Ignacio Camacho-ABC
- El compromiso de defensa tiene para Pedro una vertiente antipática. Su problema no es con Trump sino con la Europa comunitaria
A Sánchez le vienen bien las críticas de Trump, un personaje cuyo carácter errático ha empezado a causarle desgaste incluso ante sus propios votantes norteamericanos. El ataque exterior siempre provoca un cierto grado de cohesión nacional, como ha demostrado el choque con Meloni entre los italianos, aunque a efectos electorales –los únicos que le importan a nuestro presidente, junto a los judiciales– tenga escaso impacto. La gente se ha acostumbrado a que el mandatario de la Casa Blanca se descuelgue a menudo con salidas de pata de banco que por lo general se quedan en meras bravatas sin efecto práctico. En el caso español, además, el estadounidense está mal informado; es verdad que el Gobierno arrastra los pies a la hora de cumplir con la OTAN, pero al final ha aumentado el gasto en defensa hasta los 35.000 millones al año. Eso sí, incluyendo un concepto como el de seguridad, de alcance mucho más amplio, donde pueden caber la Guardia Civil, la cibertecnología o los guardabosques del Pardo.
La cuestión de fondo, o sea, la categoría, tiene poco que ver con la anécdota. La clave es mucho más profunda y parte de un cambio de paradigma global en las relaciones geoestratégicas. Se trata simplemente de que la doctrina oficial de Estados Unidos ha dejado de considerar prioritaria la escena europea. No les faltan motivos; su reto es la creciente aspiración hegemónica de China y el incremento vertiginoso de sus esferas de influencia, no sólo en Asia sino en extensas zonas de África y Sudamérica. (De ahí, por ejemplo, la intervención en Venezuela). Trump no considera a Putin un enemigo, al menos no principal, ni una amenaza verdadera, y sabe que a su elector tipo le preocupan poco o nada las veleidades imperialistas de Rusia en Ucrania, Polonia, Finlandia o Suecia. El esfuerzo militar yanqui tiene otras preferencias y necesita detraer de la Alianza el dinero para atenderlas, lo que significa que los demás socios atlánticos deberán preocuparse de la protección de sus propias fronteras.
Esta obligación tiene para Pedro una vertiente antipática. El problema no es con Trump sino con Europa, donde su impostura pacifista choca con la realidad de una mayor demanda de inversión armada y el consiguiente compromiso que el resto de las naciones comunitarias, proveedoras de importantes ayudas a España, sí están abordando más o menos a rajatabla. Al trantrán y con absoluta falta de transparencia –y de ley presupuestaria– ha subido las partidas sin que la extrema izquierda le dé con la pancarta del ‘No a la guerra’ en la cara para no desestabilizar más una coalición de poder ya bastante desestabilizada. Pero si va más lejos la opinión pública, o la parte de ella que le interesa, se apercibirá de la trampa. Que cumpla el próximo Gobierno, si hay alternancia. De momento es mucho mejor que el hombre del pelo naranja lo apostrofe en voz alta. Una manera fácil de obtener relevancia y de paso aminorar la vergonzante punzada del asiento vacío de Begoña en el coche presidencial de Ankara.