CARLOS HERRERA-ABC

  • Feijóo tenía que elegir la opción menos mala. Eligió, probablemente, la menos tormentosa

El calificativo más amable que ha recibido Núñez Feijóo a lo largo de estos últimos días ha sido el de incapacitado. Incapacitado para gestionar, para negociar, no digamos para gobernar. No importan sus años dedicados a los tres ámbitos, en los que ha sacado adelante estructuras administrativas de cierta complejidad como el Insalud o Correos (cuya evidencia, por contraste con el desastre actual, se hace más carnosa), en los que ha gestionado la gobernabilidad de una autonomía como Galicia (anulando los esquejes que suelen brotar a sus laterales) y en los que ha reorganizado la cúpula de un partido en fase láctica para desembocar en el agrado de las encuestas favorables.

La negociación para desbrozar el nudo marinero del Poder Judicial, la razón fundamental por la que sus enemigos declarados le disparan a matar, estaba envenenada de salida. A Núñez, fuese cual fuese su decisión o su movimiento estratégico, siempre le iba a estar esperando la escopeta cargada: la encerrona venía marcada por los movimientos previos de La Moncloa y contenía explosivos ocultos tras cada añagaza. El gallego de Orense tenía solo dos decisiones posibles: decir sí o no al pacto que le proponía Sánchez, renovar el Consejo o negarse a hacerlo. En cualquiera de las dos sabía que iba a dejarse pelos en la gatera, ya que hacerlo suponía presumir de ‘hombre de Estado’ pero también de pactar con un embustero, y no hacerlo acarreaba ser considerado un insolvente al que le tiemblan las piernas y todo eso.

Al constatar que el plan de Sánchez contemplaba reformar el delito de sedición para así complacer a quienes le mantienen en el poder (a pesar de que los negociadores mintieran de plano), Núñez dijo no. Sabe que tiene que guarecerse de la lluvia que arrecia: los socialistas y sus voceros mediáticos se desenvuelven con soltura desplegando el argumentario preparado, Feijóo es tal, es cual, no cumple la Constitución y no sé cuántas cosas más que ahora no tengo tiempo de recordar. Lo sabe y se guarece bajo el paraguas como buen norteño. Pero imaginemos que dice que sí y firma el acuerdo: ¡cuánta felicidad!, los órganos renovados, el TC a tiro de piedra, el Consejo desbloqueado… pero a los dos meses o quizá antes, Sánchez o cualquiera de sus esbirros anuncia que promueven la nueva regulación penal del delito de sedición. ¿Qué cara se le queda al líder del PP? Háganse a una imagen: miles de personas esperando a Rovira, Ponsatí o Puigdemont a pie de escalerilla del avión en un movimiento que uniera a todo el independentismo ahora dividido, con Junqueras habilitado para presentarse a las elecciones. Jugada magnífica: el electorado del PP, para alivio de Vox, reprocharía a Núñez Feijóo su candidez, la derecha quedaría desmerengada y Frankenstein vería correr de nuevo la sangre fría por sus venas de poliuretano.

Sánchez, como se dice ahora, manejaba un ‘win-win’ (o sea, gano en cualquier caso). Núñez tenía que elegir la opción menos mala. Eligió, probablemente, la menos tormentosa.