Ignacio Camacho-ABC
- Sánchez lo tiene todo en contra pero conserva un recurso estratégico: la hegemonía en el arte de construir relatos paralelos
Hay una frase de Sánchez en el último debate del Congreso que resume muy bien el concepto que tiene de sí mismo, o el que pretende que sus partidarios acepten para sacarlo del aprieto en que anda metido. Se la dijo a Feijóo: «Usted es el regreso de la corrupción»; un mensaje que llevaba implícito el aserto de que su mandato está limpio. Los escándalos son casos aislados, tormentas ya disipadas, piedras en el camino que él sortea con su voluntad de llevar al país por la senda del progresismo. Es difícil saber si esa argumentación resulta un mero recurso propagandístico u obedece al trastorno narcisista de un hombre que ha perdido la noción de la realidad al punto de creerse su propio relato ficticio: el clásico caso del mentiroso patológico o compulsivo (paciente mitómano en términos clínicos) incapaz de distinguir el límite entre el engaño y el extravío. Siendo verosímil la coincidencia de ambas hipótesis, la trayectoria del personaje apunta más bien a una simple, deliberada exhibición de cinismo.
El presidente lo tiene casi todo en contra: el Congreso –que ayer votó por la moción de confianza–, las encuestas, la inercia de desgaste, el pasado reciente del que brotan revelaciones y sospechas cada vez más siniestras. Él sostiene que también los tribunales, señalados como terminales de una conspiración de ultraderecha por más que se limiten a inventariar las cada vez más abrumadoras evidencias. Sin embargo aún conserva la hegemonía comunicativa, que en la política posmoderna no consiste sólo en el control de medios capaces de replicar consignas al pie de la letra sino en una especial habilidad para dominar la iniciativa de la conversación pública y orientarla según sus prioridades estratégicas. Ésa es la clave de su resistencia, la que le permite albergar alguna esperanza de dar la vuelta a la situación aunque su entorno vaya cayendo condena tras condena. Necesita seguir en el poder para manejar esa herramienta y adecuar los tiempos de la legislatura a los intereses de su agenda.
La inmensa mayoría de los ciudadanos no ha leído ni leerá los doscientos folios de la sentencia del Supremo. Y por tanto desconoce que más allá de las penas impuestas a Ábalos y Koldo contiene un alegato tan profundo como intenso acerca del devastador efecto de una corrupción incardinada en el corazón mismo del Gobierno, descrita como un fenómeno sistémico muy distinto de los ‘nubarrones’ pasajeros que el jefe del Ejecutivo desdeñó el miércoles en el Parlamento. Pero mientras el laboratorio discursivo de la Moncloa pueda mantener lejos del conocimiento general esa demoledora requisitoria sobre el peligro de una democracia prostituida por el abandono de los principios éticos, el sanchismo tendrá opciones de seguir imponiendo su guion alternativo del golpe encubierto. Quizá ya sólo ante los convencidos, los irredentos que aún le ayudan a sostener un nada despreciable suelo electoral en torno al 28 por ciento. Una base de respaldo suficiente para disputar la batalla final a cara de perro.