La fe de Ibarretxe

Tras una década al frente del Gobierno vasco, Juan José Ibarretxe (Llodio, 1957) parece dispuesto a mantener con el Estado un pulso definitivo. El viernes, el Parlamento vasco votará su plan de consulta soberanista. Lejos quedan sus años de tecnócrata sin perfil político. Ahora, su futuro está condicionado por lo que decida ETA.

Hay un hombre en la cama de la habitación de un hospital. Es un viejo luchador por la libertades al que una terrorista de ETA le acaba de disparar un tiro en plena cara, en la puerta de su casa, al anochecer, en uno de los montes que se asoman a la ciudad de San Sebastián. Estadísticamente, este hombre tenía que estar muerto, pero la bala le entró por la mejilla izquierda y se le quedó alojada en la boca, aprisionada entre unos implantes de titanio. El hombre está rodeado por su esposa y sus tres hijos cuando en la habitación entra Juan José Ibarretxe, el presidente del Gobierno vasco. Pregunta por el herido y luego charlan. Uno de los hijos, Andrés, que vive fuera de Euskadi, le traslada al político nacionalista su disgusto por el ambiente opresivo que se respira en su tierra.

-Lehendakari, yo no puedo soportar que, cuando invito a amigos míos a visitar el país -Lequeitio, Elorrio, Bergara, Hernani…-, encontremos siempre una presencia agresiva, con pintadas en favor de ETA y con amenazas a los que no piensan como ellos.

-Mira, Andrés, no te lleves esa imagen de nosotros, que aquí, en el País Vasco, se vive muy bien.

La frase de Ibarretxe es escuchada desde la cama por José Ramón Recalde, encarcelado y torturado por el régimen de Franco, durante siete años consejero socialista en el Gobierno del lehendakari Ardanza y dueño de una librería (Lagun) atacada una y otra vez por ETA y su entorno, hasta el punto de que todavía hoy abre y cierra sus puertas bajo la atenta mirada de los guardaespaldas.

La escena tiene lugar en septiembre del año 2000, y cualquiera puede pensar que un desliz así -hablar de un país idílico en presencia de un hombre al que acaban de intentar asesinar- sólo puede ser fruto de una tarde aciaga, de un momento de nerviosismo…

Un año y medio después, en septiembre de 2002, vuelve a haber un hombre tendido en la cama de un hospital. Ha circulado en su coche durante unos kilómetros hasta que una bomba lapa -cargada con medio kilo de dinamita- ha estallado hiriéndole de gravedad. Tras cinco horas en el quirófano, los médicos han tenido que amputarle una pierna. Unos días después, alguien toca a la puerta de la habitación. Es el lehendakari, que viene a visitarle. Le pregunta cómo se encuentra, le da ánimos -todo el mundo resalta que Ibarretxe es un tipo afable que gana en las distancias cortas-, pero no pasan muchos minutos antes de que el jefe del Gobierno vasco le hable con orgullo al herido -también socialista, como Recalde; también sin escolta, como a ETA le gusta escoger a sus víctimas- de la buena situación de la economía vasca.

