José Alejandro Vara-Vozpópuli

  • “Democracia sí, Rey no”. Ya hay algún estudio de diseño gráfico que perfila los cartelitos por si las urnas

Tres horas dicen que se prolongó el encuentro de Felipe VI con Sánchez en La Zarzuela. Más o menos lo que La Odisea de Nolan. A algunos se les pudo hacer muy largo. El filme.  A otros, los más, la sentada entre el jefe del Estado y el Jefe del Ejecutivo. Estaba apalabrada desde antes del verano, confirman desde Moncloa. Nadie lo duda. Lo llamativo es que la conversación se celebró al ratito de que Sánchez le propinara al Rey tan tremendo puñetazo que aún resuena en los comentarios del lugar. Una trompada sobrevenida en dos tiempos, como aquellos ganchos temibles de Joe Louis. El primero al bazo y el segundo al mentón.  El primero: “Yo llevo ocho años gobernando. El Rey lleva 20 (sic). ¿Cuántas veces ha ido el Rey a Ceuta y Melilla? Ni una. Yo soy el presidente que más veces he ido allí”. El segundo: “Hay argumentos y razones para que por fin se concrete la visita del Rey. Y se hará cuando se den la condiciones para ello”.  O sea, primero reprocha al monarca que no va, dando a entender que es un descastado negligente que desprecia a su pueblo y luego se viene arriba para subrayar que el viaje se hará cuando él lo disponga, porque ¿de quién depende la agenda de La Zarzuela? Pues eso, Bretos, que no te enteras.

Un temario oculto

Es absurdo insistir en que Felipe VI fue proclamado hace doce años, De sobra lo sabe el interfecto. Y es de necios subrayar que los actos oficiales de la Corona han de ser refrendados por el Gobierno. La cuestión no es esa. Lo interesante es imaginar de qué pudieron hablar durante tres horas. Es evidente que las relaciones personales e institucionales entre ambos se deslizan por un sendero accidentado que conduce a un horizonte más que incierto. De la película de Nolan seguramente no hablaron. Ni siquiera del nuevo Real Madrid, porque ninguno de los dos es muy futbolero. Los trascendidos oficiosos deslizan que se trató del primer encuentro después del largo y accidentado verano y que había muchos asuntos pendientes en el menú de la conversación. Incendios, Ceuta, compromisos, visitas… Todo lo demás es literatura, pura ficción, una distopía a lo Phillip K. Dick, dados los tiempos alucinógenos que vivimos.

El Rey había mostrado su “preocupación e indignación” tras la avalancha de 80.000 personas, auspiciada desde Marruecos, que saltó la frontera en un santiamén sin que nadie se enterara. Ni policía española ni fuerzas marroquíes contuvieron a la marabunta. La primera porque no estaba y la segunda porque la animaba. Sánchez, en su desplazamiento al escenario invadido del 31 de julio, proclamó que se trataba de «un ataque, una violación de la integridad territorial de España». O sea que lo condenó con las palabras precisas y en el momento adecuado. Sólo le faltó mentar a Marruecos, cuidado que te pierdes. No lo ha vuelto a repetir. El relato oficial se centra ahora en lamentar la crisis humanitaria, la situación angustiosa de los pobrecitos migrantes que abandonan su países por motivos económicos, agradecer a Rabat su impecable colaboración y señalar a Musk, a Israel y a la  ’internacional ultraderechista’ de agresión.

El anuncio de lo que viene

La Corona es el nuevo objetivo de la tensión que anima los pasos de Sánchez. Ha destrozado todas las instituciones, salvo mínimos islotes como jueces, fiscales, policías, escasos medios de comunicación que resisten la embestida. La Monarquía es la última trinchera a ocupar para así acomodarse plácidamente en su poltrona vitalicia de la que no piensa despegarse in secula

De los que decían “es imposible que pacte con Podemos”, “jamás meterá a Pablo Iglesias en su Gobierno”, “no habrá referéndum en Cataluña”, “los separatistas no intentarán un golpe de Estado”, “¿indultos?, vamos hombre”, “no aprobará la amnistía”, llega ahora “no se atreverán con el Rey”, esa inquietante película cuyo trailer se vio este lunes en la deposición del faro de todas las vanguardias ante el micrófono de la radio sumisa, con esa vocecilla de sacristán onanista que dispensa al auditorio cuando el volumen de su patraña supera los límites de lo digerible.

