VICENTE VALLÉS-EL CONFIDENCIAL

  • No hay temor en Moncloa. La pandemia debe atenuarse a medio plazo gracias a las vacunas, y las ayudas europeas podrían atemperar la calamidad económica
La fotografía hizo fortuna como metáfora ilustrada de una debacle: ¿quién no recuerda el bolso de Soraya Sáenz de Santamaría ocupando el escaño azul que debía acoger al presidente del Gobierno Mariano Rajoy? La caída del imperio, en una simple instantánea. Pedro Sánchez, con una acción propia de su estilo tan exitoso como temerario de hacer política, se había atrevido a presentar una moción de censura cuando solo disponía de 85 diputados. Y la ganó.

Aquel fue el embrión del que luego surgió el ‘Frankenstein’ de socialistas, bolivarianos, comunistas, regionalistas, nacionalistas e independentistas que gestiona el país desde hace un año. No fue, sin embargo, el embrión del desmoronamiento electoral del centroderecha. Eso empezó a ocurrir tiempo antes del esperpento protagonizado por el bolso. Y los efectos continúan, porque el año 2021, segundo de la legislatura, arranca con ese espacio político troceado en tres porciones que suman una cantidad importante de votos, pero que ven muy limitadas sus posibilidades electorales debido, precisamente, a esa división.

El PP trata de pescar en el caladero de Ciudadanos con el fichaje de Lorena Roldán en Cataluña. Es un signo más de la pretensión que tienen los populares de centrar su imagen, muy castigada por la foto de Colón y por la exitosa campaña de la izquierda de mimetizar al PP con Vox. Precisamente, Pablo Casado vio la opción de ‘desvoxizarse’ cuando Santiago Abascal presentó la moción de censura y el líder de los populares salió dispuesto a vapulear no al presidente del Gobierno, sino al pretendido aspirante. Y lo hizo. Pero el camino para que el PP vuelva a ser la casa común del centroderecha no termina en una sola sesión parlamentaria y ni siquiera hay seguridad de que esa casa se pueda reconstruir al estilo de lo que fue en tiempos de Aznar y, posteriormente, en la primera legislatura de Rajoy.

Pedro Sánchez y los estrategas que le circundan han alcanzado su objetivo de que un amplio sector de la sociedad española asuma ya como normal la participación en el Gobierno de un partido de las características radicales de Podemos y que les parezca igual de normal tener a Esquerra y a Bildu como socios en el Parlamento. Al tiempo, también han logrado que la visión políticamente correcta consista en considerar a PP, Ciudadanos y Vox como un mismo magma fascistoide.

Con ese panorama, la tarea que Casado tiene delante es ciclópea porque, al tiempo que según los sondeos el voto del centroderecha se mantiene sólidamente disperso en tres partidos políticos –por tanto, pésima noticia para el PP y magnífica para el Gobierno–, esos mismos sondeos reflejan una pétrea resistencia de PSOE y Podemos. El éxito del relato construido en Moncloa se aprecia en que la gestión de la pandemia y sus consecuencias sanitarias y económicas no suponen un problema serio de expectativa de voto para los dos partidos que gobiernan. Es cierto que ambos pierden posiciones, pero no se advierte nada parecido a un despeñadero de votos. En la España del multipartidismo descontrolado, hace tiempo que no se vota necesariamente a favor o en contra de la gestión de un Gobierno. Se vota para que gobiernen los míos y no lo hagan los adversarios, considerados más enemigos que rivales. La gestión es un asunto secundario y, en el caso de muchos ciudadanos –los más extremistas–, ni siquiera es un asunto.

La fotografía de situación que son las encuestas muestra un panorama relativamente estable y, como consecuencia, muy favorable para Pedro Sánchez al disponer, como dispone, de una larga lista de fuerzas políticas minoritarias pero relevantes dispuestas a impedir un cambio en el poder. Y ante esa realidad, la única opción es una mayoría absoluta que no se aprecia en el horizonte, ni mucho más allá. Que el centroderecha consiga los 176 escaños que necesita dividido en tres partidos políticos sería casi un prodigio.

El sector trumpista de la sociedad española muestra en los sondeos una inquebrantable determinación de mantener esa división sosteniendo a Vox, y Abascal justifica la existencia de su partido en que el centroderecha puede gobernar en Madrid, Andalucía o Murcia a pesar de no comparecer unidos en las urnas. Sin embargo, en ninguno de los parlamentos autonómicos de esas tres comunidades hay partidos equivalentes a Esquerra, PNV o Bildu que condicionen la gobernabilidad, como sí ocurre en el ámbito nacional.

No hay, pues, temor en Moncloa. El futuro parece asegurado. La pandemia debe atenuarse a medio plazo gracias a las vacunas, y las ayudas europeas podrían atemperar la calamidad económica. Nada de esto se puede presentar como fruto del trabajo del Consejo de Ministros, pero una cosa y la otra sí serán gestionadas por ese Consejo de Ministros. Enfrente, y si nada cambia, las perspectivas de la oposición parecen sombrías, como ya se ocupa de advertir con sorna –pero con sólidos datos en la mano– Pablo Iglesias desde su escaño azul, en cada sesión parlamentaria. Tanto el vicepresidente segundo como el presidente saben que la división de la derecha es el seguro de supervivencia para el Gobierno de la izquierda.