-No sabes cómo está creciendo el producto interior bruto…

Es Ibarretxe, un hombre que, a sus 51 años y después de una década al frente del Gobierno vasco, parece dispuesto a mantener con el Estado un pulso definitivo. Hasta el punto de jugarse su futuro político a una sola carta: la de una consulta sobre el derecho a la autodeterminación. El próximo viernes, el Parlamento vasco votará su propuesta. “Si no sale, me voy a casa”, ha dicho. Aunque también es cierto -como ponen en evidencia sus críticos- que en su discurso de investidura garantizó que la consulta sólo se celebraría “en ausencia de violencia…”. Nada más lejos de la situación actual. ETA ha vuelto a matar, a amenazar, a extorsionar…, pero el lehendakari se comporta como si nada de eso estuviera sucediendo: “La iniciativa del derecho a decidir ya no tiene vuelta atrás”. Se trata, sin lugar a dudas, de una iniciativa “de autor”, de una jugada tramada en absoluta soledad. De hecho, la puesta en escena del desafío no fue consultada con ninguno de los partidos vascos. Tampoco con el PNV, algunos de cuyos máximos dirigentes reconocen en privado que se enteraron del contenido de las preguntas que Ibarretxe pretende trasladar a la ciudadanía al mismo tiempo que los periodistas que asistían a la rueda de prensa. El resultado inmediato, ya palpable, es el regreso a la división en dos mitades de la sociedad vasca. La gran pregunta es: ¿qué busca Ibarretxe al lanzar tamaño desafío al Estado? Pero para llegar a ella tal vez hay que contestar antes a dos cuestiones no menores: ¿quién es en realidad Ibarretxe? Y, sobre todo, ¿en qué momento un político al que todos alababan su pragmatismo se convierte en un visionario hasta el punto de no renunciar a su idílica imagen de Euskadi ni ante la cama de un hombre al que le acaban de pegar un tiro?

El Ibarretxe de hoy se empezó a forjar una noche de octubre de 1994. La misma noche en que José Antonio Ardanza conseguía ganar por segunda vez las elecciones al Gobierno vasco. Ardanza, cansado ya de la política en unos tiempos muy convulsos -fue elegido alcalde de Mondragón en 1979-, redactó una carta dirigida a Xabier Arzalluz, presidente del PNV, en la que le conminaba, con toda rotundidad, a que fuera pensando en otro candidato para las elecciones de 1998.

El momento para la sucesión no era malo. A mediados de los noventa, el Gobierno vasco gozaba de estabilidad política, gracias al pacto de coalición entre el PNV, Eusko Alkartasuna y el Partido Socialista de Euskadi. Además, el Pacto de Ajuria Enea daba sus frutos, y el País Vasco disfrutaba de una unidad antiterrorista sin precedentes. Bien es verdad que ETA seguía matando, pero nada que ver con los terribles años ochenta. Así que Ardanza, de una manera un tanto voluntarista, pensó que la herencia política que dejaba requería de un gestor más que de un político. “Se necesita un economista que hable inglés”, resumió gráficamente Arzalluz, quien -al igual que Ardanza- ya se había fijado en un diputado joven llamado Juan José Ibarretxe.

No eran los únicos. Kepa Aulestia, por aquel entonces secretario general de Euskadiko Ezkerra, también había prestado atención a Ibarretxe, quien presidía la Comisión de Economía y Presupuestos del Parlamento vasco y a quien no parecían interesar demasiado las refriegas políticas y sí cuestiones más técnicas. Se había estrenado en la política como alcalde de Llodio, su pueblo, a los 26 años. Había estudiado Ciencias Económicas en la universidad pública de Bilbao y trabajaba en una empresa naviera de Vizcaya. Los veteranos dirigentes locales del PNV querían como candidato a “un chico joven, del pueblo y con estudios”, una fórmula con la que confiaban descabalgar del poder al alcalde de Herri Batasuna, Pablo Gorostiaga, un hombre muy popular. Ibarretxe aceptó, encabezó la lista del PNV aunque con el marchamo de “independiente” y se erigió en alcalde de Llodio en mayo de 1983.

Lo que sucedió a continuación da las primeras pistas sobre la personalidad de Ibarretxe. Al poco de las elecciones se produjeron las terribles inundaciones del verano de 1983, que provocaron cuatro víctimas mortales, tres guardias civiles y un vecino al que intentaban evacuar. El alcalde Ibarretxe se fajó en la reconstrucción de su pueblo, y los vecinos le recuerdan calzado con botas de goma recorriendo las calles embarradas y las viviendas destruidas. Pero, en cuanto la situación fue mejorando, Ibarretxe desapareció. “No tenía contacto con los vecinos. Pasaba más tiempo en Vitoria que en Llodio. No recibía a la gente en su despacho. No se le veía por los bares del pueblo. Aunque cordial y afable, era difícil acceder a él. Era trabajador y metódico, pero gris”. Lo contrario que el batasuno Gorostiaga, que en las elecciones de 1987 recuperó la alcaldía en detrimento del joven Ibarretxe.

