Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  • La ley de hierro de las oligarquías parece imponerse por encima de cualquier intento de fomentar la participación en sentido ascendente

El sistema político, institucional y social que se diseñó en la Transición y que quedó plasmado normativamente en la todavía vigente Constitución de 1978 tiene dos defectos estructurales que han sido reiteradamente señalados por estudiosos y comentaristas, un modelo territorial disfuncional, divisivo e ineficiente, alimento y estimulo de separatismos, y un Estado partitocrático, es decir, la invasión de los todos resortes de la Administración, de los órganos constitucionales y reguladores, de las empresas públicas, de los medios de comunicación e incluso del poder judicial, por los partidos, notablemente por las dos fuerzas sistémicas, convertidas en organizaciones centralizadas, burocratizadas y financiadas mayoritariamente por la Hacienda pública. 

Toques vodevilescos

Esta segunda característica es profundamente nociva para la calidad democrática del sistema y sus efectos pueden ser devastadores. Hoy asistimos consternados al espectáculo bochornoso de un Tribunal Constitucional, un Consejo de Estado, una AIREF, un CIS, una CRTVE, un Banco de España, serviles ante el Gobierno, que hace y deshace también en gigantes del IBEX como Telefónica, Indra o Redeia, con absoluto impudor y descarada prepotencia. Este aprovechamiento en beneficio propio de organismos, instituciones, televisiones y entes judiciales que deberían ser escrupulosamente independientes pervierte el normal desarrollo de la vida pública, desmoraliza a los ciudadanos informados y favorece todo tipo de abusos, corruptelas y trapacerías. El colmo con toques vodevilescos ha sido la contratación por empresas estatales de medias virtudes carnalmente unidas al ministro de turno que no se dignaban ir a trabajar o el manejo de las palancas de diversos departamentos gubernamentales por un iletrado antiguo portero de discoteca que se relacionaba con la presidenta del Congreso, ministras varias y máximas responsables de grandes compañías con expresiones tan elocuentes como “cariño”, “te quiero mucho”, “te voy a querer siempre”, “bonita” o, ya en un desbordamiento afectivo, “estás buenísima”.