ABC-IGNACIO CAMACHO

El final de la violencia ha dejado intacto el tejido afectivo de miseria moral en que se asienta el micromundo de ETA

EL Mal no sólo existe, sino que a veces, a menudo incluso, vence. Y no sólo vence en los grandes dramas de una Historia salpicada de atrocidades impunes y forjada a base de bárbaras matanzas, sino que en muchas ocasiones obtiene su triunfo escondido bajo las realidades ordinarias, en el silencio de las rutinas cotidianas. Puedes comprobarlo en los homenajes que ciertos pueblos vascos tributan a los excarcelados etarras. Mira las fotos: verás a familias con niños, a abuelos risueños, a maduras amas de casa, gente corriente que jalea el retorno de los asesinos como supervivientes de una gloriosa batalla. En esa atmósfera festiva, en ese júbilo vecinal de banderitas y cohetes, late la sórdida miseria moral que Fernando Aramburu retrató en «Patria»: la complicidad con el odio, la ausencia de piedad, el desinhibido orgullo de clan refractario a la compasión o a la nobleza de alma; la deshumanización del otro, la violencia incrustada como un tumor en el organismo de la vida comunitaria. Obsérvalos: reciben con sonrisas de empatía y de afecto a criminales incapaces de arrepentirse de haber disparado a sus víctimas por la espalda. Y en la normalidad siniestra de su jovial rito de bienvenida solidaria brilla la arrogante exhibición de una conciencia de insensibilidad pétrea, de una podredumbre interior acorazada. Fíjate en la alegre naturalidad de sus caras: es esa expresión ausente de sentido de culpa la que dibuja el rostro más sombrío de la infamia.

Ése es el fondo amargo del problema, más allá de la humillación que el enaltecimiento de los verdugos inflige a una sociedad democrática indefensa ante la reiteración tolerada de la afrenta. La cuestión esencial consiste en que el final de la violencia ha dejado intacto el tejido social en el que se asentaba el microcosmos tenebroso de la ETA: sus redes afectivas, sus estructuras identitarias, su discurso tribal de superioridad étnica. En que la derrota policial y judicial no ha provocado en ese entorno un sentimiento de pérdida, ni de desengaño, ni de arrepentimiento, ni mucho menos de vergüenza. En que la presencia institucional de los testaferros de la banda otorga a sus partidarios una percepción de legitimidad perversa para considerarse a salvo de cualquier contingencia. En que la victoria del Estado, en suma, ha quedado incompleta porque existen territorios donde, como ocurre con la mafia en la Sicilia irredenta, perviven los lazos emocionales y políticos del terrorismo al abrigo de una especie de protectorado, de coto o de reserva. Y en que el Gobierno normaliza a los continuadores del proyecto de exclusión, acepta, como la semana pasada, sus lecciones y consejos sin réplica y se apoya en ellos (Navarra) a modo de muleta. No te extrañes de que reciban a los pistoleros como hijos pródigos de vuelta; lo raro es que no les concedan –está por ver– honores de héroes de guerra.