Desde Vitoria, siguió en la política -había sido elegido diputado en 1984 y presidente de las Juntas Generales de Álava en 1986-, pero no como un político al uso, sino más bien como un técnico con cierto grado de implicación. Y aun así, Ardanza seguía en sus trece de convertirlo en su sucesor. Lo nombró vicelehendakari. El socialista Ramón Jáuregui fue consejero de Justicia y Trabajo en aquel Gobierno de Ardanza y recuerda muy bien la forma de actuar de Ibarretxe: “Era como una hormiguita. Llevaba los presupuestos muy detallados al consejo de Gobierno. Era minucioso y legalista. Su mundo era el de los procesos de gestión y de modernización de la administración. Nunca planteaba cuestiones políticas…”.

Ibarretxe empieza a viajar a Madrid. Tiene plenos poderes para la renegociación del Concierto Económico vasco y se reúne con frecuencia con Rodrigo Rato (ministro de Economía del primer Gobierno de Aznar) y Mariano Rajoy (vicepresidente). El actual líder del PP recuerda sus reuniones con Ibarretxe como un dolor de cabeza por su intransigencia. “Sí, sí”, confirma Ramón Jáuregui, “es muy obcecado. Le gusta decir que sus pasos siguen la huella del buey”. Lo cierto es que la negociación del Concierto en 1997 supuso para Ibarretxe un éxito político que su mentor, José Antonio Ardanza, supo aprovechar convenientemente para insistir ante Arzalluz en que el sucesor ya estaba perfectamente horneado y listo para servirse. Lo más curioso es que quien se seguía resistiendo era el propio Ibarretxe, quien intentaba no beber de ese cáliz alegando su desconocimiento del euskera -condición fundamental para un lehendakari- y sus problemas de salud. Tan reticente se llegó a mostrar que Arzalluz estuvo a punto de tirar la toalla:

-Si no tiene interés, no habrá que insistir…

A quienes le trataban en aquellos tiempos, como el socialista Jáuregui, no les sorprende su actitud: “Se veía una persona honrada, trabajadora, austera. Conservaba a sus amigos de Llodio y seguía dedicando mucho tiempo al ciclismo, que practicaba junto a su cuadrilla de siempre”. El propio Ibarretxe labra cada vez que puede esa imagen de persona sencilla, alejada del boato: “Mi casa está en Llodio”, recordaba recientemente en una entrevista a EL PAÍS. “El proyecto de mi mujer, Begotxu, y el mío está en seguir viviendo allí, me da el mismo sol y la misma lluvia que a los demás…”.

Finalmente, Juan José Ibarretxe aceptó ser candidato a presidente del Gobierno vasco. La secretaria de Política Lingüística del Gobierno, Mari Carmen Garmendia, organizó un plan para que aprendiera euskera. Hoy lo habla correctamente.

Pero no todo depende del tesón y del esfuerzo, y los tiempos tranquilos que auguraba con optimismo Ardanza se tornaron tempestuosos. Ibarretxe es elegido candidato por el PNV en enero de 1998. Y ni tres meses después -el 18 de marzo- se rompe el Pacto de Ajuria Enea, soporte de los partidos vascos contra ETA. A principios del verano, la coalición de gobierno entre peneuvistas y socialistas entra en crisis. El motivo: un pacto suscrito por Arzalluz con Batasuna para sacar adelante la Ley del Deporte. A este acuerdo siguen otros, y el PSE termina saliendo del Gobierno tras 10 años de colaboración con el PNV. Ya en octubre de ese 1998 tan vertiginoso, Ibarretxe gana las elecciones. Logra 21 escaños, uno menos que Ardanza. Pero tiene ante sí un panorama totalmente nuevo, un reto político de envergadura. ETA acaba de anunciar una tregua. Su partido, el PNV, había venido urdiendo durante el último verano un acuerdo con todos los partidos nacionalistas para poner en marcha un proyecto soberanista que cuajaría en el Pacto de Lizarra.

