José Manuel Barquero-El Debate
  • El apoyo explícito de Sánchez a Zapatero sitúa a nuestro país en las aguas grises de la moderna piratería internacional

No resulta sencillo clasificar por orden de importancia las mezquindades conocidas en las últimas semanas que afectan al expresidente Zapatero. Cabría un análisis previo sobre su relación tóxica con el dinero. Durante los últimos diez años, he pedido a personas de izquierdas que me dieran un motivo, que no fuera el económico, que explicara los esfuerzos de Zapatero por lavar la cara a dictaduras sanguinarias. Sólo una vez, en un programa de televisión, un antiguo cargo del PSOE me apuntó hacia una posible «ceguera ideológica». Todos sonreímos en aquella mesa.

Se ha ironizado sobre las fotografías de las joyas familiares, pero detrás de ese afán por acaparar asoma el retrato perfecto de un ávaro, un pobre hombre rico que sufre por si algún día se quedara sin nada. Es la imagen de una miseria humana que brilla para siempre en la oscuridad de una caja fuerte. Sónsoles sólo podría lucir algunos de esos collares disfrazada de Anastasia Románov.

Más allá del puñetazo estético que hemos recibido, hay asuntos de más calado que merecen un análisis. Por ejemplo, el respeto de la legalidad internacional. Sánchez, Albares y otros portavoces del PSOE llevan meses predicando sobre la necesidad de reforzar un orden internacional apoyado en instituciones supranacionales. Con este argumento, se lanzaron a por Trump y Netanyahu por su intervención en Gaza y Líbano contra Hamas y Hezbolá, y más tarde en Irán contra el régimen de los ayatolás. Incluso, criticaron con dureza a Úrsula von der Leyen cuando ésta trató de comprender los bombardeos sobre Teherán para derribar una teocracia salvaje.

Pues bien, esa misma Unión Europea que preside von der Leyen lleva imponiendo sanciones a Venezuela desde 2017 bajo el argumento de «un continuo deterioro de la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos en Venezuela». Además de Estados Unidos, Suiza y Canadá también han impuesto sanciones al régimen chavista con el objetivo de evitar que «use el sistema financiero internacional para profundizar la corrupción, la violación de derechos humanos y el desmantelamiento del sistema democrático venezolano». Al margen de la calificación penal que merezcan las actividades profesionales de Zapatero, ¿no tiene nada que decir el gobierno de España ni el PSOE sobre el respeto a esas sanciones impuestas por países democráticos, incluidos los 27 de la Unión Europea?

El apoyo explícito de Sánchez a Zapatero sitúa a nuestro país en las aguas grises de la moderna piratería internacional. En la actualidad, el parche y la pata de palo han sido heredados por oscuros actores económicos que operan en paraísos fiscales para saltarse los embargos. No es difícil imaginar en qué posición nos deja este apoyo ante nuestros socios europeos. Por comparación, el gobierno alemán socialdemócrata de Merz ha rechazado que Schroeder, que fue canciller y aún milita en ese mismo partido, ejerza de mediador con Rusia por su falta de neutralidad. Schroeder es íntimo amigo de Putin y está a sueldo de varias empresas rusas.

Con la anuencia de Sánchez, Zapatero ha reinventado en Venezuela el papel de un mediador internacional. Su novedosa aportación ha sido la siguiente: celebradas unas elecciones, José Luis mete en un avión de la Fuerza Aérea Española al legítimo vencedor de los comicios para sacarlo del país por la puerta de atrás. De este modo, facilita que el autor de un fraude electoral permanezca en el poder. Hay que recordar que el pucherazo de Maduro fue tan obsceno que llegó a ser criticado por Lula da Silva o Gabriel Boric. Pero no por José Luis, el mediador que se lleva a la víctima apaleada de la escena del crimen para evitar males mayores, pero sin denunciar al agresor.

Si toda esta trayectoria provoca hoy vergüenza incluso en la izquierda más sectaria, hay un asunto que logra perforar los niveles de bajeza moral del personaje. Las buenas obras se practican en silencio, con discreción y sin esperar nada a cambio. En los últimos tiempos, antes de conocerse su imputación, la obsesión de Zapatero por reivindicar su «diplomacia humanitaria» en favor de los presos en Venezuela, olía fatal. El auto del juez Pedraz ha levantado la tapa de una alcantarilla por la que ahora se escapa el aroma de sus actividades.

Había que justificar una veintena de viajes anuales a Caracas, los paseos por el Palacio de Miraflores del bracete de Maduro, los besos con Delcy y los abrazos a su hermano Jorge. Era necesaria la tapadera de los presos liberados, cumpliendo en ese entramado la misma función que sus informes orales para Análisis Relevante. De todas las maneras posibles para vestir el muñeco de la corrupción, Zapatero eligió aprovecharse de la desesperación de miles de familias que darían cualquier cosa por no recibir el cadáver de uno de sus miembros encerrado en El Helicoide. En el ranking de mezquindades de Zapatero, esta figura en el número uno.