JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS-EL CONFIDENCIAL

  • Todo el montaje de este lunes es el camuflaje de la realidad más evidente que nos aqueja: España está en el desgobierno de Sánchez y Madrid, en manos de una presidenta inepta

Este lunes, Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso solemnizaron lo obvio. Practicaron la política del pleonasmo, es decir, de la redundancia. Tomaron la decisión de coordinarse —Administración general del Estado y Administración autonómica de Madrid— para combatir una pandemia que azota, con las peores cifras de cualquier región de Europa, la capital de España y toda su comunidad. Nos confirmaron así que, hasta el momento, ninguno de los dos ha cumplido con su obligación, que consiste en gobernar, cada cual en su ámbito, bajo el principio de solidaridad.

Y montaron un circo con una coreografía obscena: banderas por docenas, recibimiento a pie de calle, firma en el libro de recepción por el presidente del Gobierno, paseíllo por las estancias de la Real Casa de Correos —todo transmitido en directo por varios canales de TV— y comparecencia con rueda de prensa abundando en los mismos lugares comunes a que los discursos del uno y de la otra nos tienen acostumbrados.

Todo el montaje no es más que camuflaje de la realidad más evidente que nos aqueja: España está en el desgobierno de Sánchez y Madrid, en manos de una presidenta inepta. La resultante es que nueve de las 10 regiones europeas con mayor número de contagios son españolas y que la urbe más importante de España es la que ofrece las cifras más estremecedoras de entre todas las del continente. Por eso, además de por otras razones, la bolsa se desplomó y el ambiente social, de sordo cabreo, era perceptible en la calle. La ‘performance’ que se montaron los equipos dirigidos por Iván Redondo y Miguel Ángel Rodríguez, jefes de gabinete de Sánchez y Ayuso respectivamente, resultó un insulto a la inteligencia de la ciudadanía. Y si las redes sociales sirven como forma —siempre relativa— de termómetro social, el asunto era ‘trending topic’ a primera hora de la tarde. Y muy poco amable, por cierto.

Lo que acordaron este lunes los dos mandatarios no requería mucho más de una discreta entrevista entre el consejero de Sanidad de Madrid y el ministro de Sanidad. Todo lo demás sobraba: fue farfolla, es decir, cosa de mucha apariencia y poca entidad, para transmitir una ridícula e impostada sensación litúrgica de unidad, mientras el PSOE, UP y Más País convocaban manifestaciones en la calle y al tiempo que la presidenta de la comunidad no podía evitar referirse a esos sus mantras de argumentario, irritantes y fuera de lugar: los okupas, los menas y la delincuencia como coadyuvantes de la transmisión de la pandemia. Y ni una digresión sobre la concepción social que subyace en la adopción de medidas con evidentes encriptaciones excluyentes. La apelación a Madrid como un sinónimo de España resultó un exceso de Ayuso, que también reclamó —¿qué quiso decir?— para la capital la condición de “distrito federal”.

El acto —tan patético en su colorismo asiático como fastuoso frente a las miserias de tantos ciudadanos— disponía de una subtrama en la que se percibía una pelea de poder. Sánchez apareció como un ajeno a la tragedia —¡el presidente del Gobierno!— al modo de los ‘deus ex machina’ de las representaciones griegas, y Ayuso, sorprendida por los felinos reflejos depredadores de Iván Redondo en la Moncloa con su carta abierta del pasado viernes, le recibía como Cisneros al duque del Infantado: “Estos son mis poderes”. O, por mejor decir, mis oropeles. Un cuerpo a cuerpo innecesario, oportunista y desconectado de la realidad social.

Sánchez lleva en la presidencia del Gobierno desde junio de 2018. No ha aprobado todavía un Presupuesto (cosa inédita) y tampoco lo aprobará este año. Ayuso es presidenta de la Comunidad de Madrid desde agosto de 2019 y tiene mayoría absoluta en la Asamblea autonómica. Tampoco ha aprobado un Presupuesto. Ella se creyó llamada a confrontar con Sánchez con el respaldo adolescente y torpe de Pablo Casado cuando ni debía ni podía hacerlo. No debía, porque esa no era su función. No podía, porque carece de preparación y experiencia para librar semejante pelea.

Mientras Ayuso se ahogaba en su incompetencia, Sánchez observaba. Tiempo al tiempo. Cuando el agua le llegaba a la regidora al labio inferior, el jefe del Gobierno, aparentemente magnánimo, la ha rescatado subrayando que es el Moisés de Madrid, en donde su partido lleva más de un cuarto de siglo sin tocar poder. Ha sido un rigodón vengativo de Sánchez, respondido por un escenario glorificador del poder de Ayuso en la Puerta del Sol. Si no fuese tan seria esta desviación de los poderes de ambos, la representación sería uno de los peores ridículos de la política española de los últimos tiempos.

Hay que dar un paso más: la cogobernanza a la que alude Sánchez es una forma de ocultar, con un concepto etéreo, sin concreción jurídica, su huida sin ánimo de regreso (si la pandemia se lo permite) a los peores meses de su mandato: los que ha durado el estado de alarma. Y un correctivo a Ayuso y a los demás presidentes autonómicos que vieron en los apuros de gestionar la emergencia por la autoridad única gubernamental una oportunidad de mortificar al Consejo de Ministros.

Pero la farfolla sirvió para acreditar lo que ya se intuía: que España está en el desgobierno, vístase con 10 o con 100 banderas, como si de un acto a la coreana se hubiese tratado. O como un verdiano ‘Un ballo in maschera’ que —bella metáfora— los abucheos del público obligaron a suspender en el Teatro Real este domingo. Y es que el espectáculo está fuera del escenario porque la realidad acostumbra a superar la ficción.