La formación de su Gobierno provoca su primer desencuentro con los socialistas. Ibarretxe tiene claras sus alianzas parlamentarias desde el principio, los partidos con los que el PNV ha trenzado el Pacto de Lizarra, incluida Batasuna.

No obstante, no juega sus cartas con claridad. Aunque Ibarretxe tenía claro que iba a gobernar con el apoyo de los partidos nacionalistas, el PNV abre una negociación con el PSE que se convierte en una farsa. Y como tal la denuncia el presidente del PSE, Jesús Eguiguren, en el Parlamento vasco, una vez consumado el apoyo parlamentario de los partidos nacionalistas, incluido Batasuna, al Gobierno de Ibarretxe.

En esta etapa de tregua de ETA, Ibarretxe se deja llevar por su partido. Pero el 3 de diciembre de 1999, ETA rompe la tregua y a Ibarretxe le toca decidir si rompe con Batasuna y cambia de alianzas. No lo hace. Es más, sus Presupuestos de 2000 salen aprobados con el apoyo de Batasuna. No hace ascos al apoyo de un partido que sostiene a una ETA que está en activo.

La distancia entre el PNV y socialistas y populares es cada vez más grande. Pero la ruptura tiene una fecha: martes 22 de febrero de 2000. Y una circunstancia: el comportamiento de Ibarretxe tras el asesinato del dirigente socialista Fernando Buesa, de 53 años, y su escolta, Jorge Díez, de 26.

Buesa y Díez caminaban por el campus de la Universidad de Vitoria. A las 16.38, un terrorista de ETA accionó un mando a distancia que provocó la explosión de una furgoneta cargada con 20 kilos de explosivos. El dirigente socialista murió en el acto y su escolta expiró minutos después. La tremenda explosión sacudió el campus y se oyó en toda la ciudad. Ibarretxe estaba reunido a 200 metros de allí, en el palacio de Ajuria Enea, donde estaba reunido con su Consejo de Gobierno. Ibarretxe no va al lugar del atentado y, hasta cinco horas más tarde, no hace pública su condena. Tampoco llama a la viuda de Buesa, Natividad Rodríguez. Ni visita la sede socialista. Ni acude a la concentración de rechazo del atentado, que se celebra en Vitoria, unas horas después. Sí lo hace, sin embargo, su antecesor, José Antonio Ardanza, que es ovacionado por los asistentes. Al día siguiente, en el funeral celebrado en la catedral de Vitoria, Ibarretxe sale por la puerta de atrás para evitar el clima de rechazo que ya se está generando contra él. El domingo, la familia Buesa organiza una manifestación en Vitoria de condena del asesinato. El hijo de Fernando Buesa le pide a Ibarretxe que se sume.

La manifestación toma enseguida un rumbo muy distinto al que pretendía la familia. Las primeras filas las copan dirigentes y cuadros del PNV, que tratan de reconvertir aquella manifestación de rechazo contra el asesinato de ETA en un desagravio a Ibarretxe. corean un grito: “¡Lehendakari, aurrera!” (lehendakari, adelante). En la parte trasera de la manifestación se sitúan los familiares de Buesa, respaldados por el PSE y el PP, y en el centro, los activistas de Gesto por la Paz. El objetivo de aquel día era gritar fuerte contra ETA, pero los vascos terminan gritándose los unos a los otros. La ruptura es total.

Al finalizar la manifestación, la familia de Buesa llega a la plaza de la Virgen Blanca, en el centro de Vitoria. Ni el lehendakari ni los simpatizantes nacionalistas están ya allí. En medio de la tensión, toma la palabra Javier Rojo, amigo de Buesa, número dos del PSOE alavés y hoy presidente del Senado. Rojo, emocionado, grita: “¿Dónde está el lehendakari?”. Su grito de angustia se oye en toda España.