Democracia sí, Rey no

Nunca ganaría unas elecciones que se celebraran correctamente, sin trampas ni nietos. Es decir, antes del 22 de agosto y bajo las garantías democráticas correspondientes. “Terminaré la legislatura como siempre hemos hecho”, insiste al semoviente, inquirido sobre el particular. En el 23 las adelantó y convocó en mitad de julio. No ganó pero no le fue mal. La tensión ceutí, que no se esfumará hasta dentro de mucho, y que irá a peor porque ese es el plan, animará soluciones impensadas, como la suspensión temporal de los comicios por causa de fuerza mayor. Lo contaba aquí el director de Vozpópuli. En una situación de extrema tensión social, de convulsiones excepcionales, de generalizada inquietud, de enorme riesgo de violencia no se pueden celebrar una elecciones libres y democráticas. Será preciso proclamar alguna suerte de estado de alarma, de excepción o de sitio -lo que haga falta Bolaños, míralo con Pumpido– para abortar el limpio discurrir del calendario. Y se aplazarán las urnas hasta que tengan armado el segundo escenario, es decir, el de hacer de las elecciones un referéndum monarquía/república bajo el eslogan de “Democracia sí, Rey no”. Ya hay algún estudio de diseño gráfico que perfila los cartelitos. El logo de la infamia. La cartelería de la traición. O sea, llevarse por delante todo resquicio de cuanto aún pervive del edificio del Estado.

No puede pisar la calle

La campaña ya ha empezado. Resulta inquietante reconocerlo pero es así. Fue Puente, donde el mal es más mal que en parte algunael primero en dar el paso. Ya le siguen algunos oros especímenes de la jauría, quizás con menos facundia y salero para el ladrido. Es una estrategia desesperada, pero no hay otra. El rebaño socialista, tan fanatizado, ni se pregunta por qué su jefe trata peor al Rey de aquí que al de abajo, ese satrapilla Mohamed. Compra sin pestañear la teoría de los pobrecitos refugiados y la respuesta facha de los ceutíes, que, claro, votan al PP.

Sobre el ‘no’ a la Monarquía habría que verlo. Sánchez no puede pisar la calle y Felipe VI es posiblemente el personaje político más popular del momento, sin necesidad de aparecer en tiktok aconsejando músicas diversas.  Tampoco los urdidores de los relatos del Ala Oeste se muestran en plena forma. A lo largo de todo agosto no fueron capaces de contrarrestar la lluvia de tremendas imágenes de la población ceutí aterrorizada ante la procesión incesante de tanta gente ignota. Un goteo imparable y creciente. 

No hace falta referirse a la profusa dedicación a este desgarrador episodio, con tintes apocalípticos, por parte la prensa internacional que aquí solo leen los ochocientos asesores de Sánchez, pero algo pesa. Esos vídeos sin fin de contingentes infinitos de zombis cejijuntos irrumpiendo en filas interminables ante el asombro espantado de la gente del lugar, una pequeña ciudad tranquila y casi olvidada, ha producido un efecto de estupefacción extramuros de este país tan ineficiente que ni siquiera rima con doliente.

Quizás el lunes en La Zarzuela no se habló de La Odisea. Peor para Nolan. Pero es muy posible que a una mayoría de españoles no les desagradaría ver al Rey transformado en un valeroso Ulises lanzando flechas y lanzas contra la densa banda de acosadores y forajidos que pretende tomar al asalto esa Penélope casi indefensa que es la Corona.