pano-Vozpópuli
- Esta mujer no deja que las decisiones que le conciernen las tome alguien que no sea ella misma.
Mientras esperaban el momento de salir al balcón de la Casa de Correos, con el sonido de fondo casi geológico de la multitud que se agolpaba en la Puerta del Sol para poder saludar a su líder, la que lloraba era Isabel Díaz Ayuso. María Corina, aunque visiblemente emocionada, se mantuvo firme. Y es que la buena educación de esta mujer, sus maneras exquisitas, esconden para muchos a los que no interesa ver más allá de lo aparente su verdader naturaleza de acero templado. Machado, nacida en el 67, es en primer lugar ingeniera industrial en una época en la que la presencia de mujeres en las escuelas politécnicas era prácticamente testimonial.
Forjó su liderazgo después atreviéndose a reclamar democracia y libertad en la misma cara de Hugo Chávez, que rodeado siempre de matones genuflexos no estaba acostumbrado a enfrentarse a alguien que venciendo el miedo natural a ser torturado se le opusiera. Prestigio que engrandeció más tarde al permanecer en su país a pesar de los peligros y sacrificios personales que conllevaba esa decisión y aunque a la narcodictadura le hubiera venido muy bien que iniciara el camino del exilio para desactivarla y convertirla en una más de esa diáspora a la que el sanchismo ha contribuido lastimosamente cumpliendo el indigno papel de válvula de vapor de la olla a presión venezolana.
La biografía de Machado deja clara una cosa, y es que esta mujer no deja que las decisiones que le conciernen las tome alguien que no sea ella misma. Y por eso solo salió de Venezuela, en secreto y con gran riesgo, cuando consideró que su presencia en Oslo para recoger el premio Nobel de la Paz era más importante para la causa de la libertad que su exilio interior, ni un minuto antes ni un minuto después.