Ignacio Camacho-ABC

  • No había secretos escondidos. Por una vez la Historia de España fue como la merecíamos

Una declaración de secreto oficial genera siempre una gran expectativa. Las teorías conspiranoicas, las sospechas oblicuas y todo ese afán esotérico que nutre la agitación populista. Pero los documentos clasificados del 23-F no sólo no han descubierto nada relevante sino que buena parte de su contenido ya estaba publicado desde hace muchos años en investigaciones académicas o periodísticas. Si quieres guardar un secreto en España escribe un libro, decía Azaña con esa amarga ironía suya de ilustrado devoto de causas –y de guerras– perdidas. Aun así seguirá habiendo un significativo número de españoles aferrados a sus realidades alternativas, empeñados en la existencia de una intriga ocultada por el Estado profundo para proteger a la monarquía.

A los que vivimos aquellas horas de zozobra aún nos cuesta creer que la recién nacida democracia estuviera a punto de irse al traste en una conjura tan chapucera. Hoy resulta fácil tomar a broma la evocación retrospectiva de una mezcla de farsa y tragedia, con su imaginería entre lorquiana y valleinclanesca, con los ribetes de España negra que tanto llamaron la atención de la prensa extranjera. Pero fue así, tal cual; los tiros en el Congreso fueron de verdad, como el bigote y el tricornio de Tejero, como los tanques de Milans del Bosch en Valencia. La aventura ejemplar de la Transición, el pacto constitucional, la reconciliación entre los bandos de la guerra, estuvieron a pique de un repique en medio de una caricatura esperpéntica.

Y sí, claro que tuvimos miedo. Como para no tenerlo. En las calles se hizo de pronto un silencio tenso. Los bares se vaciaron, bajaron las persianas de los comercios, la gente caminaba de prisa, con la mirada en el suelo. El apagón televisivo incrementaba el desconcierto. Los militantes o simpatizantes de la izquierda no contestaban el teléfono. En las redacciones de los periódicos se esperaba la aparición de piquetes militares en cualquier momento. Sólo la radio, la bendita radio, mantenía un canal de información abierto. Era como si los viejos demonios del enfrentamiento resurgiesen por un agujero siniestro. Y no había nada que hacer, salvo esperar o, en el caso de los más comprometidos con la política, salir corriendo.

Cuando se supo que el Rey iba a hablar empezó a cambiar el ánimo. El golpe olía a fracaso, aunque aún cabía la posibilidad pesimista de que la Corona consumara el cuartelazo. Era muy tarde, nadie dormía y a través de las ventanas de las casas podían verse los interiores iluminados. De madrugada, tras el discurso, las luces domésticas se fueron poco a poco apagando. Faltaba el desenlace pero ya todo el mundo entendió que el peligro había pasado. En los autobuses del alba se percibía el alivio en las caras somnolientas camino del trabajo. Y no ha habido en los miles de papeles publicados desde entonces un atisbo demostrable de duda sobre el papel de Juan Carlos. Por una vez la Historia fue como la merecíamos. Sin misterios opacos que enturbien la limpieza del relato.