IGNACIO CAMACHO-ABC

  • La izquierda ha entendido la relevancia del entretenimiento como herramienta política con la que irradiar ideología

Más allá de la indisimulada intención de acentuar (¿más?) el control de la televisión pública, que ha provocado en el Ente (curiosa denominación) una polémica interna saldada con la destitución de su presidenta; más allá incluso de este sorprendente apartamiento de Elena Sánchez por no ser lo bastante obediente y defender un mínimo, insignificante territorio de independencia; más allá de todo eso, el conflicto sobre la contratación de David Broncano revela una de las claves maestras de la hegemonía comunicativa de la izquierda. Todos los gobiernos de cualquier signo tienden a considerar RTVE como un ministerio más, un apéndice de su maquinaria propagandística, pero por lo general se limitan a ejercer influencia directa sobre los telediarios y demás espacios de programación informativa. El Ejecutivo sanchista, sin embargo, es el primero que ha entendido la relevancia del entretenimiento como herramienta política o, más exactamente, como artefacto de difusión de ideología.

Los dueños de las grandes productoras norteamericanas lo comprendieron mucho antes. Los contenidos de la ficción cinematográfica y televisiva –donde las series han adquirido un papel cenital– son correlatos nada disimulados de los valores morales, identitarios, culturales o sociales impulsados por unas élites dominantes conscientes de que la línea editorial de los noticieros no basta para consolidar marcos de pensamiento eficaces. En España, sin embargo, aún prevalece entre la clase dirigente la obsesión por acaparar minutaje y protagonismo en los titulares, pese a la evidencia de que esa recurrente omnipresencia sólo contribuye a incrementar su desgaste. Sólo desde hace poco tiempo, y coincidiendo con el ascendiente en Moncloa de ciertos empresarios audiovisuales, ha empezado a cundir la idea de ocupar el ‘access time’ como plataforma óptima de lanzamiento de mensajes.

En ese contexto encaja el interés por incrustar a toda costa ‘La Resistencia’ en la parrilla de la primera cadena, una operación a la que el Ejecutivo ha concedido importancia estratégica. Broncano es un entrevistador brillante, irreverente, alternativo, con sentido del espectáculo y fuerte gancho en esas audiencias jóvenes inclinadas a la izquierda, un segmento donde a la política convencional le cuesta fidelizar clientela. Su millonario fichaje es un movimiento de réplica contra Pablo Motos, la figura televisiva que proporciona a Sánchez más dolores de cabeza porque sus pronunciamientos críticos van envueltos en una propuesta desenfadada, atractiva, moderna. Se trata de trasladar el debate bipolar a la hora de la cena pero vestido con la seda del humor, el ingenio y la agudeza. Una maniobra de este tipo nunca se le habría ocurrido a la derecha, cuya falta de habilidad para la comunicación raya entre la ineptitud y la torpeza. Y en ese pecado de desatención lleva incluida la penitencia.