El presidente del Senado aún recuerda con emoción aquellos momentos: “Iba en la manifestación con Ramón Jáuregui y Carlos Iturgaiz, dirigente del PP. Jáuregui le dijo a Iturgaiz que yo tenía que hablar en nombre de la familia, que había convocado la manifestación. Unos nos aplaudían y otros nos insultaban. Enseguida interioricé la carga de dolor, rabia, frustración… El desencanto porque estábamos en un sociedad rota. Eso fue lo que me salió de dentro”.

Ni los nacionalistas ahora consultados se explican la actitud de Ibarretxe en aquellas horas. A modo de disculpa, ensayan una excusa: “Debió de quedar paralizado, como le sucedió a Bush cuando le comunicaron el atentado contra las Torres Gemelas”.

Las relaciones entre Ibarretxe y los socialistas quedan marcadas. Lo recuerda Javier Rojo: “No rompimos las relaciones, pero desde entonces han sido muy frías. Nada que ver con la relación que mantuvimos con Garaikoetxea y Ardanza”. Lo sucedido supone un golpe tremendo para el lehendakari. Pero, lejos de reconocer el más mínimo error, atribuye todo lo sucedido a una trama urdida por los socialistas contra él.

ETA sigue matando. Después de Buesa caen José Luis López de Lacalle, Juan Mari Jáuregui y concejales del PP y socialistas… Ibarretxe no tiene más remedio que romper con Batasuna, pero no cambia su esquema de alianzas. No aprovecha el momento para intentar recomponer las antiguas relaciones con los socialistas. Sencillamente, se queda a solas con los suyos. Sus apoyos se circunscriben a PNV, Eusko Alkartasuna y Ezker Batua (la marca vasca de Izquierda Unida).

Ibarretxe intenta enmendar su actuación tras el asesinato de Buesa y, un año después, pone en marcha la dirección de atención a las víctimas del terrorismo. La viuda del socialista Jáuregui, Maixabel Lasa, se hace cargo de la dirección y emprende con ahínco la tarea de apoyo y reconocimiento a las víctimas. Pero actúa casi de forma autónoma. Lo explica un alto dirigente del Gobierno vasco: “Ibarretxe tolera a Lasa sus iniciativas, como los actos de reconocimiento público a las víctimas, pero no incorpora ese espíritu a su propio discurso”. El lehendakari, pese a su dominio de las distancias cortas, no consigue quitarse el estigma de corazón de hielo que adquirió aquel 22 de febrero en que mataron a Buesa.

A principios de 2001 convoca elecciones para el mes de mayo. Ya ha sufrido dos mociones de censura de PP y PSOE y, al carecer ya de la mayoría que le brindaba Batasuna, consigue aprobar los Presupuestos con muchos apuros. El clima preelectoral hace saltar chispas. Todo el país está pendiente del País Vasco. El socialista Nicolás Redondo y el popular Jaime Mayor Oreja se conjuran para expulsar al PNV del poder. La campaña de Ibarretxe se fundamenta en advertir a los suyos de la invasión de los partidos constitucionalistas, apoyados en lo que dirigentes nacionalistas no tardan en denominar “Brunete mediática”. El efecto es una crispación sin precedentes y una movilización por ambas partes. Pero la noche de las elecciones es Ibarretxe quien desequilibra la balanza a su favor. Gana por 25.000 votos. Los suficientes para sacarlo del acorralamiento y elevarlo a la gloria. Arzalluz, que llegó a estar convencido de la victoria constitucionalista, convierte a Ibarretxe en el líder del nacionalismo vasco. Es el premio por salvar al PNV de la ruina. Ibarretxe acepta el premio y se dispone a disfrutarlo.

Emborrachado por la victoria electoral, abre una nueva etapa en la que empieza a plasmar su primer plan soberanista. El llamado plan Ibarretxe, muy similar al que el próximo viernes presentará para su aprobación en el Parlamento vasco. Según Ramón Jáuregui, Ibarretxe “perdió su última oportunidad de ser el lehendakari de todos al interpretar los resultados electorales como un mandato exclusivo del nacionalismo. Fue incapaz de reflexionar sobre la necesidad de un pacto entre nacionalistas y no nacionalistas. Es el responsable del salto regresivo que ha dado el PNV: de partido autonomista y defensor de la unidad contra ETA a convertirse en un partido soberanista y romper la unidad antiterrorista”.

