LA MELODÍA DEL DESENCANTO

ABC-IGNACIO CAMACHO

El populismo avanza ante la infantilización de un electorado incapaz de comprometerse con su propio sufragio

LA trivialidad posmoderna ha transformado la política en una variante más de la sociedad del espectáculo, donde priman sobre todo las emociones de los ciudadanos. Como suele decir Juan Pablo Colmenarejo, la responsabilidad del voto, que es la base del ejercicio democrático, ha devenido en una reacción fácil a estímulos primarios, similar a la de quien pulsa un like en Instagram o Facebook. Divertirse hasta morir, escribió el sabio Neil Postman cuando la Triple W apenas se había inventado: riendo, riendo, haremos un selfi de nuestro propio naufragio. Éste es el tiempo en que la dirección del museo de Auschwitz ha tenido que pedir a los turistas que no se hagan fotos de poses frívolas ante los barracones del Holocausto.

En Ucrania, la primera vuelta de las presidenciales la ha ganado de largo un cómico sin mayor currículum que el de protagonizar una serie en la que un espontáneo llega, como el Míster Chance de Peter Sellers, a jefe de Estado. Además de ser el segundo país más pobre de Europa, Ucrania libra una guerra de baja intensidad con Rusia que se ha cobrado doce mil muertos y un millón de desplazados en cinco años. También hay una corrupción rampante que tiene hartos a los ucranianos y los ha echado en brazos del primer populista que han encontrado. Zelensky, que así se llama, promete referendos y presume de hablar claro. Ni siquiera es un antisistema; sólo un oportunista hábil para llegar a la gente y explotar su cansancio. Con Putin tan cerca no parece aventurado imaginar que en esas elecciones se cuezan guisos muy raros.

La política siempre ha tentado a figuras populares: actores, empresarios, advenedizos de toda clase y hasta payasos como aquel Coluche que desafió a Mitterrand aunque acabase apoyándolo. De esa tendencia surgió Reagan, un gigante de talento natural cuya aparente simpleza confundía a sus adversarios. Hace décadas se limitaban a cuestionar las instituciones a base de aguijonazos pero ahora se encaraman sobre ellas, como Trump, empujados por una confusa voluntad de cambio que pasa por encima de los partidos clásicos. Los politólogos interpretan el fenómeno como resultado del cansancio popular tras la crisis y sus estragos: una tesis que sin dejar de ser cierta elude la creciente infantilización del electorado, su pereza por el debate de ideas, su desvinculación progresiva con las consecuencias de un sufragio emitido con la ligereza descomprometida de un impulso automático. Se vota por desahogo, por ira, por impacto, por corazonada, por arrebato, y en ese clima de exaltación pasional sacan ventaja los demagogos que predican un populismo sin intermediarios.

El problema es que no hay nadie al otro lado porque los agentes políticos convencionales se sienten culpables de su fracaso. Y poco a poco van dejando el escenario a los arribistas que tocan con su flauta de Hamelin la melodía del desencanto.