Francesc de Carreras-El Confidencial

 

  • «El Estado soy yo», dijo Luis XIV de Francia en frase célebre. En estos últimos años, incluso el lunes pasado, Pablo Iglesias nos venía siempre a decir: «La izquierda soy yo»

A veces, muy de vez en cuando, la política española da alguna alegría. La salida del Gobierno de Pablo Iglesias, sus causas y consecuencias, es una de esas raras ocasiones. Hay motivos para estar satisfechos.

Iglesias se va en el punto culminante de su desprestigio. Creó un partido aprovechando los rescoldos del 15-M, un movimiento de protesta acéfalo, acaecido en 2011, que no encontró cauce político hasta 2014 bajo su indiscutible liderazgo. Eso hay que reconocerlo. Pero una vez en la cumbre, pronto se dedicó, de forma paciente pero sistemática, a destruirlo.
Se deshizo inmediatamente de sus compañeros iniciales (especialmente significativo es Errejón), fue cambiando de ideas en busca de nuevos votos y alianzas (nacionalistas de distinto pelaje), centralizó y burocratizó un partido que en principio pretendía estar abierto a sus bases (ha sido caudillo único), en su vida privada se comportó como un pequeño burgués con pretensiones de ascenso social (desde Vallecas a Galapagar), muy legítimo por cierto, pero entonces no puedes ir de chulo dando lecciones morales por la vida.

Lo vieron pronto los españoles, se reflejó elección tras elección en los descensos de voto a Podemos. Sus muy diversos aliados en España le fueron abandonando (Valencia, Madrid, Galicia, Andalucía) —perdió Madrid a manos, nada menos, que de Carmena y Errejón— cada vez metía la pata de forma más clara y visible, todos nos dábamos cuenta excepto quizás su mujer que, por otro lado, el lado del feminismo, también la metía.
Sin embargo, tuvo una ocasión de remontar cuando Pedro Sánchez invitó a Podemos para formar un Gobierno de coalición en enero de 2020. Pero en este largo año su prestigio no ha hecho más que disminuir, incluso aceleradamente. Iglesias ha demostrado ser un demagogo populista sin ninguna idea sobre lo que es gobernar en una democracia, con una deslealtad continuada hacia su socio mayoritario de gabinete.
El último episodio es de traca. Siendo todavía vicepresidente segundo, sin consultar al Presidente, el lunes pasado anunció por video que se presenta a las elecciones de la Comunidad de Madrid encabezando una lista de izquierda junto con Más Madrid, que Yolanda Díaz le sustituirá en la vicepresidencia segunda, a la vez la designa como futura candidata a la presidencia del Gobierno en nombre de Podemos, cuando ni siquiera es de Podemos. En este video refleja su autoritarismo (él decide quién ha de sucederle en el partido), su desprecio por las instituciones (designa sucesora en la vicepresidencia cuando es una potestad exclusiva del presidente del Gobierno) y su escaso sentido de la realidad (proponerse a Más Madrid como candidato a presidir una lista electoral conjunta).Todo le ha fallado. Su presentación como candidato es probablemente una huida premeditada, si no tiene todo el poder, la política no le interesa, es algo muy propio de los populistas, la oposición no es su objetivo, el objetivo es mandar. En estos momentos, según las encuestas, es muy factible que no rebase la barrera del 5% y no salga ni siquiera diputado. Sería otra buena noticia, por dos razones.

La primera, quien le reemplaza en el Gobierno Sánchez, aunque desempeñando la vicepresidencia tercera, es una señora que ha demostrado en este último año, cuando el Ministerio de Trabajo ha estado en el centro de la convulsa situación social creada por la pandemia, que sabe pactar, que huye del protagonismo mediático, del griterío y el histrionismo. En definitiva, que entiende de política. Por tradición familiar ha oído hablar de las luchas de Comisiones Obreras bajo el franquismo —su padre fue fundador de Comisiones en la reunión clandestina de Barcelona el año 1964— y tiene la mentalidad de los comunistas de aquellos años, en Italia, en Francia, también en España: un sindicalismo de pactos donde lo mejor para los trabajadores es lo posible, no un ideal inalcanzable que se esgrime para hacer demagogia. Manuela Carmena también pertenecía a esta tradición.

En fin, Yolanda Díaz, de profesión abogada laboralista, es una ministra que ha sabido ejercer con creces sus funciones de gobierno, puede entender los condicionantes y límites de un Ejecutivo de coalición y sabrá dialogar con sus homólogos europeos y con los técnicos de Bruselas e inspirar la necesaria confianza para que se utilicen bien los fondos de ayuda. Todo puede suceder, pero, en principio, que sustituya a Iglesias en Podemos es una buena noticia porque no tiene, creo, el espíritu populista de este partido, del cual ni siquiera forma parte.
 La segunda buena noticia es la candidata de Más Madrid, la doctora Mónica García, una médica con acreditada experiencia política madrileña que en un video ya de campaña le ha dado un sutil pero claro vapuleo a Pablo Iglesias diciendo, entre otras cosas, que a la ya difícil situación actual no es preciso «sumarle ni más frivolidad, ni más espectáculo, ni más testosterona».
 

A la ya difícil situación actual no es preciso «sumarle ni más frivolidad, ni más espectáculo, ni más testosterona»

No se puede decir más, ni de forma más elegante, con un menor número de palabras. Ha retratado a Iglesias con exactitud: por fin alguien de la izquierda se atreve con el macho alfa de la política española. Más Madrid puede crecer y, sobre todo, entenderse con un nuevo Podemos si al fin se libran del asfixiante poder de Iglesias. Un partido no populista a la izquierda del PSOE sería conveniente para la estabilidad de nuestro sistema político.
 «El Estado soy yo», dijo Luis XIV de Francia en frase célebre. Tenía razón: aquello era un Estado absoluto. En estos últimos años, incluso el lunes pasado, Pablo Iglesias nos venía siempre a decir: «La izquierda soy yo». No tenía razón, por fin se ha descubierto. La izquierda no es populista, por tanto, la izquierda no es él.