ABC-IGNACIO CAMACHO

El espectáculo de inoperatividad de los nuevos partidos está apuntalando el maltrecho prestigio de los antiguos

SALVO que las convoque de facto Pablo Iglesias en un ataque suicida de soberbia, las elecciones no se van a repetir porque Sánchez no se fía, acaso con razón, de su siempre imprevisible efecto de ruleta rusa de la política. Las encuestas le predicen un triunfo más amplio, pero teme que el obstruccionismo de Podemos provoque la desmovilización de la izquierda mientras en el bando contrario muchos votantes parecen haber aprendido en abril la lección negativa de la fragmentación de fuerzas. Donde sí existe una probabilidad razonable de volver a las urnas es en la Comunidad de Madrid, debido al cada vez más difícil entendimiento entre Vox y Ciudadanos. Los vetos del segundo y los órdagos del primero complican demasiado la perspectiva de un acuerdo. Si se produce un bloqueo, el PP estará ante lo que ahora se llama un win-win, una doble opción de ventaja: puede ganar creciendo en votos y escaños… o incluso perdiendo el Gobierno, aunque a los dirigentes del partido les cueste asumirlo en este momento.

Salir del poder en la autonomía madrileña tendría un coste enorme en efectos inmediatos, un auténtico ERE en una organización a la que ahora no le sobran precisamente altos cargos, pero ese terremoto político supondría una inversión segura a largo plazo. Si el desencuentro entre Vox y Cs tuviese como consecuencia un desalojo de la derecha en un territorio de tanta potencia simbólica, el debate sobre el liderazgo nacional de la oposición estaría cerrado para varios años a favor de Pablo Casado. Nada le podría beneficiar más que la cruda evidencia de los perjuicios prácticos de la división del sufragio: ni siquiera un pacto inestable y mal apuntalado, siempre pendiente de la segura bronca en que los socios centristas y radicales se enredarán tarde o temprano. La reunificación del espacio liberal conservador no vendrá de ninguna alianza forzosa: la tiene que efectuar el electorado cuando se convenza de la inutilidad del voto fraccionario.

En ese sentido, el espectáculo de indecisión, cordones sanitarios, gestos de altivez y tabúes cruzados ya ha empezado a estructurar una recomposición tardía del clásico bipartidismo. Buena parte de la opinión pública se está convenciendo de que los nuevos agentes públicos no resultan operativos, que se comportan con solvencia escasa, que sólo parecen atentos a fatuos alardes propagandísticos y que, varios años después del alumbramiento de hasta tres partidos distintos, la gobernabilidad de la nación continúa en manos del nacionalismo. Es decir, que estamos en el mismo sitio pero sobre un tablero más precario y movedizo.

El problema es que esta clase de procesos los solemos comprender cuando ya no hay oportunidad –salvo una improbable segunda vuelta– de cambiar de criterio. Valdría la pena correr ese riesgo si algún líder al menos fuese capaz de aprovecharlo mostrando un atisbo de pensamiento estratégico