Ignacio Camacho-ABC
- La simbiosis fue un proceso de mutua conveniencia: apoyo y mediación a cambio de resortes en ciertas esferas estratégicas
Ni Zapatero fue siempre sanchista, bando al que se apuntó sólo cuando entrevió una vía de hacer dinero, ni la izquierda española lo acogió hasta ese momento con el fervor que hoy le profesa como santón del progreso. De hecho había caído en desgracia desde que salió de Moncloa, y precisamente por hacer lo correcto cuando la epifanía de Obama y Merkel le obligó a tomar las medidas de ajuste a las que se venía oponiendo mientras el mundo se enfrentaba a una crisis global de mucho respeto. Sólo le guardaron cierta simpatía los dirigentes de Podemos, que se entendieron bien con él gracias a la ‘Venezuela connection’ y a la certeza de saberse autores de una destilación extremista de sus claves de Gobierno.
Hay sin embargo una lógica política –y otra menos presentable– en su protagonismo recuperado. ZP esbozó durante sus mandatos las líneas maestras del proceso destituyente de facto que Pedro está ahora llevando a cabo. Aupado al poder por los atentados de Atocha, evidencia que nunca ha aceptado, la burbuja de crecimiento heredada de Aznar le permitió avanzar en derechos civiles sin preocuparse de que la economía se acercara al colapso. Quería implantar, como recuerda el filósofo Félix Ovejero, una versión del republicanismo ciudadano de Pettit, mal leído y peor interpretado porque el politólogo francés nunca preconizó la ruptura de los consensos democráticos. El famoso talante sirvió para maquillar un proyecto de revisionismo constitucional interrumpido porque las circunstancias le obligaron.
Así, el pacto del Tinell era el embrión del Frankenstein sanchista, un plan de deslegitimación de la derecha que usaba la memoria histórica y el antifranquismo retroactivo como herramientas de división cívica. La negociación con ETA y el Estatuto catalán completaban el esquema con una visión confederalista donde el concepto de nación aparecía como una idea «discutible y discutida». Aquella supuesta –y hay que reconocer que exitosa– ‘democracia deliberativa’ consistía en realidad en someter el modelo de vertebración territorial a un tratamiento de deconstrucción paulatina. Se trataba de sustituir los principios de cohesión por una prioridad identitaria pensada como base de una coalición social-soberanista capaz de garantizarse décadas de hegemonía.
Sánchez no contaba con él cuando se subrogó esa estrategia. Incluso sospechaba al inicio –sin cuidarse de verbalizarlo– de sus manejos en Hispanoamérica. La simbiosis se produjo al calor de un acuerdo tácito o explícito de mutua conveniencia: apoyo ideológico y anímico, mediación y suministro de cuadros con experiencia a cambio de resortes políticos susceptibles de generar oportunidades de riqueza. ‘Quid pro quo’; una fusión de intereses que permitía al actual presidente disponer de una figura interpuesta para encargarse de ciertos trabajos que requieren gestiones discretas. Sucede que este tipo de asociaciones siempre acaban dando problemas, cuyo tamaño y alcance conoceremos a medida que la Audiencia vaya encajando las piezas.