Pedro García Cuartango-ABC

  • Ábalos es el perfecto ejemplo de la duplicidad en política: defendía unos valores durante el día y, por la noche, hacía lo contrario

La comparecencia de Ábalos ante el Supremo se ajustó ayer a lo previsible. En la línea marcada por la declaración de Koldo García, el exministro se presentó como víctima de una campaña de difamación y como un abnegado servidor público. «Es un caso claramente mediático, juzgado hace tiempo con una condena clara», afirmó.

¿Lo es? Lo contrario es mucho más cierto porque, durante mucho tiempo, Ábalos calificó de bulos las revelaciones periodísticas y negó los hechos acreditados por testimonios, documentos y mensajes de una evidencia abrumadora. Para su desgracia, ese material prueba que tuvo relaciones con mujeres a las que pagaban los contratistas, que manejó sumas de dinero que multiplicaban su sueldo, que pasaba gastos sin control y que, según demuestra el libro de Ketty Garat, sus desmanes eran conocidos en el PSOE y por Pedro Sánchez.

Ábalos es el perfecto ejemplo de la duplicidad en política: defendía unos valores durante el día y, por la noche, hacía lo contrario. Fue Carmen Calvo quien instó a Sánchez a destituirlo porque el partido no podía impulsar la abolición de la prostitución con un secretario de Organización cuya vida privada era escandalosa. La esposa de Ábalos, víctima de un cáncer, había denunciado su conducta.

La pregunta es cómo fue posible que Sánchez y el PSOE cerraran los ojos tanto tiempo ante los desmanes del responsable de la organización del partido y hombre de absoluta confianza del presidente. Decir que fallaron los controles es insuficiente porque resulta imposible creer que una persona del aparato actuara con tamaña irresponsabilidad y con tal impunidad.

Lo que pone en evidencia la conducta de Ábalos es la corrupción de un sistema que encubre y protege a este tipo de personajes, que actúan a sabiendas de que su poder servirá de escudo efectivo a sus desmanes. Todo el discurso de regeneración de Sánchez se cae al constatar que, si no hubiera sido por la labor de los medios de comunicación, Ábalos no estaría hoy en el banquillo. No, el Gobierno de Sánchez nunca ha tenido interés en combatir la corrupción. Lo que intentó hacer es taparla bajo la alfombra.

Queda abierta la cuestión de cómo es posible que Sánchez confiara en estos hombres. Nadie se puede equivocar tanto. Resulta inevitable sospechar que los eligió porque los conocía. Sabía que podía utilizarlos por su falta de escrúpulos y su ambición.

La conclusión es que estos dirigentes no fueron un accidente sino el resultado de una forma de hacer política y del desmantelamiento de los controles. El juicio ha servido para desnudar a un Sánchez que se presentó como víctima de unas conductas que él ocultó y fue incapaz de denunciar ante la Justicia. Por ello, la previsible condena a los acusados es una condena al presidente del Gobierno, que tiene tanta responsabilidad como ellos.