La pena de Murcia

EL MUNDO 27/03/17
SANTIAGO GONZÁLEZ

QUIZÁ se equivocó Machado y no fue Madrid el rompeolas de todas las Españas, sino Murcia. Albert Rivera eligió la huerta del Segura como escenario para una gran batalla política y allí se han dado cita todos los oportunismos y todas las incompetencias. Ningún heroísmo, es el signo de los tiempos.

En la Asamblea Regional de Murcia hay 22 diputados populares, 13 del PSOE, 6 de Podemos y 4 de Ciudadanos. No era fácil que Rivera, con esos cuatro escaños, marcara la política en el parlamento de Cartagena. No hay costumbre. Cuando un mino tiene una ocurrencia útil, los mayoritarios la dejan pasar para hacerla suya unos meses después. Ha hecho falta menos tiempo para esta pena de Murcia. Presionaba C’s con una moción de censura para obligar al PSOE a aceptar su concepto de la moción instrumental, en la que el candidato redujera su programa a un solo punto: convocatoria de nuevas elecciones. Cualquier ciudadano que tenga más años que los dirigentes de los partidos emergentes recordará que al introducir esta figura en la Constitución, se optó por la moción constructiva, el modelo alemán. No sería un mero instrumento tumbagobiernos, como en la muy inestable República de Weimar. La oposición estaba obligada a proponer un candidato con su programa y su canesú.

C’s quiso presionar al PSOE, pero los socialistas le han madrugado la iniciativa presentando una en plan estrictamente constructivo. Cómo se puede llamar constructivo a un plan de Gobierno que incluya a Podemos es otro cantar. Y le ha dejado a Albert Rivera en la posición incómoda que él mismo ha buscado con tanto afán: haga lo que haga, pierde. El PSOE le da a elegir entre hacer el ridículo y asumir el coste del fracaso de la moción y el suicidio político de apoyar un Gobierno impulsado por Podemos.

Sánchez aceptó lentejas, pero es poco serio que Ciudadanos haya sacado adelante hace 34 días una Ley contra la corrupción muy razonable que establece la separación del cargo en el momento del procesamiento y pretenda que prevalezcan tratos anteriores, fijando la salida del cargo en el momento de la imputación o investigación.

No pondré la mano en el fuego, ni por Sánchez ni por quien lo ha denunciado 17 veces, sin que prosperase ninguna de las 16 ocasiones anteriores. A ver si la 17, aunque un prudente cálculo de probabilidades no permita descartar que ahora pase lo mismo. El ridículo sería mayúsculo si en los días que faltan hasta celebración de la moción, el juez desimputa al presidente murciano, que todo podría ser. Para qué las prisas, hombre. ¿No habría sido mejor esperar a la resolución del juez?

Claro que aún cabe la posibilidad de que a la decimoséptima vaya la vencida y esta vez el juez abra juicio oral contra Pedro Antonio Sánchez y entonces habría podido Albert ajustar todas las piezas y cumplir la propia ley impulsada por Ciudadanos. Con las mañas del juez Castro podríamos elevar a aforismo del Derecho el refrán «cuando el río suena, agua lleva». No es tan importante que las 16 denuncias anteriores contra Sánchez hayan sido archivadas, como el hecho de que tenga encima 16 denuncias. Los principios del Derecho los define Castro, Vidal redacta constituciones, Estevill protege los derechos de los investigados y la presunción de inocencia está en manos de calceteras. A Ciudadanos solo le puede salvar de este ridículo el PP, si presenta entre hoy y mañana una moción de censura propia, con un candidato distinto a Sánchez, aunque para eso tiene que temerse la victoria del PSOE-Podemos-C’s, cuestión no muy probable por el momento, pero tampoco imposible. Habrá que verlo.