IGNACIO CAMACHO-ABC

  • Piqué encarnaba el paradigma contemporáneo de la ‘tercera España’: una élite ilustrada, liberal, cosmopolita, sensata

A Gloria, desde el desconsuelo

Qué tipo tan elegante era Josep Piqué. No sólo por su manera de vestir, ni por su porte de profesor de Oxford en los años treinta, ni por su gestualidad contenida, ni por su educación primorosa, ni por su refinada cortesía, ni por su conversación siempre interesante, instruida y cosmopolita. Su elegancia era la destilación natural de una mentalidad abierta, un talante liberal, una convicción en la fuerza de las ideas, una sobriedad emocional senequista que no necesitaba de la afectación ni de la petulancia para dejar patente su sabiduría. Qué falta hacen hombres así en el debate público, en la política, en la esfera institucional y en todos los órdenes de la vida. Hombres competentes, cultos, sólidos de moral, templados de carácter, profundos de conocimiento y de perspectiva, dispuestos siempre a afrontar el contraste con opiniones distintas. Esa clase de gente imprescindible que cualquier proyecto necesita en sus filas para integrar voluntades y articular una cierta inteligencia colectiva.

Piqué encarnaba el paradigma moderado. Incluso su manera de hablar, pausada, suave, discreta, constituía por sí misma una invitación al diálogo. Lector incansable, bulímico, versátil, poseía un entendimiento maduro reforzado por una capacidad de trabajo insólita en la enjuta arquitectura de su cuerpo liviano, y de esa vocación de estudio extraía análisis de luces largas y diagnósticos de campo amplio. Disponía de una mirada global y de un criterio informado sobre los saltos geoestratégicos, científicos y tecnológicos de un mundo en vertiginoso proceso de cambio. Fue ministro de cuatro carteras con Aznar, incluido un breve paso por Exteriores en el arranque de un tiempo ingrato para el oficio diplomático. Luego la política superficial, vocinglera, crispada, de vuelo corto, le dio de lado pero se convirtió en una referencia senatorial, un impagable interlocutor áulico para quien estuviese dispuesto a escucharlo sin las orejeras de los prejuicios sectarios.

De alguna forma representaba el ideal imposible de una cierta derecha ilustrada, flexible, pragmática, alejada del esencialismo doctrinario y de la altisonancia hiperventilada. En el conflicto independentista, su razón serena quedó orillada por el delirio de ruptura que sacudió a las élites catalanas y provocó una quiebra civil donde no había sitio para posiciones sensatas. Su catalanismo constitucional no encajaba en esa atmósfera envilecida por la obsesión identitaria; hasta su partido prefirió otro estilo de liderazgo –con resultados perfectamente descriptibles– y él optó por retirarse a una distancia dolorida pero no callada porque siempre tuvo disponible una palabra, un consejo, una propuesta, una reflexión en voz alta. Con él desaparece demasiado pronto uno de los más nobles, esperanzados valedores de la causa de la ‘tercera España’.