LUIS HARANBURU ALTUNA-El Correo

  • La mediocridad de nuestra clase política es un serio lastre

A veces no reparamos en las evidencias que nos saltan a los ojos, es preciso que sean los demás quienes nos indiquen lo evidente. Llevados por la inercia de los días no nos damos cuenta de que España va mal. Retrocede, decae. Nos lo dicen los organismos internacionales, pero seguimos sin creérnoslo. Muy al contrario, se nos quiere convencer de que de esta «saldremos más fuertes», según reza la consigna de Iván Redondo. Y es mentira. Dice la propaganda monclovita que tras la crisis del Covid-19 nos espera un futuro «robusto» y es tan burdo el engaño que ni nos lo creemos ¿O tal vez sí y ello explicaría la desidia y la resignación que reina en el país? Dicen que el coronavirus tiene la culpa de todo, pero me temo que el virus tan solo ha desvelado la profunda crisis que asuela a España. En efecto, sus déficit estructurales eran ya visibles antes de la crisis sanitaria y ésta no ha hecho más que agudizarlos.

La decadencia de España es notoria, pero dentro de ella no lo es menos la de Euskadi por mucho que blasone sus excelencias. El Covid-19 también ha puesto en evidencia nuestras miserias. Y hablando de España, el primero de los fracasos es el de su vertebración territorial. Comparto la visión de Juan Pablo Fusi, quien en una reciente entrevista ha afirmado que «España tiene un grave problema, al margen de la pandemia, como es la organización territorial y el desafío de los nacionalismos». En efecto, la pandemia remitirá, llegarán las vacunas, pero los nacionalismos vasco y catalán perdurarán con su incansable vampirización de nuestras instituciones democráticas.

Pero, con ser importante la disfunción que ejercen los nacionalismos, existen otros problemas políticos que inciden en el deterioro institucional de España. No es el menor de ellos la mediocre calidad de nuestra clase política. Hubo un tiempo, el inmediato a la transición política, en el que las élites accedían a la política con una mochila cargada de experiencia, capacidad y excelencia demostradas, que contrastan obscenamente con la mediocridad de nuestros gobernantes actuales. Claro que hay excepciones, pero la generalidad de nuestra clase política procede de los oscuros pasillos partidarios donde han cooptado sin otro mérito que su lealtad al líder de turno.

El problema de España son sus políticos que ignoran cuanto es ajeno a su interés personal o partidario. El ejemplo palmario de ello lo tenemos en nuestro actual presidente del Gobierno, que ha antepuesto su ambición de poder personal al interés general de los ciudadanos. ¿Cómo explicar si no su opción obstinada y preferente por un Gobierno débil y minoritario que debe su proclamación a quienes tienen por último objetivo la ruina de España? ¿Cómo concebir una estabilidad real del Gobierno cuando desde su interior se ataca a las demás instituciones del Estado -Judicatura y Monarquía- con grave daño para su prestigio y función? Los rotos institucionales producidos por Unidas Podemos con la anuencia del PSOE al hablar de un Estado constituyente son una rémora que impide una acción de Gobierno racional y ponderada. Un Gobierno que dedica sus mejores esfuerzos a solapar sus errores y camuflar sus fracasos mediante la propaganda no puede menos que provocar el desbarajuste actual.

La decadencia de España tiene en la economía y en la educación sus otras facetas descarnadas. La OCDE nos sitúa a la cabeza de la caída del PIB y la UE constata nuestro retraso al situarnos en la cola de los países en la recuperación económica. Entre los rankings que encabezamos está el más triste de todos, que nos sitúa a la cabeza del mayor porcentaje de muertos por causa del Covid-19. Del desastre educativo tan solo mencionaré las sucesivas actas levantadas por los organismos internacionales que como Pisa dan fe del funesto fracaso de nuestro sistema educativo ¿Qué futuro espera a un país que año tras año fracasa en su empeño por alcanzar no ya la excelencia, sino el término medio del entorno mundial?

El actual Gobierno de España cumple con todos los estereotipos de lo que Félix Ovejero señaló como propios de la «izquierda reaccionaria». Y a fe que lo es si nos fijamos en sus resultados. Su incapacidad de confeccionar unos Presupuestos solventes y asumibles por la UE puede significar el final de su recorrido.

Los problemas de España, sin embargo, no son solo imputables al actual Gobierno. La deriva decadente se inició con un funesto Aznar que nos llevó a la guerra de Irak y siguió con la presidencia del ‘panglosiano’ Zapatero, que tuvo en Rajoy su digna continuidad tántrica. La cuestión es que durante dos décadas España ha perdido gran parte de su reputación internacional y ha exasperado a los españoles, que se merecían otros horizontes.

La decadencia de España tiene como principal responsable a la clase política y al perverso sistema de su cooptación. Ya nadie habla de regeneración y todos se afanan en conservar su cuota de privilegios y la seguridad de sus sueldos. ¿Cómo va a funcionar un país si en medio del tan previsible como terrible rebrote de la pandemia su clase política se va de vacaciones? Al regresar bronceados y risueños tan solo se limitan a lavarse las manos, mientras culpan a la ciudadanía de irresponsable ¿Será posible? Lo es.