Ignacio Camacho-ABC

Feijóo está en campaña. Pero no queda claro si sólo en la gallega o también en una suerte de primarias internas

Es un hecho objetivo que Núñez Feijóo está en campaña, aunque no queda claro si sólo en la de las elecciones gallegas o anda embarcado a la vez en una suerte de primarias internas. Porque ya no se molesta en disimular su discrepancia con los criterios de la sede nacional de Génova; es más, parece claramente interesado en subrayar la disidencia. Quizá no tenga otra intención que la de escenificar un distanciamiento táctico con el que ampliar la base social de su electorado, pero sus críticas a la coalición con Ciudadanos se interpretan en Madrid como señales de una aspiración al liderazgo. Resulta cosa sabida que el presidente galaico no forma parte del club de fans de Pablo Casado; lo

que está por ver es si se ha arrepentido de no haber dado el paso que la retirada de Rajoy le dejó franco hace menos de dos años. Como en aquella ocasión, se ha comprometido en público a cumplir su mandato si revalida por cuarta vez la mayoría que las encuestas le vaticinan al alcance de la mano, pero de lograrlo se erigirá, sin duda, en un contrapoder fáctico, una sombra de referencia que planeará sobre la dirección del PP a medio plazo.

Feijóo tiene perfil propio, empaque, experiencia, madurez, cuajo. Representa la supervivencia del centro-derecha prístino, la fórmula de partido atrapalotodo que creó Aznar y se disolvió en la crisis del marianismo dando lugar a la irrupción de nuevos fenómenos políticos. Su hegemonía territorial ha resistido el embate de Cs y Vox, a los que ha condenado en Galicia a una irrelevancia sin papel ni sitio. La gran duda es la de si alberga suficiente instinto depredador para abordar un salto al vacío. Incluso la de si está dispuesto a ello, si le merece la pena el intento de abandonar el virreinato autonómico que pastorea ya casi sin esfuerzo. Si echa de menos la ocasión que dejó pasar por un ataque de vértigo, por comodidad, por falta de ambición o simplemente por considerar que no era el momento.

De proponérselo ahora le resultaría más complicado porque ya no está vacante el cargo. Tendría que esperar un fracaso de Casado mayor que el que los datos demoscópicos presienten en el País Vasco. En todo caso ese runrún constante amenaza la estabilidad de una oposición inexperta sobre la que además de sus propias carencias, de la presión del Gobierno y del lastre de la división de fuerzas va a pesar la dificultad de interpretar el mito del gallego en la escalera. Ése que nunca permite que se sepa si sube o baja, si se va o si se queda.

Nota al margen. La defensa de la presunción de inocencia caduca cuando la rebate un tribunal o el acusado admite su culpa, como tristemente ha sucedido en el caso de Plácido Domingo. Pero la consternación que esta confesión del cantante produce en quienes le habíamos concedido el beneficio de la duda no invalida el valor primordial del principio: condenan las pruebas, no los prejuicios.