Emiliano López Atxurra-El Correo

  • A la sostenibilidad hay que añadir seguridad en el suministro y asequibilidad. Y hacerlas compatibles con la competitividad industrial, que Europa no puede seguir relegando

El mundo ha cambiado. Y quizá una de las mayores dificultades para asumirlo sea que seguimos tomando algunas decisiones con las reglas del mundo anterior.

Durante décadas confiamos en que la interdependencia económica generaría suficientes intereses compartidos como para contener los conflictos. Esos ‘colchones de intereses’ no han funcionado como esperábamos. Ucrania y Oriente Medio nos han recordado que las infraestructuras pueden convertirse en objetivos, los suministros en instrumentos de presión y la energía en una variable capaz de condicionar la libertad de decisión de los Estados.

Por eso, la energía ya no puede analizarse únicamente en términos de suministro, precio o descarbonización. Es también seguridad, defensa, competitividad industrial, innovación y, en última instancia, capacidad soberana de decisión. No se trata solamente de disponer de energía, sino de ser capaces de mantener las funciones esenciales de nuestra economía y nuestra sociedad cuando se produce una perturbación grave.

Conviene desterrar una idea poco realista: autonomía estratégica no significa autosuficiencia. Ningún país europeo puede aspirar razonablemente a producir toda la energía, las materias primas, los equipos y las tecnologías que necesita. La cuestión relevante es otra: ¿qué dependencias estamos dispuestos a asumir y qué capacidad tenemos para reaccionar cuando una de ellas falla? El objetivo debe ser reducir la capacidad de terceros para condicionar nuestras decisiones esenciales. Es la apuesta por la tecnología propia y la industria.

A finales de octubre, los comisarios europeos de Defensa y el de Energía, Andrius Kubilius y Dan Jorgensen, mostraron su apuesta por recuperar en Europa la industria del refino, algo que muchos países abandonaron y que ahora lamentan profundamente.

Aquí aparece la gran cuestión europea. ¿Estamos verdaderamente centrados?

Europa ha situado legítimamente la sostenibilidad y la descarbonización en el corazón de su política energética. El problema no es esa ambición, sino haber construido durante demasiado tiempo una ecuación incompleta. A la sostenibilidad hay que añadir, con el mismo rango, seguridad de suministro y asequibilidad. Y las tres deben ser compatibles con una cuarta variable que Europa no puede seguir relegando: la competitividad industrial.

No sirve de mucho liderar la definición de objetivos si perdemos capacidad para ejecutarlos. Europa conoce bastante bien sus problemas: elevados costes energéticos, dependencias exteriores, un mercado todavía fragmentado y pérdida de competitividad. Sin embargo, seguimos teniendo dificultades para convertir los diagnósticos en inversiones, infraestructuras y capacidad industrial con la velocidad necesaria.

Hay además un riesgo evidente: confundir diversificación con sustitución. Cambiar una dependencia por otra no aumenta nuestra autonomía. Reducir la exposición a un proveedor para concentrarnos excesivamente en otro, o abandonar determinadas tecnologías dependiendo de cadenas de valor controladas desde el exterior, puede cambiar la naturaleza de nuestra vulnerabilidad, pero no reducirla. La transición energética también crea nuevas dependencias de materiales, componentes, equipos y capacidades industriales.

Europa necesita diversificar proveedores, rutas y tecnologías. Estados Unidos, China, Argelia o cualquier otro socio pueden y deben formar parte de nuestras relaciones energéticas. El error sería convertir a cualquiera de ellos en una dependencia difícil de sustituir. Diversificar significa disponer de alternativas cuando llega la crisis.

Por consiguiente, Europa necesita dejar de construir su política energética como una sucesión de respuestas a emergencias. La autonomía estratégica no se improvisa cuando estalla una crisis. Se construye antes. Requiere conocer nuestras vulnerabilidades, preservar capacidades difíciles de recuperar, invertir en redes e infraestructuras, reforzar nuestra base industrial y decidir qué activos son esenciales para garantizar el funcionamiento del sistema en circunstancias adversas. Exige visión y paciencia estratégica.

No necesitamos elegir entre transición energética y seguridad. Necesitamos una transición sostenible, asequible, industrialmente viable y resistente a los ‘shocks’. Una política energética que no se limite a decir qué Europa queremos dentro de veinte años, sino que garantice que tendremos capacidad para llegar hasta allí y, sobre todo, libertad para decidir el camino. Europa necesita pasar del diagnóstico a la acción, con prioridades compartidas, inversiones suficientes y responsabilidades claras en el tiempo ya.