PEDRO GARCÍA CUARTANGO-ABC

Es especialmente repugnante que todavía haya miles de vascos que homenajean a los asesinos

EL azar ha hecho coincidir en el tiempo el centenario del nacimiento de Primo Levi con la celebración de varios homenajes a etarras en el País Vasco. ¿Qué relación se puede establecer entre la experiencia de un intelectual judío italiano superviviente del Holocausto y los actos de exaltación de unos asesinos que se vanaglorian de sus crímenes?

La relación existe y hay que buscarla en la similar actitud moral que sustenta el exterminio de los judíos y la glorificación de los crímenes de ETA. Y esa actitud no es otra que la deshumanización del adversario, su despersonalización y su reducción a la condición de cosa. Para matar, antes hay que privar a la víctima de su humanidad.

Eso se observa de forma evidente en los campos nazis de exterminio, donde a los presos se les daba un número, se les vestía con un uniforme harapiento y se les marcaba con un símbolo para diferenciar su identidad, ya que el régimen nacionalsocialista concedía un trato bien distinto a los delincuentes comunes que a los judíos.

En el País Vasco, durante muchas décadas, el mecanismo mental ha sido el mismo: excluir de la condición de ciudadanos y de hombres a quienes no compartían los ideales del nacionalismo que encarnaba ETA. En nombre de ese prejuicio, se marginaba, se señalaba, se amenazaba y se mataba a

quien simpatizaba o pertenecía al PP o al PSOE.

No importaba la ideología y, por eso, asesinaron a mi compañero José Luis López de Lacalle, periodista, sindicalista, demócrata y hombre de izquierdas. Y tampoco, en la Italia ocupada por los nazis, importaba el estrato social, las ideas o la relevancia profesional. Los judíos fueron enviados a las cámaras de gas por el hecho de serlo, como muy bien subraya Primo Levi.

Por ello, es especialmente repugnante y refleja una profunda degradación moral que todavía haya miles de vascos que homenajean a los asesinos y los consideran héroes por haberse arrogado el derecho a eliminar a quienes no pensaban como ellos.

La única explicación de este fenómeno es que esas personas, entre ellas, padres de familia ejemplares, están convencidos de que las víctimas de la banda terrorista no eran seres humanos y que se habían merecido un tiro en la nuca por vestir un uniforme, ser jueces o concejales.

Si no es así, resulta imposible explicar esa complicidad con el asesinato y el terror, ese supremacismo que pretende pasar por virtud y esa contumacia en banalizar el mal, tan bien descrita por Hannah Arendt.

Quienes salen a la calle para recibir como campeones de una competición deportiva a etarras con las manos manchadas de sangre se retratan y evidencian el largo trecho que queda por recorrer en el País Vasco para normalizar la convivencia. Lo condenable de estas actitudes no está tanto en el terreno de la legalidad, aunque esto sea importante, como en el de la ética.

La gran lección de Primo Levi, de obligada lectura en estos tiempos convulsos, es que resulta muy peligroso olvidar el pasado y trivializar los horrores del nazismo porque en cualquier momento se pueden repetir. Tenía tanta razón que vimos materializada su advertencia en Yugoslavia, pocos años después de su fallecimiento, cuando el nacionalismo desató un infierno que provocó más de 150.000 víctimas mortales y un millón y medio de refugiados. Hoy el fantasma de la barbarie sigue instalado entre nosotros, aunque tendemos a ignorarlo cuando se manifiesta en actos tan miserables como los del País Vasco.