Ibarretxe empieza a actuar de forma independiente, por encima de su partido. El plan soberanista lo acuña sirviéndose de asesores externos, nacionalistas independientes como el científico Pedro Miguel Etxenique; los profesores José Manuel Castells, Ramón Zayo y Javier Elzo; el abogado Martín Auzmendi; el entonces coordinador de Elkarri, Jonan Fernández, y el obispo José María Setién. Ni la incorporación a finales de 2003 de la figura de Josu Jon Imaz -más partidario del entendimiento con los socialistas- a la presidencia del PNV, ni la victoria electoral de José Luis Rodríguez Zapatero en abril de 2004 le hacen apartarse un milímetro de su proyecto soberanista. En seis años, el técnico sin excesivo interés por la política, guardián de su independencia dentro del PNV, se ha convertido en depositario de las esencias soberanistas. En febrero de 2005, Zapatero y Rajoy se ponen de acuerdo para rechazar su plan en el Congreso. Al día siguiente, Ibarretxe convoca elecciones para el mes de abril. Aunque vuelve a ganar, queda debilitado.

Desde que accedió a la presidencia del Gobierno vasco hasta ahora, la época en la que la figura de Ibarretxe ha brillado menos ha coincidido con el periodo de tregua de ETA -de marzo de 2006 a junio de 2007-. Una vez rota la tregua, en cuyo proceso no participó en ningún momento, el lehendakari acude a La Moncloa. Le confiesa a Zapatero que en septiembre de 2007 va a presentar su propio plan “de pacificación y normalización” con un marcado contenido soberanista. La decisión sin fisuras de Ibarretxe provoca la marcha de Imaz, que decide quitarse de la circulación para no romper el partido. Se puede decir que es la primera vez en la historia del PNV que una sola persona aglutina todo el poder. Y que, además, esa persona lo hace prácticamente en solitario. “Ibarretxe se vuelve cada vez más mesiánico y más autista”, reconoce un dirigente nacionalista. “Sólo se rodea de quienes le dan la razón”. Su equipo se circunscribe a un grupo de incondicionales, como su secretario general, Jesús Peña; su jefe de prensa, Joseba García Bengoetxea, y su jefa de protocolo, Begoña Revuelta. Esto no es óbice para que el apoyo de las bases nacionalistas siga siendo muy importante. El pásado sábado, en un acto en Barakaldo, Ibarretxe -acompañado de Iñigo Urkullu, sucesor de Imaz- fue con mucho el más aclamado.

¿Qué pretende Ibarretxe patrocinando una consulta que, casi con toda seguridad, nunca se celebrará por ilegal?

La sensación dentro y fuera del PNV es que es el último intento de salvar su Gobierno mediante una estrategia similar a la que en 2001 le deparó tan buenos resultados. Aparecer como defensor de los intereses del pueblo vasco frente a la opresión del centralismo de Madrid. Después de los buenos resultados cosechados por los socialistas en las últimas elecciones municipales y generales, el desafío de Ibarretxe puede no ser más que un intento de decir a sus votantes: “O yo, o ellos”.

Lo más dramático para Ibarretxe, y sobre todo para la multitud de nacionalistas cada día más reacios a coquetear con las marcas de Batasuna, es que la aprobación de la consulta en el Parlamento depende de lo que hagan las diputadas del Partido Comunista de las Tierras Vascas. O lo que es lo mismo, el futuro de Ibarretxe está condicionado por lo que decida ETA. Si pierde la votación tendría que adelantar las elecciones, y si es fiel a su palabra, se vería obligado a abandonar la política. Si gana, tendrá que agradecérselo a los votos de Batasuna. Como en 1998 salvo en un detalle. Entonces ETA no mataba. Ahora, sí.

Juis R. Aizpeolea y Pablo Ordaz, EL PAÍS, 22/6/2008