Alfonso J. Ussía-ABC
- La exjefa de ETA sale de la cárcel gracias a un sistema que permite que alguien condenado a centenares de años recupere la libertad tras apenas dos décadas
Ha salido antes Anboto del talego que la Cofradía de Jesús Nazareno del Buen Pastor, en San Sebastián. 59 años llevaba esta sin pisar la calle. Ella, en cambio, ha pasado 22 años entre rejas en Francia y en España, pese a haber sido condenada a 793 años y 8 meses de prisión por 14 asesinatos. Así funcionan los entresijos de la ley. Son un terreno fértil para la ambigüedad, la interpretación y los atajos. Ahí es donde operan los abogados. Y ahí es donde demasiadas veces los políticos se convierten en cómplices necesarios para que lo inaceptable termine ocurriendo. Pero hay algo que no podrán blanquear ni el Ejecutivo ni la consejera de Justicia y Derechos Humanos del Gobierno vasco, María Jesús San José López. Hay algo que no admite indulto ni maquillaje: lo que es. Y lo que es Soledad Iparragirre, ‘Anboto’. Una asesina.
No hay eufemismo posible. No hay relato que lo suavice. Ha arrebatado vidas inocentes. Ha destrozado familias. Ha dejado un rastro de muerte, de ausencia irreversible, de dolor que no prescribe. Cada una de sus víctimas arrastra consigo a los que se quedaron: padres, hijos, hermanos condenados a una herida que no cierra. Pero ella ahora sale. Sale gracias a un sistema que permite que alguien condenado a centenares de años recupere la libertad tras apenas dos décadas. Sale al amparo de decisiones políticas que sostienen equilibrios de poder en Madrid. Sale, sí. Pero no limpia. No redimida. No distinta. Sale siendo lo que es.
Podrá pisar la calle, pero no podrá escapar de una realidad. Ella ha malgastado su vida en destruir la de otros. La detuvieron junto a Mikel Antza. Dejaron atrás a un hijo al que privaron de padres porque eligieron ser lo que fueron: asesinos. Y eso no cambia. No prescribe. No se diluye con el tiempo ni con los homenajes. Nadie devolverá lo que ella quitó. Nadie podrá compensar el vacío que dejó. Y por mucho que ahora reciba aplausos de los suyos, por mucho que la arropen quienes justifican lo injustificable, hay algo que seguirá ahí, intacto. Y eso es el peso de lo que hizo. Anboto vivirá. A diferencia de aquellos a los que mató. Pero vivirá con el rastro de sus crímenes pegado al cuerpo y al alma para siempre. Sin escapatoria moral. Sin absolución real.
Podrá pasear por Escoriaza. Podrá beber chacolí. Podrá mezclarse entre la gente. Pero seguirá siendo lo mismo cada segundo de cada día. La autora de 14 asesinatos. Y cada uno de esos 22 años en prisión no borra nada; apenas dibuja el contorno de una vida arruinada por sus propios actos. Porque hay condenas que no terminan cuando se abre la puerta de una cárcel. Y la suya es una de ellas. Porque gracias a estos tejemanejes de la ley penitenciaria, Anboto podrá ser libre. Pero nunca será inocente. Y los que hicieron esto posible, estarán siempre manchados con un rastro de sangre reseca.